Manual para perder una campaña
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Manual para perder una campaña

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Manual para perder una campaña

08/02/2018

Llegó el día. Tras largas e intensas deliberaciones, los sectores del partido han concluido que usted –un no afiliado, un ciudadano– es la mejor opción con la que el partidazo cuenta para retener la presidencia de la República. ¡Enhorabuena!

Como usted es un tipo empeñoso, un cuadro de excelencia al que le llega esta oportunidad ni muy tarde ni muy temprano, no está de más repasar los errores electorales fácilmente evitables.

Defínase. ¿Quién es usted? ¿Un tipo decente, técnico capaz, hombre que presume su probidad? Si la respuesta es sí, no le pida a un partido famoso por sus indecencias que lo haga suyo. Ni presuma la mediocridad gubernamental como el summum de nuestras capacidades nacionales.

Y sin embargo, cuide a su partido. Para los hombres y las mujeres partidistas, un fuereño es demasiado. Si necesita vocero, no sume a un tránsfuga. Si siente que en los debates no lo representan debidamente, no se le vaya a ocurrir enviar a su eterna mano derecha, que ni priista es. Si en el Distrito Federal el reto es enorme, no ponga ahí a un miniusted. Si de tantos consultores que tiene no sabe cuál sí es suyo, no anuncie a un panista sin lustre como gran adquisición.

Encuentre su tono. ¿Le salen bien los chistes? Paso a la campaña platanito. ¿No son lo suyo? No pasa nada: cero chistes. Sobre todo cuídese de no convertirse usted en el chiste o en el perfecto meme.

Defina a su contrincante. En cada etapa de la campaña ocúpese primordialmente de un contrincante. No vaya a cometer el error de creerse tan importante como para pensar que el referéndum electoral es sobre usted; si acaso es sobre el gobierno actual, en donde usted, querido delfín, la tiene muy complicada.

Obedezca. Usted es el empleado de su cuarto de guerra. Obedézcales. Siempre. Sólo tenga una precaución: el cuarto de guerra tiene que ser suyo. De nadie más. Ni del presidente. Ni del coordinador de campaña disfrazado de sustituto (o sustituto disfrazado de coordinador), ni del líder del partido que usted ni puso. Suyo o de nadie.

Sea honesto, bueno, al menos con respecto a las encuestas. Si éstas no le favorecen, por nada del mundo envíe a sus cancerberos a gritar el nombre de una encuestadora (es un decir) que la gente ni conoce y menos reconoce en esos números lo que ve en el día a día. Evite ridículos.

No se pelee con el cocinero. Si uno de los públicos a conquistar son los jóvenes críticos e informados no se le vaya a ocurrir amenazar con demandas, digamos, a uno de los sitios que más atesora ese segmento. Ah, y hablando de sus voceros: no exijan atención mediática, gánensela.

Rechace ayuda no bienvenida. Si algún medio dice que usted realiza cotidianas proezas, no sé, como viajar en Metrobús, aplíquele aquello de “no me ayudes compadre”, hay aliados que más le vale no tener.

Si usted fue el único que no vio la corrupción del sexenio, no lo presuma, no se arriesgue a que alguien crea que fue el tonto útil del equipo. Si sí la vio y no hizo gran cosa al respecto, no haga un mea culpa junto a Romero Deschamps. Por fa.

¿Cómo? ¿Que ya cometió todos estos errores y la campaña ni ha comenzado?

Tranquilo. Respire. Tome un autobús, vaya a distraerse a algún lado, no sé, a un museo vacío, donde no haya ni un voto que cosechar, y deme un par de semanas, a ver qué se me ocurre para un caso como el suyo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.