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2018

17/12/2018
Actualización 17/12/2018 - 11:02

Año inolvidable, horrible. El cierre del sexenio más corrupto que se recuerde, o quizá el más informado, o ambos, pero con un malestar generalizado. Inicio del sexenio disruptor, de cambio de modelos políticos, económicos y orgánicos; incertidumbre y esperanza; preocupación de un lado de la sociedad y euforia y adoración en el otro. Año extraño e intenso el que se va con las uvas.

Enrique Peña Nieto es un hombre vanidoso, que gusta de ser reconocido. Supongo que no la estará pasando bien cuando la gente sigue burlándose de sus errores, nadie lo califica de brillante y es señalado por corrupto con bajísima aceptación. Todo lo contrario de Andrés Manuel López Obrador: adorado como pocos, arrastra multitudes, la gente quiere tocarlo y a pesar de las malas medidas adoptadas y anunciadas, su popularidad sigue creciendo.

Hombres de equipos contradictorios, con amigos, algunos técnicos brillantes y otros francamente mediocres; pero ambos con disciplina y defensa de sus partidos. A Peña no le sirvieron José Antonio Meade ni Luis Videgaray para trascender, y en cambio Ruiz Esparza, Luis Miranda, Emilio Lozoya y Rosario Robles siguen ensuciando la estela de su triste recuerdo. López Obrador tiene a Alfonso Romo, Marcelo Ebrard y Juan Ramón de la Fuente, quienes brindan certeza y siembran buenas expectativas; aunque por otro lado las decisiones del aeropuerto, el Tren Maya o la suspensión de las rondas petroleras aumentan la perspicacia negativa de los mercados.

Parece innegable el pacto entre Peña y AMLO. No se encuentra otra razón que evite proceder contra Odebrecht, la estafa maestra o la rendición de cuentas más elemental por tan burdos e incontables hechos. Lo cierto es que la idea de pacificar siempre viene bien, aunque no se haya construido un hilo argumental congruente ni completo para justificarlo.

2018 es un año de paradojas: impunidad contra perdón; autocalificativos sobre honestidad y alianzas con actores por sí mismos criticables (la maestra, los verdes, y agentes del pasado que siempre fueron señalados por los ya no tan puros); ahorros mal entendidos, como los vuelos comerciales del presidente, el gasto por cerrar Texcoco y devolver un avión que se arrendaba; democracia contra institucionalidad, todo en nombre de una democracia que no respeta sus propios procesos constitucionales (lo que la convierte en populismo).

La barbaridad de las subvenciones a ninis, gente de la tercera edad y madres solteras: el Estado repartiendo dinero. Pescados en lugar de cañas y carnada, acciones en nombre de una justicia social mal entendida que fomentará el clientelismo político para Morena por muchos años… ¿Imagina usted a una madre soltera que viva a su vez con su propia madre y un adolescente nini? Recibirán 10 mil pesos mensuales. ¿Sabe cuándo esa familia votaría por otro partido político? Nunca. ¿Y la economía? Tendrá extraños comportamientos, porque ese flujo será artificial, pero finalmente habrá gasto en el mismo estrato social y los elementos que los califican aumentarán sus propias percepciones. Finanzas eufemísticas con sectores improductivos pero contentos, ¡cómo no!

El año que se va deja un frágil equilibrio orgánico en el Estado. Atestiguamos una lucha entre poderes y una polarización grave. Andrés Manuel cree que le alcanza para todos y no se detiene en la división de poderes. No quedarse a comer en la Suprema Corte tras el informe de su presidente fue una afrenta y rompió una tradición republicana de décadas. Sus descalificaciones al Judicial y a los órganos autónomos lo confirman como autócrata que no tolera límites ni controles. Su idea de austeridad es en muchos sentidos ajena al conocimiento funcional del aparato público y alienta indirectamente a la ciudadanía enardecida a que cometa actos tan terribles como el ataque a Jorge Camargo, encargado de comunicación social del Consejo de la Judicatura, quien fue agredido por ser confundido con algún ministro de la Corte.

La corrupción nos carcome, casi tanto como la inseguridad. Banderas primordiales del presidente que no han dejado ver las rutas de navegación mientras los hechos se siguen sucediendo. 2018 es el año más corrupto y peligroso de nuestra historia.

Annus horribilis que cerró con el portazo en la nariz del Presupuesto de Egresos de la federación: disminución de dinero a la UNAM, partidos con las mismas prebendas y recortes a órganos autónomos y otros poderes. Pareciera que lo que venga en el 19 será mejor.

Me voy de vacaciones, le escribo hasta enero, amable lector. Lo mejor siempre.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.