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El corrupto del Palacio de Naipes

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El corrupto del Palacio de Naipes

13/11/2020

La honestidad por encima de todo, siempre una parte esencial de la oferta de su persona para la presidencia. Porque significaba un manejo probo de los recursos públicos, tan distinto al lodazal de la administración Peña. Andrés Manuel López Obrador™ se presentaba como un faro de integridad que iluminaría la República.

El tabasqueño ofrecía blandir una enorme escoba y barrer vigorosamente las escaleras de arriba para abajo. La cantaleta fue imparable durante los 18 años de campaña: soy puro, honesto, austero, de esas aves que cruzan el pantano de la política pero que llegan al otro lado con el plumaje intacto. La honradez como garantía de buen gobierno, pilar de la nueva República, cimiento de una clase política transformacional. Esa primera piedra sería el soporte de todo lo que vendría. El hombre de los 200 pesos en la cartera, del Tsuru blanco, del departamento en Copilco, listo para servir el pueblo.

Teniendo honradez, lo demás llegaría solo. Esa falacia permitía a AMLO atacar a los sabihondos técnicos de las administraciones neoliberales. Mucho doctorado en el extranjero, pero poco pueblo; muchos libros que de nada sirven cuando se tienen las uñas largas. La mezcla ideal, por ello, era 90% honrado y 10% capaz. Cuando se es honesto, se tiene un escudo moral, la base del “nosotros somos diferentes, no como los anteriores”.

Base que resultó, finalmente, una farsa. El inquilino de Palacio Nacional construyó a lo largo de años lo que más pronto que tarde se evidenció como un castillo de naipes: vistoso pero endeble.

Para derribarlo bastó un video. Porque AMLO, embelesado con su fantasía de la honradez, presentó unos minutos de imágenes proporcionadas por Emilio Lozoya, y prometió muchas más. La respuesta fue contundente, de la mafia del poder pasada al capo de capos actual: su hermano recibiendo una billetiza y registrando cuidadosamente la entrega.

Video que recordó otros de tiempos no tan lejanos, en que el entonces intermediario arreó hasta con las ligas. El mismo modus operandi: una persona de toda la confianza recibiendo efectivo en abundancia. Solo que ahora se trataba de alguien tan cercano que no había manera de hacerse el inocente. El Presidente optó por aducir que se trataba de aportaciones que el pueblo le había enviado para su movimiento.

Fue el derrumbe del castillo de naipes, y que explica por qué no pasa nada cuando organizaciones no gubernamentales o medios de comunicación presentan un día, y otro también, contratos asignados a parientes o amigos, acumulaciones inmobiliarias, u otras muestras de riqueza por parte de los funcionarios públicos. Lo mismo con los familiares cercanos, a esos que presumía que solo heredaría honra, con toda la ostentación y el mal gusto de nuevos ricos.

No queda siquiera, por ello, el consuelo de “ineptos pero honrados”. Lo que se muestra es un espectáculo de cínicos que no se cansan de saquear las arcas nacionales, sea en beneficio propio o para financiar sus costosos elefantes blancos.

Sí hay una fuerte reacción por parte del Presidente cuando se exhibe a su gobierno: la condena dura, el cuestionamiento directo, a aquellos que destapan ante la nación la cloaca. Ante una baraja derrumbada porque el pegamento de la honestidad resultó una mentira, no le queda sino cuestionar, inútilmente, a quienes lo exhiben como lo que realmente es. Será una de las mayores ironías de su presidencia: haberle arrancado, tras años de farsa, la máscara de la honradez.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.