La Feria

La discordia

Salvador Camarena opina que la discusión política hoy en México es enteramente polarización, riña perpetua, denuesto digital constante y nula voluntad de diálogo de múltiples actores.

Tiempo atrás, Enrique Peña Nieto consideraba que no era correcto que se le comparara con sus antecesores en encuestas de aprobación presidencial. El mandatario exponía que quienes habitaron Los Pinos antes que él no habían tenido que lidiar con las redes sociales, masificadas en México en los últimos años.

En esa ocasión –un encuentro con periodistas en diciembre de 2016–, Peña Nieto no dejaba entrever amargura o reclamo. Su apunte iba más en el sentido de que las redes sociales exacerban la realidad y el discurso que, sobre la misma, construimos.

Con el tiempo veremos si tiene peso el argumento de Peña Nieto; si se da el caso que nuevos gobernantes resientan en su popularidad el serrucho digital y acaso tendremos dos parámetros: aprobación de presidentes con o sin redes sociales.

Nuestro periodo de transición, se ha dicho ya, es muy largo. Cinco meses. Quizá no es tanto tiempo si uno se pone a pensar que carecemos de una burocracia profesional, así que tiene algo de lógica que el nuevo equipo tenga 20 semanas para prepararse. Y quizá era tan largo, también, como una ayuda para que cambiáramos el humor, para dejar atrás la piel rijosa, propia del encono electoral, y arribar más serenos a las formalidades de la civilidad democrática del traspaso de poder.

En esta ocasión no ha sido así. Esperemos que el equipo nuevo sí esté preparándose, pero de civilidad, nada.

Los desplantes del señor Jiménez Espriú en un predio privado, por un lado, y el acoso de un periódico a un hijo menor de edad de López Obrador, por el otro –ambos ocurridos la semana pasada, y ambos con sus porristas y detractores en las redes sociales– son muestra del clima que impera en esta transición.

La discusión política hoy en México es enteramente polarización, riña perpetua, denuesto digital constante y nula voluntad de diálogo de múltiples actores. Vivimos en discordia.

Si hace seis años el sexenio comenzó con un gran pacto, en esta ocasión arrancará con la continuación de estériles diatribas que vimos previo a la elección y durante la misma. No hay debate posible cuando el summum de los argumentos de un lado es el "se los dijimos", mientras que del otro es el "malos perdedores, están ardidos".

Y quien ya muestra señales de haber resentido un clima así es el presidente electo. Lo cual es muy delicado.

En menos de doscientos días, López Obrador pasó de ofrecer, en la noche del triunfo, "respeto a quienes votaron por otros candidatos y partidos" y de llamar "a todos los mexicanos a la reconciliación y a poner por encima de los intereses personales, por legítimos que sean, el interés general", a soltar el sábado en Campeche un "ya chole" por los cuestionamientos al tren maya.

Antes que nadie López Obrador debe reflexionar sobre qué no hizo él para que la transición se diera "con armonía", como lo había prometido aquella noche del 1 de julio. Han sobrado fifís y faltado serenidad.

Pero otros muchos actores también deben hacer la misma reflexión. A 45 días de la toma de posesión, a parte de aquellos con ego que día a día se insufla con retuits, a quién le conviene todo este pancracio.

Cualquier administración necesita confianza para poder gobernar. No es gratuita. Cada mensaje, cada acto, la cultiva o la dilapida. Más en un ambiente como el que tenemos, donde quien más ganó es quien más oposición genera.

Debería haber un mínimo espacio para trabajar sobre esas diferencias. Solían llamarle política. Y no estaba en las redes sociales de la discordia.

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