'El vendedor de silencio'
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'El vendedor de silencio'

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'El vendedor de silencio'

04/11/2019
Actualización 04/11/2019 - 15:27

Pocas libertades como la de expresión. Pocas formas de ejercerla como la prensa. Pocas ruindades como la venta de información para la manipulación política de la población. El mercado negro en los medios de comunicación es una perversión que muestra la podredumbre pública. México adolece la corrupción de muchos medios, el guiño de sus figuras al poder y la rebatinga de espacios y columnas.

Hay periodistas serios, pero también corruptos. Hay políticos transparentes, pero otros propensos a la compra descarada de aplausos y silencios. Por años lo padecimos; a ello se refiere AMLO cuando echa mano de la historia pusilánime como templete de su santificación. Sí, hubo una época negra del periodismo, pero colocar ahí a quienes se le oponen es una triquiñuela retórica.

Leí El vendedor de silencio, espléndido libro de Enrique Serna sobre la biografía novelada de Carlos Denegri, el líder de opinión y chantaje más influyente en el México de mediados del siglo XX. Reportero estrella con una red inigualable de informantes. Difamador impune, falto de escrúpulos que cobraba más por lo callado que por lo publicado; inauguró el 'chayote' con extorsiones y chantajes. Calumniaba y adulaba con lambisconería al poderoso y a quien pagaba.

Hizo de la prensa un arma letal que acompañó al priato más rancio. Servil con las ambiciones y tropelías de tantos, calló barbaridades y acusó a inocentes. Condecorado por gobiernos, doctor honoris causa y catalogado como uno de los mejores diez periodistas del mundo.

Cobrador de igualas al por mayor; titular de la nota a ocho columnas de Excélsior, políglota y culto con programa de televisión, radio y columna de sociales. Lo mismo fue el periodista estelar en las campañas de los candidatos presidenciales, que amigo-enemigo de la alta sociedad, a la que retrataba con su pluma, anhelaba con sus aspiraciones y también chantajeaba por sus escándalos.

Seducía a la clase media con mojigatas y falsas expresiones mochas. Borracho perdido, amigo de burdeles, amante de modelos y actrices, bohemio mala copa y bon vivant.

Ávila Camacho, Alemán, Ruiz Cortines, López Mateos y Díaz Ordaz patrocinaron esa tinta mercenaria y se beneficiaron. Calló lo que supo, que nunca fue poco; atacó los “abusos comunistas” de los jóvenes en el 68, que pintaron su casa con chapopote acusándolo de chantajista y corrupto. Escribió también contra Octavio Paz por su renuncia a la embajada de la India tras la matanza de estudiantes y por el duro artículo que publicó en Le Monde contra el partido único. Fue tan parcial que afirmó que en Tlatelolco murieron más soldados que estudiantes.

Reconocido por Zabludovsky como maestro y señalado por Julios Scherer como el mejor y más vil de los reporteros del siglo XX; reclutó a José Vasconcelos y a Alfonso Reyes para la revista que dirigió, pero también hundió a cientos de políticos. Gobernadores y embajadores se disputaban para lisonjearlo y lo incluyeron en la nómina.

¿Qué diferencia tendría Denigri, que se hacía de la vista gorda frente a los negocios obscenos de Miguel Alemán, con tantos aduladores de López Obrador, incapaces de ver algún error del tabasqueño?

Trouyet, Pasquel, Garza Sada y Ramírez Vazquez fueron empresarios relacionados con sus letras. Pagaron o le generaron ventajas. Periodista favorito de la corte, portaba charola de Presidencia y echaba balazos en cabarets, regañaba a policías y saltaba toda regla de urbanidad con atrocidades caligulescas.

Idealista pragmático y poeta prostituido; se dio cuenta, en palabras de Serna, que “solo en el mundillo político de México había gente tan embelesada con el reflejo de su importancia”; de ahí la absurda maquinaria de Estado que gastaba en plumas y acarreados para que no flotaran las verdades opositoras; al tiempo que todos sabían que las adulaciones eran falsas.

Psicólogo natural que supo siempre que la genuflexión ante los símbolos del poder, también con palabras de Serna, era un mal endémico del mexicano. Rey de la alabanza, meloso recadero y mercenario.

Viajero incansable, hombre de mundo, Charro y miembro de la farándula; amado y odiado (incluso asesinado) por bellas mujeres. Guardaba secretos en su mágico archivo donde clasificaba secretos de los poderosos, que después cobraba por su silenciosa tenencia.

Cronista y mensajero público de históricos pasajes: Desde la caída de Charles de Gaulle hasta los amoríos de Díaz Ordaz con la Tigresa.

Admirado, temido y odiado. Parte clave del poder. Termómetro y emisor ¿Denegri podría estar en una mañanera? ¿Sería “de los de antes” o se allanaría a los chairos del pejeato? Lea el maravilloso libro de Serena y saque sus conclusiones.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.