Clientelismo político
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Clientelismo político

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Clientelismo político

01/04/2019

Sabemos que los ciudadanos en su inmensa mayoría acuden a las urnas ya sea libremente o movilizados por los partidos políticos, motivados por cuestiones de carácter emocional más que racional. Hasta donde se conoce prácticamente nadie hace un comparativo de las propuestas que partidos y candidatos realizan en las campañas electorales, es más, en muchas ocasiones los propios candidatos desconocen o cuando menos no hacen énfasis en las plataformas electorales registradas ante la autoridad por él o los partidos que los postulan.

Los partidos realizan el registro de plataformas electorales más por cumplir lo que mandata la ley que por un compromiso programático ante la sociedad.

Esto sin duda es grave por el nivel que nuestra democracia mantiene, que la hace una democracia con pies de barro porque al final del día esto nos habla de una ciudadanía también muy escuálida al reaccionar electoralmente en base a consignas o discursos fincados en lo emocional y no en propuestas racionales, eso es también al final de cuentas lo que explica que los políticos puedan hacer lo que quieran porque no hay después. Si es el caso, de llegar al gobierno, que se les pueda exigir que tienen que cumplir con un programa específico, al haber dicho puras vaguedades o consignas que buscaban hacer reaccionar al lector en base a emociones, y eso me parece es lo que ahora estamos padeciendo en México.

La crisis de credibilidad que los partidos políticos mantienen, y el desprestigio que la clase política carga hicieron en muy buena medida la explicación del triunfo del actual Presidente y de MORENA y sus candidatos, pero sin duda no fueron sus propuestas de proyecto de país lo que se privilegió, no fue la actitud racional del votante sino el deseo de castigo a partidos y actores políticos vinculados a procesos de corrupción e impunidad y a unas condiciones de inviabilidad de la convivencia social lo que ha llevado a un presidente aún con una amplia popularidad, pero con escasos proyectos viables en las condiciones del entorno nacional y del contexto internacional, a impulsar sus ideas de lo que él y sólo él piensa que debe de ser México, y si la realidad no se enmarca para esas ideas, peor para la realidad.

Por esto es que programas cimentados en varios sexenios y con una arquitectura institucional han sido eliminados o están en proceso de cancelación y a la vez se comienzan a implantar otros, pero no solo creo porque el Presidente piensa que así debe de ser en una racionalidad de política pública o algo parecido, sino más bien con un sentido claramente de clientelismo político como lo acaba de reflejar la última medición de GEA-ISA, en donde la aceptación presidencial es del 64 por ciento y da la “casualidad”, que en una de las preguntas sobre los segmentos consultados sobre si son beneficiarios de programas de gobierno, el 33 por ciento dijo que ya lo son; el 31 que lo serán y 36 que no o no sabe, y ahí está el 64 de aprobación.

Las giras presidenciales y el perenne deseo de mantenerse “a ras de tierra” y el discurso de campaña, que no de jefe de Estado, mantiene así los públicos y el énfasis en los programas sociales que el actual gobierno quiere implantar: habla del deseo del aplauso rápido, de la búsqueda de mantener la popularidad y de un proyecto político clientelar.

Si mantenemos la tesis de la irracionalidad en general del votante entonces parecería que el otorgamiento de favores es por votos y eso explica en gran medida la actitud del actual gobierno y la espera de ese votante que querrá mantener sus apoyos sin querer saber más del proyecto nacional o del rumbo de la democracia. ¿Para preocuparse no?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.