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¿López Obrador o López Portillo?

Como José López Portillo, López Obrador avanza en su sexenio acumulando nubarrones y optando por las soluciones de economía ficción.

La demagogia económica es siempre una tentación para los gobernantes autoritarios. Si pueden doblegar leyes, instituciones o rivales políticos, creen que pueden dominar la economía. Andrés Manuel López Obrador ya presumió ayer en su mañanera que la inflación en México es inferior que en Estados Unidos o Europa gracias a su extraordinaria medida de subsidiar la gasolina. Orondo comentó que el litro de combustible en tierras nacionales es 10 pesos más barato que en el vecino al norte.

No piensa (literalmente) lo que está costando. Durante enero y febrero, se sacrificaron 436 millones de pesos diarios solo por concepto de un menor Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS) a los combustibles, un acumulado de 25 mil 716 millones. Menos todavía importa que la mayor parte de ese dinero vaya a los más ricos, con más subsidio entre más grande sea su tanque de gasolina

El tabasqueño está encantado con ese poder y va por más. Anunció que ya está pensando en frenar los precios de los alimentos. Dado que estos no tienen IEPS (ni tampoco IVA) el truco es mucho más complejo. O se lanzará a subsidiar ciertos productos o a decretar controles de precios, aparte de condenar a empresas como abusivas (un elemento casi de rigor en la demagogia populista).

Gasolina barata, alimentos a precios controlados, todo gracias al genio económico del Presidente mientras que el mundo enfrenta un petróleo caro. El resultado es un deterioro en las finanzas públicas, una inflación reprimida (muy distinto que controlada) y la escasez de ciertos productos en el mercado. Una película que los mexicanos se cansaron de ver en los sexenios de Luis Echeverría y José López Portillo. Entre ellos estaba un tabasqueño nacido en 1953, pero parece que ya se le olvidó el desastre. Probablemente piense que la culpa fue del neoliberalismo que siguió.

El inquilino de Palacio Nacional es, a diferencia de sus dos predecesores, un conservador en materia presupuestal. O quizá lo era, dado que el déficit está explotando por el costo de su demagogia. En los primeros dos meses del año alcanzó los 170.4 mil millones de pesos, cuando en el mismo periodo de 2021 su monto fue 99.0 mil millones. Dado que se ha terminado buena parte de los fondos en que había ahorros presupuestales, o sigue volando el déficit o tendrá que recortar el gasto. También puede apretar a empresas vía adeudos al SAT, pero ese camino también se ha agotado con el tiempo.

No tarda en enfrentar decisiones al respecto. Ya se sabe que una de sus recetas favoritas es cortar presupuesto en aquello que no considera prioritario, esto es, que no le toquen Pemex, el aeropuerto (que sigue sin terminar) o la refinería que está por inaugurar, aunque por años no producirá un barril de gasolina. Seguirá buscando ‘ahorros’ como ha sido cerrar estancias infantiles, escuelas de tiempo completo, comedores comunitarios o comprar medicinas.

Como José López Portillo, López Obrador avanza en su sexenio acumulando nubarrones y optando por las soluciones de economía ficción. Mientras tanto, a presumir el precio de la gasolina y otra de sus obsesiones: el peso frente al dólar, fortalecido por la dura medicina monetaria del Banco de México y no por brillantes perspectivas económicas. De la misma manera, sumando corruptelas que es incapaz de ocultar. A la rapaz parentela presidencial se acaba de agregar una sobrina.

Siempre podrá decir, llorando, que era responsable del timón, pero no de la tormenta.

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