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Por un México sin miedo

Aquellos preocupados por la democracia y la libertad estarán, sin miedo, este domingo en el Zócalo, y por ello también estará Xóchitl Gálvez.

La plaza es la antesala de la urna. El 19 de mayo no será tanto una demostración de fuerza como una fusión de voluntades y entusiasmo por un proyecto de nación que tiene a la democracia en su centro. Es la respuesta ante la demagogia que fue electa hace casi seis años bajo el engaño, el de un autoritario que se ostentaba como un demócrata, un corrupto que se presentaba como honrado y un populista al que le interesaba el poder para servirse y no para servir. Como dijo su (literal) candidata, Claudia Sheinbaum, lo consumía la ambición personal. Hace mucho que se quitó esas máscaras y el próximo domingo será una demostración, otra más, del rechazo a la continuación del autoritarismo que busca, ahora sí abiertamente, destruir instituciones y restaurar un presidencialismo bicéfalo, con López Obrador reelecto en la persona de Sheinbaum.

El que no se cansa de proclamarse como seguidor de Francisco I. Madero en realidad lo es de Victoriano Huerta, un golpista que ha tratado de imponer su voluntad al país. Con su mayoría legislativa ha pisoteado al Congreso. El paso siguiente es la Suprema Corte de Justicia, el INE, el INAI y cuantas instituciones se han resistido a sancionar sus ocurrencias. Quien como candidato no se cansó de invocar las leyes, como Presidente proclamó estar por encima de ellas. Lo poco que tiene de juarista el inquilino de Palacio Nacional son las ganas de reelegirse sin freno. La muerte frenó al oaxaqueño, la Constitución que no pudo cambiar por más ganas que tuvo, al tabasqueño. La plataforma que esperaba le permitiera decir que el pueblo clamaba porque siguiera, el revocatorio que quiso presentar como ratificatorio, fue un fiasco, como lo fueron (para su partido) las elecciones intermedias de 2021.

Como buen aprendiz de dictador, cree que las calles y las plazas son suyas. Porque el pueblo, por definición bueno, lo ama. Con las masas tiene una simbiosis y ya no se pertenece, sino que manda obedeciendo. En años recientes ha comprobado que esas calles y plazas en realidad son de todos, incluyendo de los muchos que lo repudian. Con su poder AMLO hizo un trueque, entregando a la ciudadanía un conjunto de oficinas hechas para trabajar y residir, Los Pinos, y quedándose con un Palacio Virreinal. Hizo lo que nunca ningún Presidente se atrevió: erigir elevadas barreras de metal alrededor del mismo en momentos en que consideró que el pueblo no debía acercarse demasiado a sus paredes y balcones.

Por más que así lo haya pretendido, no son suyas las plazas o calles, como tampoco las banderas. A su gobierno le pudo imponer el espantoso color guinda de su partido, podrá ordenar contra la ley (se sabe que se siente por arriba de ella) que no ondee la espectacular bandera nacional en el Zócalo. Pero no podrá evitar que la plaza más importante de la República se llene de tricolores el domingo. Por sobre los colores partidistas están los que representan a todos.

Una manifestación por la democracia debería ser redundante, pero no lo es en la era del autoritarismo demagógico que ha permeado por todo el planeta, desde Estados Unidos con Trump hasta España con Pedro Sánchez, y por supuesto en México. Por ello, la ciudadanía no tiene más alternativa que tomar partido, una postura que va más allá de las ideologías tradicionales y los propios partidos políticos. Por eso aquellos preocupados por la democracia y la libertad estarán, sin miedo, este domingo en el Zócalo, y por ello también estará Xóchitl Gálvez.

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