Entre los gritos y el silencio del coronavirus
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Entre los gritos y el silencio del coronavirus

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Entre los gritos y el silencio del coronavirus

23/03/2020
Actualización 23/03/2020 - 13:59

El presidente habla mucho de poco y calla casi todo de lo importante. Comunicador de lo que quiere, padece de una urticaria crónica por cualquier dato que no se acomode a lo que cree, aunque su voluntad cambie al ritmo de su humor. Político como pocos, se rebasa a sí mismo con sus dotes de eterno opositor y deja de lado su rol de jefe de Estado. Se siente distinto a los demás líderes mundiales, desprecia la técnica y su imprudencia lo desbarranca en la gravedad de la avalancha en que se está convirtiendo la pandemia del Covid-19.

Sus mañaneras se han vuelto repetitivas y paleras. Palestra para reafirmar su discurso de honestidad, se ha convertido en el hazme reír del mundo por su torpeza en la gestión de crisis. Nombra a un encargado para combatir la calamidad y es el primero en predicar con la desobediencia.

Si el presidente está infectado, su irresponsabilidad será mayor, pues habrá contagiado a miles. Los apretones y besos a la niña de Guerrero le costarán. La administración de su agenda se sumará también a las cuentas por la crisis: sigue narrando sus almuerzos, jactándose porque dedica horas a firmar diplomas de ninis, perdiendo tiempo precioso en traslados y esperas en aeropuertos civiles cuando la comunidad científica le reclama por no haber declarado la emergencia nacional.

Para esta enfermedad no se ha visto al líder. Resulta trágico ver los comunicados de los jefes de Estado canadiense, alemana o las medidas del propio Trump y compararlos con los 'detentes' de Andrés Manuel. Más hacia acá: la Federación debería tomar el ejemplo de las extraordinarias medidas fiscales de la gobernadora de Sonora, el discurso y anuncios del de Jalisco, el frente que formaron los ejecutivos del norte (Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas) o la estrategia que están desplegando, cada uno basado en sus circunstancias, los alcaldes de Veracruz y San Pedro.

Me sumo a quienes creen que el Estado no quiere iniciar la 'fase dos' del protocolo de emergencias y evade la actividad del Consejo de Salubridad previsto en la Constitución (ojo: y así viola la norma fundamental), porque no quiere parar la dinámica económica de la clase más desprotegida, de aquella que vive al día o a la semana, porque una cuarentena generalizada traería complicaciones de otro orden que terminaría restando popularidad electorera.

López Obrador tiene que dejar de improvisar, detener sus giras y comunicar con precisión. Su formato mañanero priva de contexto a las explicaciones del subsecretario López-Gatell, pues el morbo que generan las ocurrencias del presidente se suma a preguntas aisladas al encargado del gobierno, lo que genera análisis aislados que confunden más a la población y se precipitan en cascadas de medios y redes con memes, críticas y contenido de exportación que el presidente refuta al día siguiente culpando a sus molinos tradicionales: conservadores, ladrones de antes furiosos porque ya no pueden robar o medios enojados porque ya no cobran lo que antaño, y vuelve a dejar en el aire la situación de emergencia nacional. Nuestra realidad es como la piedra que eternamente empuja Sísifo montaña arriba.

Otro problema: no hay los reactivos suficientes para hacer los análisis correspondientes, y por lo tanto los números oficiales no pueden ser ciertos. Quien intente hacerse una prueba y no reúna los requisitos de gravedad (dificultad para respirar además de fiebre, tos, dolor de garganta y cuerpo) y circunstancia (haber viajado a algún país con contagio crítico o haber tenido contacto directo con alguien que lo haya hecho) no es candidato para analizarse; además de que existen pocos laboratorios acreditados.

Lo anterior permite pensar que la situación es más grave. Mi hermano desarrolló un algoritmo promediando el crecimiento de contagio por día en China, España e Italia y resulta asombroso el parecido con el desarrollo estadístico en México. Según sus cuentas, hoy lunes terminaremos con 439 infectados, mañana casi con 600, para el viernes pueden ser más de mil 200, para el domingo mil 600 y para fin de mes tres mil 584. Si la curva no desciende, ese algoritmo pronostica terminar abril con 700 mil infectados. Prefiere no calcular los muertos. Guarde usted estos números.

Lo mejor de lo peor es que hay medidas acertadas pero no las comunican. Si a eso suma algunos dislates del propio presidente o del subsecretario como el de “el mejor escudo es la honestidad” con la muestra de sanbenitos y 'detentes' de AMLO, o el de “el presidente no tiene fuerza de contagio sino moral” de López-Gatell; y las respuestas parciales en las mañaneras, los ciudadanos carecemos de perspectiva y brújula.

Escuché una entrevista radiofónica del subsecretario López-Gatell con Joaquín López Dóriga y entendí muchas acciones, y me tranquilizaron tanto su estrategia como su dominio del tema. El propio periodista le pidió que lo comunicaran más. El problema es que el presidente a veces no deja ni hablar, llena de silencios incómodos el ambiente o nos atiborra de ruido innecesario, también hoy, que estamos en emergencia nacional.

Usted quédese en casa.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.