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Loret y el Pillo

Si Pío Lorenzo López Obrador muestra un inusual grado de cinismo al demandar a Loret de Mola, no hace sino seguir las enseñanzas de su hermano mayor.

Pío Lorenzo López Obrador no es solo Pillo gracias a las siglas de su excelso nombre. Es además un pilluelo muy molesto, enojado porque en años recientes no ha podido seguir con la vida que tenía planeada. Según alega, ha perdido dinero, mucho, por unos videos en que aparece arreando con abundante efectivo, sea en sobres o en bolsas, apuntando cuidadosamente lo entregado.

Esos videos lo hicieron quedar mal, por eso no puede estar ahora inmerso en su proyecto de vida, que en cambio ha sufrido un descarrilamiento. Por esa grave injusticia pide ser compensado. Únicamente solicita 600 millones de pesos: 200 por parte del periodista Carlos Loret de Mola, que presentó los videos, otra cifra igual del medio que los difundió, la agencia Latinus, y lo mismo de David León, la persona que lo grabó al tiempo que le entregaba el dinero.

Efectivo en abundancia que, aparte de todo, no era para ese Pillo, sino para otro, quien es su hermano y, desde hace algunos años, presidente de la República. Nada nuevo, el propio Andrés Manuel López Obrador, cuyas siglas ya no son Pillo, sino AMLO, aceptó tras la exhibición de los videos, que Pillo era un mero recaudador. Adujo que el dinero era para “el movimiento”, para ayudar a su partido político a ganar unas elecciones locales.

Si Pillo muestra un inusual grado de cinismo al demandar a Loret de Mola, no hace sino seguir las enseñanzas de su hermano mayor. No importa las veces que salgan videos, audios, documentos o testimonios sobre las corruptelas de la familia López, en tiempos recientes incorporando a hijos y sobrinos presidenciales, todos son proclamados como inocentes.

Por años, AMLO no se cansó de mentir sobre su pretendida honradez, con falsedades tan inverosímiles como decir que solo tenía 200 pesos en la cartera, que jamás había cruzado por sus manos un peso mal habido, siempre clamando ser un ave de plumaje impoluto que cruzaba el pantano de la política sin mancharse. Millones le creyeron, o quizá pensaron que no sería tan ratero como otros políticos. Lo cierto es que arrasó en la elección.

¿Por qué cambiar la cantaleta que tan bien le funcionó? En una mañanera de hace pocos días, en un duro intercambio sobre su reacción ante un reportaje del New York Times, se mostró un hombre arrogante que se proclamó, así nomás, por encima de la ley. Su argumento es que contaba con la autoridad política (por los votos que lo hicieron Presidente) y moral (por su autoproclamada honradez) para hacer prácticamente lo que se le viniera en gana, porque se estaba defendiendo ante una difamación. Estaba iracundo, reclamando que no se le podía calumniar ni a él ni a sus hijos.

Fue la actuación de una persona desplegando el más profundo cinismo, de un actor consumado y absolutamente poseído por su papel, finalmente una puesta más de la escena tantas veces repetida a lo largo de años. Quizá esa creciente frustración que ha desplegado en meses recientes muestra que el actor es también consciente que ya no convence a ese público al que por tanto tiempo engañó. Sabe que millones le han dado la espalda, decepcionados ante sus raterías e ineptitud, y que además su poder tiene fecha de caducidad. Es consciente que quedará sin el manto protector que por ahora le otorga la Presidencia.

Pero por el momento, el teatro se mantiene en pie, y la escuela del cinismo y la desvergüenza es seguida por Pillo contra Loret de Mola, quizá tratando de calcular cuántos sobres necesitará para guardar 600 millones de pesos.

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