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Nuestra presente normalidad

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Nuestra presente normalidad

20/10/2020

Los adultos en esta época aciaga estamos conscientes de los muchos meses en los cuales nos hemos encerrado, aislándonos del mundo para reducir o inhibir la posibilidad de un contagio del mortal coronavirus.

Lo que creo que no hemos planeado es anticipar cómo recordarán esta época extraña y dolorosa los jovencitos, en los muchos años que les quedan por vivir. Quizás hemos deseado que tales recuerdos que ahora viven y sufren sean más afables que dolorosos, menos tristes, si esto puede ser posible. Futuros adultos con recuerdos no muy tristes.

Lo primero como padres y abuelos que padecemos es el encierro. Pensamos que para ellos el mayor beneficio es no haber expuesto su salud y su vida. Aunque podemos lamentar, como a nosotros nos sucede, estar siempre casi totalmente separados de familiares, amigos, compañeros de la escuela, exalumnos y vecinos. Las clases acumuladas ante un monitor, a mí de joven no me hubieran hecho muy feliz.

Lo que algunos psicólogos sugieren es “distraer” la abrumadora e indeseada cuarentena y compartir algo. Propongo una “muy buena propina” a los repartidores del supermercado, farmacias, agua en garrafones, alimentos preparados, periódicos, correo, mensajeros, recogedores de basura a las seis de la mañana en nuestro condominio sin cubrebocas, plomeros, electricistas, etcétera, que nos sirven diariamente exponiendo su salud y su vida en una forma preocupante, en nuestros domicilios.

A esto es a lo que ahora llamo la nueva normalidad. Para los niños y jovencitos es vital saber que archivan en sus mentes los inmensos sacrificios, a su tierna edad, de no visitar ni recibir la visita de nadie. Salvo la del médico familiar privado, no público. Los médicos del IMSS se niegan a visitar enfermos a domicilio, inclusive a ancianos. ”Llévelo a su clínica”, vociferan.

Todo esto, en su básica expresión, es a lo que ahora se le puede llamar la nueva normalidad, la cual deseamos con vehemencia que se termine. Que no se eternice más.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.