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AMLO el destructor

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AMLO el destructor

04/12/2020

La transformación (de cuarta) entendida como derruir hasta los cimientos para después construir. Andrés Manuel López Obrador™, mesiánico obsesionado con la historia, ha demostrado ser extraordinario para la primera parte. No analiza o pondera: ordena la cancelación o cierre de organismos, obras, programas o fideicomisos sin titubear.

Su pretexto es habitualmente uno: “es que hay corrupción”. No presenta justificación alguna más allá de su palabra sobre esa podredumbre que condena. A la destrucción no sigue investigación alguna ni nadie es acusado de haberse beneficiado indebidamente del erario. Primero destruye y luego ofrece investigar. Del aeropuerto a los 109 Fideicomisos, ejecuta y luego incumple con la segunda parte. El inquilino de Palacio se erige, como tantas veces, en la llama purificadora de la República, dejando solo cenizas a su paso.

El motivo generalmente es dinero: el saqueo del propio aparato gubernamental para hacerse del presupuesto asignado y manejarlo a su antojo. Luis Echeverría instituía fideicomisos para canalizar dineros con rapidez a sus caprichos y brincarse la estructura existente; AMLO los destruye para manejar directo los recursos como mejor le parezca, al cabo que el Congreso ya autorizó que todo “ahorro” queda sujeto a su absoluta discreción. Y cuando no ahorra, arrebata. ¿Qué legalmente no pueden rebajarse aguinaldos? No importa, se torcieron brazos y manos para que los funcionarios federales entregaran como “aportaciones” (esa palabra tan en boga en el diccionario de la familia López Obrador y la biblia de Pío) parte de su dinero.

Destrucción que ha causado desempleo, pobreza, enfermedad y muerte. Porque ese dinero que López Obrador acapara con tanta voracidad no es para salvar empleos, sino para arrojarlo en esa coladera que se llama Pemex. Destruyó la distribución de medicinas para todo el aparato sanitario del sector público (acusando de corruptas a las farmacéuticas, como era de rigor) y niega medicamentos y quimioterapias a niños con cáncer, la cara más visible de la indiferencia del tabasqueño ante el sufrimiento humano. Pero, eso sí, dinero no falta para ese elefante blanco que es Dos Bocas, como tampoco lo extraña el Tren Maya.

Con alrededor de 11 millones de nuevos pobres, con un millón de medianas, pequeñas y micro empresas que cerraron para siempre, el Presidente dice que no ha caído el consumo de básicos. El gobierno no ha creado nuevos programas para ayudar a los que mucho o todo han perdido, pero sus estadísticas establecen que siguen comiendo, y entonces no hay problema. Ante las cifras del INEGI, otros datos.

En su más reciente Informe, celebrando que lleva dos años en el poder, López Obrador se mostró orgulloso de lo realizado. Dijo que 97 de sus 100 compromisos de gobierno han sido cumplidos. Mostró que a la destrucción sigue una construcción firme y decidida en su imaginación, en todo caso formalizada con una firma o una ley. El compromiso número 13 del centenar establece: “Se le garantizará a los mexicanos atención médica y medicamentos gratuitos a través del establecimiento de un sistema de salud de primera”. Increíblemente simple: somos como Dinamarca porque lo digo yo, que decreté la creación del INSABI.

El futuro seguirá acumulando millones de pobres y centenas de miles de enfermos y muertos. Lo único por esperar con certeza en los cuatro años siguientes es la continuación de la destrucción real y esa abundante imaginación en la construcción.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.