La falacia de AMLO (vs. Jesús Silva-Herzog)
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La falacia de AMLO (vs. Jesús Silva-Herzog)

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La falacia de AMLO (vs. Jesús Silva-Herzog)

12/02/2018
Actualización 12/02/2018 - 12:05

En lógica, se llama argumento ad hominem a un tipo de falacia (argumento que por su forma o contenido no alcanza para sostener una tesis) consistente en negar una afirmación, argumentando quién es el emisor de la misma. Para utilizar esta falacia se intenta desacreditar a la persona que defiende una postura señalando una característica o creencia impopular de ella. La falacia ad hominem se estructura así: A afirma B; hay algo cuestionable (o que se pretende cuestionar) acerca de A; por lo tanto, B es falso.

El método retórico es poderoso, común y vulgar para convencer a quienes se mueven por sentimientos y no por razones lógicas. Se atacan, así, no los argumentos propiamente dichos, sino al hombre que los produce y, más concretamente, su origen, raza, educación, estatus social, pasado, moral, familia, situación económica, etcétera. Esto hizo Andrés Manuel López Obrador con Jesús Silva-Herzog Márquez.

Debo decir, primero, que somos muchos quienes consideramos a Silva-Herzog, por lo que hace al análisis político, el intelectual más sólido de mi generación. Hombre mesurado en las formas y agudo, objetivo e informado en la crítica, analiza con profundidad a todos por igual. Hay que aclarar, también, que López Obrador es muchas cosas, pero no un intelectual ni hombre que se distinga por la profundidad de su razonamiento y argumentación. Que el tabasqueño descalifique al profesor por sus consideraciones analíticas es un despropósito sin proporción.

Por desgracia no me refiero a ideas que se contraponen, sino a la incapacidad del puntero en las encuestas para confrontar razonamientos, ofrecer argumentos, plantear cuestionamientos, señalar rutas, dialogar o disentir. Peor: AMLO abusa de su influencia y con bajeza intentó descalificar a un editorialista sencillamente porque no le gustó lo que escribió de él. Intolerante frente a la frustración que produce la crítica, el político vuelve a dar muestras preocupantes de intransigencia antidemocrática.

Silva-Herzog lo retrató, no lo calificó. Escribió con razón que Morena ha recibido en sus filas a personas a las que antes consideraba deshonestas, corruptas, parte de la mafia del poder y merecedores de su cantaleta de siempre, y mencionó, creo que con acierto, que eso los asemejaba al pragmatismo priista criticado por Andrés Manuel.

Ante el artículo, López obrador dijo que Silva-Herzog se volvió “fifí”; y respondió al calificativo de oportunista diciendo que siempre ha luchado por ideales y principios, no por cargos: “Él está equivocado porque viene de una familia liberal y él es un conservador, aunque en apariencia se muestra como progresista, es un fresa”, dijo el aspirante a estadista, yendo a la vulgar descalificación personal de quien lo cuestiona, desde la retórica de una moral propia que enardece a sus seguidores y ahí falta a la ética de su responsabilidad como líder: polariza entre quienes quieren el cambio (encabezado por él) y el resto: la mafia del poder, compuesta por fresas o fifís.

Tuiteó: “Hace tiempo que Jesús Silva-Herzog Márquez me cuestiona con conjeturas de toda índole. Hoy, en el periódico Reforma me acusa sin motivo de oportunista. Ni modo, son tiempos de enfrentar a la mafia del poder, a sus secuaces y articulistas conservadores con apariencia de liberales”.

“Conjetura” es un juicio a partir de indicios o datos incompletos, y los hechos a partir de los cuales el profesor analiza las acciones de Morena son pública y sobradamente conocidos. Huelga decir que si se lee la obra y opinión del politólogo, desde un punto de vista académico, no aparecen conjeturas.

La independencia de JSHM es flor escasa. No se rinde ni acomoda al poder o grupo alguno. Cualquiera de quienes lo leemos sabemos que es absurdo incluirlo en la categoría obradorista de “la mafia del poder”, lo mismo que llamarle conservador.

El mundo al revés: en términos intelectuales, la pobreza del más conservador de nuestros políticos (no hay evolución en sus postulados desde hace más de dos décadas) resulta irrisoria para calificar, justamente de conservador, a un intelectual liberal (ese calificativo lo extraigo de sus lecturas, no de su persona).

Coincido con el tuit de Silva Herzog y lo hago propio: “Ojalá aceptara alguna vez, don @lopezobrador_, que la discrepancia no es inmoralidad. Criticarlo a usted no es entregarse a la mafia. Si no aceptamos que hay razones para el desacuerdo, el diálogo no tiene sentido”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.