Ni muy muy, ni tan tan
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Ni muy muy, ni tan tan

09/09/2019

La semana pasada expuse lo que me parecía bien del presidente López Obrador. Nunca había recibido tantos comentarios a un artículo, fue además con una intensidad inusitada: que si me había vendido, me había contratado el gobierno o por qué daba un giro de 180 grados a mis opiniones anteriores, por un lado; y por el otro, muchos me felicitaron por dar alguna buena noticia entre tanta preocupación: que es bueno también escribir en positivo y los más radicales, que antes me insultaban, fueron empáticos y dieron retuits y likes.

No soy chairo ni fifí. No tengo dueño. No me opongo ni respaldo causa partidista o política alguna. Mi ideología es la democracia constitucional, soy un liberal en el sentido más estricto del término y el derecho, los derechos y la democracia han sido mis únicas causas profesionales.

Debo decir que me costó mucho trabajo aquel artículo, porque considero que lo malo en este gobierno es evidente y mucho más en cantidad y gravedad; por ello casi siempre escribo sobre algo criticable.

Quise escribir algo bueno, porque no todo puede ser malo (toda generalización necesariamente cae en error –es un principio científico); y eso, además, dota de mayor objetividad a mis críticas. Por cierto, si vuelven a leer ese texto verán que no contradigo lo criticado anteriormente, y si reparan en los temas que dicen elogio, verán que el artículo es muy superficial y sobre categorías generales porque, efectivamente, no puedo estar de acuerdo con muchas de las cosas que ha hecho AMLO, como su predominancia política y autócrata, su sorda obstinación, sus prédicas en lo que cree sin escuchar a los expertos, y su propia visión de la justicia por encima de la ley, por no hablar de cosas en específico como la gravísima cancelación del aeropuerto y su ilegal consulta, el error de Dos Bocas, su confusión entre ahorro y subejercicio, la furia con la que combate a quienes no están de acuerdo con él, y su retórica para contestar y resolver cosas que ignora.

Claro que el Informe fue triunfalista y por tanto parcial y subjetivo. No todo es fanfarria, y de lo grave, peligroso y riesgoso dijo poco. El país no atraviesa un buen momento, se aprecian focos rojos en muchos aspectos, aunque ello no elimine los verdes.

Me impactó su declaración sobre la derrota moral de la oposición. No es rol de un jefe de Estado en un país democrático prestar tanta atención a sus adversarios, como él los llama, máxime si el mensaje viene de la obligación constitucional de rendir cuentas. Pero veo con tristeza que tiene razón en parte de lo que dice. Siento desarticulada, aislada y errática a la oposición. Sus críticas carecen de potencia y sus esfuerzos son inconexos. Hay democracia en dónde hay oposición y esta, en México, aparece desdibujada.

Sirvió el esfuerzo opositor y mostró lo que puede hacer ante la intentona de Porfirio Muñoz Ledo de reelegirse como presidente de la Cámara de Diputados; le echaron en cara que se trataba de una violación a las reglas preestablecidas del juego democrático y que en realidad era un golpe. Presionaron tanto al experimentado político que este renunció a reelegirse. No sé por qué ahora todos lo elogian, si en realidad estaba burlando las normas y prácticas parlamentarias que tan bien conoce. Fue una gran decepción verlo aferrándose a la silla y francamente no me imagino tales sucesos sin el visto bueno del Presidente, que, como le escribí la semana pasada, tiene virtudes y liderazgo pero no una vocación democrática: no hay una sola decisión política trascendente que no pase por su aprobación, y ello lo convierte en autócrata. La alergia de Morena a la oposición y a las reglas democráticas los desnuda.

La siguiente parada es 2021 y los partidos de oposición no apuntan allá con acierto, mientras que el reparto de dinero a tantos sectores y la persecución a integrantes del gobierno pasado son ya esbozos de la maquinaria electoral morenista. López Obrador seguirá pasándoles encima si no hay razones de fuerza ni contundencia enfrente.

Cierto es que el país necesitaba una sacudida; y si baja la impúdica corrupción a la que nos llevó el gobierno priista pasado y mantiene los niveles macroeconómicos estables (lo que es muy difícil dadas sus medidas), como inflación, balanza hacendaria, etc., y no altera el orden jurídico ni político (lo que también es difícil dada su vocación megalómana) podría ser, al final de su mandato, un gran presidente; así que analicemos cosa por cosa, única manera de saber el impacto de cada parte que conforma el todo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.