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Un año

08/07/2019
Actualización 08/07/2019 - 12:49

Ha transcurrido ya un año desde que Andrés Manuel López Obrador ganó la elección para presidente de la República. El mensaje que dio a los medios de comunicación aquella noche fue alentador. Pero duró muy poco. Buena parte de lo ahí dicho cambió de rumbo. Ese día fue mesurado, su comunicado a muchos nos tranquilizó. Me parece que fue la primera vez que lo vi, escuché y sentí como hombre de Estado. Al menos para mí, esa sensación no se ha repetido en estos 365 días.

Su mensaje en la toma de posesión no iba mal, pero algunas posturas socioeconómicas y el “me canso ganso” lo regresaron a su papel de candidato campechano de antaño. Ese día también dijo cosas importantes, pero que no duraron ni un tris: prometió, por ejemplo, que no intervendría en las dinámicas de otros poderes ni habría palomas mensajeras, lo cual violó desde el principio: el presidente está en todo y todo quiere controlar.

Ambos días habló del país: de justicia para los desfavorecidos, del respeto a los derechos de empresa e inversión para los mercados, los indígenas, las mujeres y los jóvenes. Un estadista.

El 1 de julio se cumplió un año de aquella elección y también el 10 por ciento de su mandato. Si fuera suficiente la muestra para hacer una prospectiva del resto de su sexenio, los datos no serían alentadores. Claro, es verdad que el inicio de cada mandato es complicado por razones presupuestales, adaptación de los nuevos responsables y la curva de aprendizaje.

Con motivo del aniversario el presidente se organizó un autohomenaje en el Zócalo capitalino, su lugar favorito; una arenga de corte partidista y electorera ciega y sorda frente a la realidad y los datos adversos. El triunfalismo del presidente deja mal parada a la izquierda, que siempre criticó la misma conducta de los presidentes de antaño.

López Obrador se volvió repetitivo, subjetivo y parcial. Llenó el Zócalo de acarreados y dejó de encender pasiones a cambio del aplausómetro hueco de aquellos que entraron con boletito fotocopiado y obtuvieron torta y refresco, como en tiempos del priismo más rancio. Hay evidencias audiovisuales de boletos para asistir, camiones para acarrear y lonches que se repartieron tras el evento. Un retroceso de décadas.

El presidente dijo haber cumplido 78 de 100 compromisos. Puede ser cierto, salvo que faltan los relacionados con salud, economía y seguridad.

Dio información falsa. ¿Imagina usted a los mandatarios de Japón o Finlandia ofreciendo datos inexactos, omitiendo lo que no les conviene o haciendo arengas para aglutinar seguidores alrededor del aura de caudillo? En cambio sí lo hacían Chávez, Castro y Maduro.

Y dice y vuelve a decir y celebra y fustiga al son de “las cosas ya cambiaron”, y a la vez nos regresa décadas, como hizo con la nueva partida secreta que le obsequió el Congreso la semana pasada.

La venta de coches bajó 6.4 por ciento respecto del mismo periodo del año pasado. En la industria de la construcción bajó el empleo 5.0 por ciento. La economía se redujo este trimestre, si el próximo sucede lo mismo entraremos en recesión. Nada de eso dijo el presidente.

Inunda los pilotes del tren que conectaría al aeropuerto frustrado con el actual, con el único objetivo de dañarlos. No dice cuánto nos cuesta su ocurrencia por lo que ya se gastó, por lo que hay que pagar y por hacer el otro... nada dice del avión presidencial. Se jacta de desperdiciar tiempo precioso del Estado en terminales abiertas al público, pero nada dijo sobre el avionazo que se pudre sin mantenimiento y cuyo arrendamiento financiero seguimos pagando. Es decir, no hay ahorro, sólo derroche que usa para confirmar su discurso.

Hay inconformidad de la Policía Federal, de altos burócratas de Hacienda y Banco de México, de las miles de madres usuarias de las guarderías canceladas, de todos aquellos que usan el aeropuerto, de aerolíneas, empresarios, barras y colegios de abogados, del presidente de la CNDH, de su propio equipo económico porque no escucha… y de eso tampoco dijo nada.

La propia CNDH fue a la Corte contra la ley de la Guardia Nacional, es claro que tenemos una crisis constitucional que el presidente prefiere obviar y combatir contra quienes no piensan como él. Se dice liberal, pero es justo lo más conservador que puede ser. Peor: tilda a quienes han promovido juicios de amparo contra sus arbitrariedades como “saboteadores de lo legal”.

Puede ser que en su estrategia de gran comunicador para sus seguidores furibundos quiera mencionar sólo lo bueno. Sería mucho peor que de verdad creyera lo que dice.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.