Salvador Nava Gomar

Ouróboros

En una declaración francamente infantil, el presidente acusó la existencia de uno de sus imaginarios favoritos: el complot en su contra. Pero, el presidente se traga sus propias palabras, o para decirlo más acorde con la BOA, se muerde la cola.

Término griego para la serpiente que se devora así misma. Común en la iconografía de múltiples culturas antiguas, desde Egipto, los nórdicos y hasta distintas imágenes de Quetzalcóatl, hoy se presenta en los dichos del presidente López Obrador con la gravedad que quiso imprimir a la inocente obviedad de la BOA (Bloque Opositor Amplio), que resultó una vacilada conceptual reveladora del activismo político del propio Andrés Manuel, quien hoy se traga sus palabras.

En cualquier democracia consolidada el gobierno en el poder es criticado por la oposición, que de forma permanente señala defectos, errores y plantea distintas opciones para hacer mejor las cosas. El convencimiento de la población por uno u otro se manifiesta en las siguientes votaciones. De eso se trata la competencia democrática, al grado que puede afirmarse que hay democracia ahí, donde hay oposición.

El equilibrio que viene de la equidad otorga distintas posibilidades a cada jugador. Una vez que se está en el poder se gobierna para todos. Los partidos en minoría encuentran un discurso más sencillo en la crítica, mientras que el gobierno tiene mayor penetración en la ciudadanía a través de la conducción y ejecución de las políticas públicas.

Pues eso no basta al tabasqueño. De naturaleza opositora, sigue refiriéndose a quienes no lo acompañan como adversarios. No acepta la crítica. Su tolerancia a la frustración es igual a cero, y eso, aunque no le guste, lo retrata como autócrata.

En una declaración francamente infantil, el presidente acusó la existencia de uno de sus imaginarios favoritos: el complot en su contra. El asunto no queda en lo anecdótico ni en su extraña manera de conducir su comunicación institucional, pues refirió una campaña electoral en su contra, y ello, en las normas electorales mexicanas, está prohibido. Tan prohibido –y lo sabe de sobra– que en múltiples ocasiones denunció acciones proselitistas de los presidentes que le antecedieron, y hay que decirlo, con acciones mucho menos graves y evidentes que las suyas.

El presidente viola el artículo 134 de la Constitución. La misma norma que tanto impulsó y que se modificó en una de las concesiones legislativas postelectorales que han adecuado nuestro marco jurídico para satisfacer a los opositores que no ganaron y 'amarrar' más la equidad de las contiendas.

La Constitución establece que los servidores públicos están obligados a aplicar con imparcialidad los recursos públicos que están bajo su responsabilidad, sin influir en la equidad de la competencia entre los partidos políticos; y que la propaganda, bajo cualquier modalidad de comunicación social, que difundan como tales los poderes públicos, deberá tener carácter institucional y fines informativos, educativos o de orientación social. En ningún caso esta propaganda incluirá nombres, imágenes, voces o símbolos que impliquen promoción personalizada de cualquier servidor público. El presidente es el mejor ejemplo de lo que no permite el 134.

El asunto ya fue denunciado y habrá que esperar la resolución de las autoridades. Esperemos que no le tiemble la mano al amedrentado INE, pues el tema no es la veracidad del supuesto complot serpentario, sino el uso de tiempo y recursos oficiales destinados a lo electoral. La propaganda puede ser a favor del partido propio o en contra del ajeno; y en esas aguas navega el ocurrente presidente. Si fuera verdad, no es el espacio de sus deberes la arena para denunciarlo.

Con mucho desatino incluyeron en el torpe documento la participación de intelectuales, periodistas críticos, partidos políticos, políticos y de manera equivocada a los consejeros del INE y magistrados del Tribunal Electoral, cosa que por su propio peso luce absurda. Salieron las aclaraciones de estas dos instituciones, innecesarias por la falsedad que les imputan, pero imprescindibles para dejar constancia en este cruce de declaraciones que el propio presidente comenzó.

Lo curioso es que el intento de denuncia le salió al revés. Lo acusaron formalmente ante el INE, evidenciaron lo absurdo de su queja, se burlaron de sus obviedades, salieron toda clase de memes al ritmo de la Sonora Santanera con su "es la boa… es la boa"; señalaron al director de Comunicación Social de la Secretaría de Gobernación de haber hecho tan baladí documento (cosa que el funcionario niega con la palabra mágica del acento público mexicano que quiere enfatizar la verdad: "categóricamente"); y habrá que ver si es verdad que ese documento salió de su computadora. Lo que es raro es que el supuesto complot reconoce la mitigación de la crisis económica del gobierno (permítame la carcajada) y une a toda clase de antípodas…

Total, que el presidente se traga sus propias palabras, o para decirlo más acorde con la BOA, se muerde la cola.

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