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Que se mueran los pobres

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Que se mueran los pobres

29/10/2020
Actualización 29/10/2020 - 13:23

El 13 de octubre Mariana publicó en su cuenta de Twitter (@MarianaEC11) el siguiente mensaje: “Papito, sé que tienes miedo, ayer me lo dijiste, perdóname por no poder pagar quinientos mil pesos, perdóname por no haberte insistido más en que te hicieras la prueba desde el martes, confío en Dios que estarás en buenas manos. Perdóname....”.

Esta joven capitalina había relatado en esa misma red social el peregrinar buscando atención médica para su padre. En el INER no lo recibieron por falta de disponibilidad. En un hospital privado les pedían medio millón de pesos. Lo hospitalizaron en La Raza. Ahí los matan, dijo el señor.

Al padre de Mariana no le faltaba razón. 2020 y 2021 deberán ser recordados como los años en que la sociedad mexicana se puso de acuerdo en que se mueran los pobres. No que el acuerdo sea nuevo, pero en esta ocasión, la ocasión de una pandemia, es tan extendido como inocultable ese acuerdo: si tienes dinero, tus posibilidades de sobrevivir son muy distintas a si careces de recursos económicos y te tendrán que atender en la salud pública. ¿Como siempre? Más que siempre.

Va otro caso. El diario El País publicó el martes que “Sandro Cohen (Nueva Jersey, 1953) ingresó la noche del 13 de octubre a un hospital privado con síntomas de neumonía. Poco después, los médicos confirmaron que se trataba de un caso de Covid-19 que fue empeorando hasta que tuvo que ser intubado. El escritor y académico naturalizado mexicano fue amparado por un seguro de gastos médicos mayores con cobertura por hasta un millón de pesos (unos 47 mil dólares) que cubría sus gastos hospitalarios. Hasta que su póliza se hizo insuficiente. ‘El hospital me hizo llegar la cuenta por 100 mil pesos al día (alrededor de 4 mil 700 dólares) más los honorarios de los médicos’, narra por teléfono Josefina Estrada, esposa de Cohen. ‘El seguro también se comunicó y me dijeron que ya no alcanzaba la cobertura’”.

Cien mil pesos al día más honorarios de médicos. La esposa de Cohen cuenta que por lo delicado que se encuentra el escritor, les han aconsejado no trasladarlo. Así que no es opción un instituto público. Están acorralados, pues.

El caso de Cohen nos recuerda que en la categoría de pobres cabemos muchos, incluso los clasemedieros con mediocres seguros de gastos médicos.

En el sexenio que prometió separar el poder público del privado, en la pandemia, el gobierno federal se rindió ante la ley de mercado: los hospitales privados son un negocio, y ahí estarán sólo quienes puedan pagar; los demás, o truenan su patrimonio, o se atienen a un sistema en el que, según un estudio de agosto de un investigador de la UNAM, “más de la mitad de las defunciones ocurrieron en unidades médicas para población abierta (…). La población que acude a estos establecimientos, es la que no tiene cobertura médica ligada a un empleo formal. Evidentemente, se trata de población con grandes carencias. También, cabe destacar, que el IMSS, que da cobertura de salud a más de la mitad de la población nacional, sólo ha cubierto 30 por ciento de las defunciones registradas. En las unidades privadas no han ocurrido ni el tres por ciento de las muertes por Covid-19”.

https://web.crim.unam.mx/sites/default/files/2020-06/crim_036_hector-hernandez_mortalidad-por-covid-19_0.pdf

Claro, son menos los que se atienden en las clínicas privadas y por eso apenas serían una cifra de un dígito porcentual, pero todos los indicios apuntan a que la muerte les visita mucho menos a quienes pagan por atención privada.

Tenemos normalizada la irracionalidad de saber que en la pandemia el dinero hace toda la diferencia. Porque esa diferencia no la marca la calidad de los médicos (son los mismos en lo público y lo privado): la respuesta estaría en el número de personal por cada paciente, quizá, ya que si vamos a dinero hay que recordar que en los hospitales públicos muchas veces el paciente tiene que poner de su bolsillo para adquirir equipo, instrumental y medicinas. Y ni así se equiparan las defunciones.

Esa es la realidad. Esa y nuestra hipocresía. Ejemplo de ello es lo que ayer, día grande de San Judas Tadeo, se leía en redes sociales: muchos se quejaban porque los mexicanos de a pie, contra toda advertencia de autoridades, se congregaron en San Hipólito. Lo curioso es que no nos quejamos igual cada viernes cuando Club Social, de Reforma, por ejemplo, nos muestra todas las fiestas y caros paseos que nuestra clase pudiente realiza, sin cubrebocas ni sana distancia, desde hace muchas semanas. Hasta en eso hay disparidad. Nos molestan los pobres, no los ricos.

El padre de Mariana falleció el día 18. No es una cifra, como dice ella. Es una víctima de un sistema criminalmente capitalista que acepta que se mueran los pobres.

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