Primero, la realidad; luego, 'una nueva normalidad'
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Primero, la realidad; luego, 'una nueva normalidad'

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Primero, la realidad; luego, 'una nueva normalidad'

13/05/2020
Actualización 13/05/2020 - 11:15

Mucho antes de llegar a eso que algunos quieren pensar como una nueva normalidad, en México nos falta un trago amargo –o varios–, y por desgracia éste no será el de una medicina efectiva contra Covid-19.

Cada país hace cuentas y crea escenarios para dejar el encierro de la manera menos costosa posible, en términos sanitarios y económicos. Pero ¿qué plan se puede hacer cuando los datos son, pongámoslo leve, escasos?

En México no tenemos idea de cuánta gente se ha infectado de Covid-19. Los casos confirmados son un universo puesto en entredicho por múltiples factores: desde escasez de pruebas hasta deficiencias estructurales en el registro de enfermos.

Cuán extenso ha sido el contagio por este coronavirus es una interrogante de la cual sólo tenemos indicios, si bien nos va, de alcance regional.

Lo anterior no constituye una crítica al presidente López Obrador. Es lo que hay, datos magros. Y a partir de ellos el gobierno habla de que estamos en una meseta de contagios, y que en cosa de días estos comenzarán a descender (al menos en zonas hasta hoy problemáticas).

Siendo ese el escenario, suena no sólo lógico, sino responsable, que el gobierno plantee reactivar la economía.

Pero abrir sectores productivos implicará, necesariamente, un costo sanitario. Vamos a pasar los próximos meses jugando al gato y al ratón. Tratando de revivir la economía sin matar a miles de personas en el intento.

Por eso no hablemos de nueva normalidad cuando apenas vamos a experimentar los estragos de una nueva realidad, una tocada por un virus letal.

En esa realidad, los gobiernos tendrán que aprender a administrar la muerte. Es duro ponerlo en esos términos, pero no hay otros.

Cada autoridad, empresa, organización, familia o persona debe estar consciente de que los planes gubernamentales para la apertura se hacen en la intención de que, al reactivar la economía, se eviten otros costos sociales. Mas no será gratis.

Tocará aprender a arriesgarnos lo menos posible. Pero el 'no arriesgarse' está fuera de las opciones realistas.

Mientras no haya vacuna o tratamiento eficaz, el objetivo debe seguir siendo uno solo. Cada medida decretada por un gobierno, y asumida por la población, debe tener como meta el no desbordar la capacidad sanitaria para la atención de contagiados.

Esa divisa permitiría calibrar la válvula de las actividades económicas, escolares e incluso de entretenimiento. El límite de la circulación de personas lo pondrá la capacidad de atención hospitalaria a quienes resulten enfermos.

El problema es cómo calcular ese factor cuando no contamos con data suficiente de contagios y cuando la nueva realidad no incluirá la masificación sustantiva, en millones y no miles, de pruebas para detectar portadores de este coronavirus.

Así que, durante meses, esta nueva realidad implica navegar a ciegas por periodos de dos semanas, que no sólo es el tiempo en el que la gente podemos desarrollar síntomas detectables, sino, como lo demuestra una investigación publicada ayer en Nexos, el plazo en que llegarían las actualizaciones de la cifra más confiable, sino la única, en cuanto al avance de la pandemia: la de los fallecidos. Y es que ayer en esa revista Jorge A. Castañeda y Sebastián Garrido mostraron que la cifra de decesos por Covid-19 tarda dos semanas en acumularse. (https://datos.nexos.com.mx/?p=1351)

Abriremos sectores y actividades, y a las dos semanas veremos costos en contagios y, eventualmente, decesos.

En resumen, si, como dice el gobierno, estamos en una meseta de contagios, sigue discutir la reactivación. Pero la apertura pasa por rediseñar completamente cadenas productivas: cómo llega la gente a trabajar/estudiar, cómo y cuántos se instalan en los espacios laborales/escolares, qué nuevo equipo de protección debe ser proporcionado al personal y cómo se reorganizan las tareas para minimizar las posibilidades de un contagio... En logística, es inventar un mundo nuevo. O muchos mundos nuevos.

En el ajuste de esa nueva realidad habrá que pagar costos. Monetarios, muchos. De salud, otros. Y cuando dominemos esas nuevas rutinas, en las que al principio no cabremos todos, quizá comencemos a vislumbrar la forma de eso que llaman la nueva normalidad. Pero falta mucho para ello. Mucho dinero perdido, mucho tiempo y demasiado dolor.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.