Samuel Aguilar Solis

La herencia maldita

Se comprometió López Obrador a que la economía crecería 4% y si bien nos va estaremos alcanzado el 1%; además, deja unas finanzas públicas destrozadas y una deuda pública enorme.

A unos días de celebrar las elecciones más grandes de nuestra historia, los mexicanos bien haríamos en hacer unos días de reflexión sobre la situación en la que nos encontramos y cuáles son sus causas, pero también quiénes son los responsables de ello.

Estamos claros que el triunfo en 2018 de López Obrador fue sin duda el hartazgo de una mayoría ciudadana por la corrupción imperante, la impunidad, un crecimiento económico mediocre de los últimos años que nos daba como promedio 2.2 por ciento, así como el descrédito de la clase política de la partidocracia que habían llevado prácticamente a cartelizar la política y más que la lucha por el poder, el reparto del poder, amén que el haber abandonado la representación de las demandas de la sociedad prácticamente llevó a desdibujar la identidad de los partidos políticos para hacerlos homogéneos tanto en sus ideas como en los propósitos programáticos.

Quien supo leer, justo, esta crisis del sistema político fue López Obrador, y en el contexto del momento populista que se vivía con el Brexit, el triunfo de Trump y los movimientos políticos y sociales que se dieron después de la crisis financiera del 2008, supo armar un mazacote político con actores políticos resentidos y de la vieja guardia del PRI desplazados, lo mismo que del PAN y movimientos sociales e inconformes históricos de la vieja izquierda, un movimiento político que en pocos, muy pocos años, pudo con ello llegar a la presidencia de la República. Pero junto con este trabajo de organización, movilización y protesta social fue la narrativa populista la que pudo justo ser el pegamento del que se valió para más que hacer una propuesta de proyecto de nación, unir a políticos y grupos sociales en torno a su persona y liderazgo, y hacerlos sentir que serían parte de una gran epopeya histórica y lograr sacarles todo el resentimiento social a base de construir un enemigo del ‘pueblo bueno’, que obvio, eran ello, sus ‘representantes’.

Sin embargo, en política lo que cuenta son los resultados, y el gobierno que prometió construir y la etapa histórica, que dijo, sería su sexenio, se ha convertido en el peor periodo de que se tenga memoria entre los mexicanos, un gobierno que no solo no terminó con la corrupción y la impunidad sino que ahora cada día que se acerca el final del sexenio, aparecen más casos de corrupción y de gente muy cercana al propio presidente, un presidente que prácticamente el 80 por ciento del gasto público lo ha adjudicado de manera directa sin hacer licitaciones y con una opacidad que se entiende por qué le estorba el INAI, entre otros órganos autónomos. Se comprometió López Obrador a que la economía crecería en su gobierno al 4 por ciento y si bien nos va estaremos difícilmente alcanzado el 1 por ciento, además de estar dejando unas finanzas públicas destrozadas y una deuda pública enorme, frente a un escenario para el 2025 que ya desde ahora se augura con muchas dificultades.

Si bien ya para 2018 la crisis en materia de seguridad pública era grave, nada se puede comparar con lo que ha sido este sexenio, la terrible violencia que se vive en todo el país , donde los asesinatos han rebasado los 186 mil y más de 100 mil desaparecidos que pintan de cuerpo entero el gran fracaso del gobierno obradorista, además de las reiteradas sospechas no solo de tolerancia a los criminales con esa pantomima de “abrazos, no balazos”, sino de abierta complicidad con ellos, además de falta de cooperación con los Estados Unidos de Norteamérica en este tema, como lo ha dejado más que claro la DEA ya en varias ocasiones.

Una terrible crisis en el sector salud, que no solo ha significado la desaparición de instituciones como el Seguro Popular, que dejó sin servicios médicos prácticamente a la mitad de la población, y que el instituto que pretendió sustituirlo, Insabi, resultó un absoluto fracaso que tuvieron que eliminarlo, y los resultados mortales de un pésimo manejo de la pandemia de covid, que como lo ha documentado la comisión independiente de expertos y científicos, de esas 900 mil muertes, 300 mil pudieron evitarse, amén de la falta de medicamentos y la eliminación de apoyos a los niños con cáncer, actos criminales que en su momento deberán de pagar los responsables.

Otro de los puntos nodales del obradorato es, sin duda, su narrativa de la polarización, que usa no solo para mantener a su feligresía en constante ataque a quienes no comulgan con ellos, sino como método distractor cuando los fracasos gubernamentales o los actos de corrupción se desvelan por los medios de comunicación, para solo tener como argumento que son ataques de sus adversarios sin nunca reconocer errores o realizar una autocrítica. Si frente a esta herencia maldita, de destrucción institucional, violencia e inseguridad, bajo crecimiento económico y pobreza, corrupción y tolerancia al crimen, y un discurso de odio, la candidata morenista plantea no solo continuar sino subirle de nivel, los ciudadanos de a pie no solo tenemos el derecho sino la responsabilidad y la oportunidad de decir basta y darle un nuevo rumbo a nuestro país. Que así sea.

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