La denuncia
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La denuncia

13/08/2019
Actualización 13/08/2019 - 11:35

La gobernadora de Sonora, Claudia Pavlovich, fue a interponer una denuncia a una oficina de la Fiscalía del estado que gobierna (es un decir). Quiere que se investigue quién la ha amenazado, a ella y a su familia, mediante una narcomanta.

El escritorio de la servidora pública que atiende a la gobernadora, según se ve en fotografías, está limpio, ordenado, y la oficina parece funcional. La mandataria luce un vestido que se puede llamar elegante. Nadie más aparece en la escena.

Qué bueno que tan alta funcionaria haya decidido no dejar a la cifra negra un presumible acto delincuencial. Y qué bueno que vaya a vivir en carne propia lo que sigue del proceso: si toma los derroteros del promedio de los casos, su denuncia será inútil. Su queja habrá sido una pérdida de tiempo (así le hayan dado trato VIP), porque la probabilidad promedio de que en un estado se dé con los autores de delitos denunciados es tan baja como el 4 por ciento.

Pero todo suena a propaganda. Nadie en su sano juicio quiere que le tomen una foto en una oficina de una fiscalía. Nadie, de hecho, quiere ir a una fiscalía a padecer filas, desdén, burocratismo y, en algunos casos, malos tratos en espacios que son exactamente lo contrario a lo que se ve en la foto de Pavlovich: mobiliario desvencijado en saturadas y desprolijas oficinas.

Sin embargo, y de corazón, ojalá funcione. Ojalá las instituciones den con quienes pretenden amedrentar a una ciudadana, así sea la gobernadora. Ojalá este caso se resuelva para enseguida de eso, demandar que tantas otras denuncias, en Sonora y en todo el país, que están en manos de tantos otros ministerios públicos, se resuelvan. Ojalá.

Mientras, toca vivir en el país donde un nuevo gobierno quiere –una vez más– reinventar todo el esquema de combate al crimen organizado; en el país donde las fotos más llamativas no son las de los ciudadanos levantando denuncias, sino de ciudadanos resignados ante una violencia propia de una guerra civil, ciudadanos que harán su vida de todos los días sin importar que encima de tu puesto de hamburguesas cuelguen los cadáveres de algunas de las casi veinte personas asesinadas en unas cuantas horas, como en Uruapan. De Sonora a Michoacán, pasando por Jalisco, Veracruz, y Guanajuato, los muertos se dan por racimos sin que a nadie llamen la atención.

Mas no es cierto que estamos acostumbrados a que la vida no vale nada. No. Detrás de todas esas muertes hay dolor y violencia que rompe familias y lastima a la sociedad, violencia que además engendrará más violencia por la garantizada impunidad de casi la totalidad de esos delitos.

Violencia que genera deshumanización. Se ha vuelto común en México que periodistas convencionales exhiban las redes sociales el video de la muerte de un joven asaltante, que luego de resultar herido es pateado hasta fallecer por quienes se sienten con derecho a victimizar a quien minutos antes los amenazaba. Por supuesto, el material es reproducido miles de veces.

Tampoco llamó la atención a nadie que televisoras y periódicos 'serios' transmitieran en julio una y otra vez imágenes de un antro de Acapulco donde un individuo mata a cinco personas. Casual.

Asesinatos a la carta en redes y medios: todos los vemos, todos los volvemos a ver, todos terminaremos de tomar esos crímenes como normales, ordinarios, habituales… como propios de nuestro país, de nosotros.

Qué bueno que la gobernadora denunció… ojalá se aclare. Ojalá al menos esa, para tener la esperanza que lo mismo ocurrirá con otras denuncias. Aunque la verdad, no creo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.