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Pandemia: las burbujas imposibles

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Pandemia: las burbujas imposibles

27/01/2021
Actualización 27/01/2021 - 12:16

La anterior temporada de la NBA se suspendió a mediados de marzo. La pandemia puso contra la pared a la liga de basquetbol más famosa del mundo: cuidar la salud de los equipos podría significar perder mil millones de dólares sólo en ingresos por televisión. La solución fue crear una burbuja en Orlando, Florida. No fue fácil, ni barato, como se detalló el 21 de agosto en el pódcast 'The Daily' del New York Times, pero fue un caso de éxito.

Primero, se explica en 'The Daily', fue necesario determinar la sede de la burbuja. Se pensó en Las Vegas y en Orlando, en Disney World. Los jugadores, que sin playoffs se quedarían sin la mitad de esos mil millones de dólares, aceptaron dejar de ver a sus familias durante semanas y a partir del 7 de julio comenzaron a arribar los 22 equipos. En total, más de 800 personas se embarcaron en la reclusión que el NYT denominó como “el más ambicioso experimento no sólo a nivel deportivo, sino también social”.

Antes de entrar, relató el reportero Marc Stein, cada jugador tenía que dar negativo en dos pruebas de coronavirus tomadas en un lapso de 48 horas. Y a partir de ahí, entrenar para ponerse en forma. Pero, sobre todo, todos –incluida la prensa– debían sujetarse a cumplir las reglas de la burbuja detalladas en un PDF de 113 páginas. Las restricciones van desde cómo y con quién se puede jugar cartas en las horas de tedio, pero sobre todo el examen diario a cada persona en la burbuja y la imposibilidad de contacto alguno con el exterior. Un jugador de los Sacramento Kings que rompió esta última regla al salir a recoger comida –unas alitas– tuvo que pagar una nueva cuarentena de 10 días.

Mismas condiciones, y otras, aplicaban para los reporteros, que según el testimonio de Stein, era como vivir en “una burbuja dentro de la burbuja”.

“La primera cosa que haces al despertarte es registrar en una app tu temperatura corporal y tu oxigenación”, explicaba Stein. “No puedes ir a ningún lado en la burbuja sin ingresar esos datos, que son almacenados en una banda magnética, parecida a un reloj, que portas en la muñeca. Esa banda la escaneas en todos lados, en cualquier punto de entrada de la burbuja”.

Además, la prensa tiene en su acreditación sensores de proximidad que pitan si el periodista pasa más de 10 segundos a menos de seis pies de alguien. Cada que Stein y sus colegas se acercaban a algún jugador o eran transportados a las canchas, todo era un pitadero.

Cuando se emitió el pódcast iban más de 40 días de juegos y ningún brote. Un éxito cuyos costos parciales, empero, se habían calculado en al menos 180 millones de dólares.

(Aquí el relato de Stein desde la burbuja https://www.nytimes.com/2020/08/21/podcasts/the-daily/nba-coronavirus-basketball.html?showTranscript=1)

La semana pasada hubo en México una polémica sobre los contagios en la liga de futbol. La burbuja de Orlando, en el mismo pódcast se decía, es muy difícil de replicar.

Entrado ya el segundo año de la pandemia, sin embargo, es claro que las vacunas tardarán muchos meses antes de que haya una protección generalizada a nivel poblacional que nos permita un retorno a una normalidad.

Los deportes mueven la economía y nos entretienen. Pero que en momentos de crisis de contagios como el actual nuestros equipos jueguen partidos –con traslados y sin reclusión– como lo hacen cada semana suena surreal, algo propio de una realidad tan lejana para nosotros como la burbuja de Orlando o las vacunas de Moderna.

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.