Gracias, Enrique Serna
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Gracias, Enrique Serna

20/09/2019
Actualización 20/09/2019 - 12:24

Un lector me dijo que la columna de ayer parecía escrita a partir del enojo. Nada más alejado de la realidad. Por eso, y porque es viernes, trataré de apelar a un moderado optimismo en este día, que es bueno para agradecer a Enrique Serna por su novela El vendedor de silencio.

La más reciente obra de Serna, sobre la vida del periodista Carlos Denegri, es un excelente, y más que oportuno, recordatorio de lo mucho que ha cambiado el país, y de lo mucho que puede aún mejorar.

Si nos parece que hoy México es un desastre, con impunidad cabalgante, ubicua corrupción y violencia desquiciada, el país de hace 70 u 80 años cantaba (mucho) peor las rancheras.

Debemos a mexicanos de distintas procedencias, militancias, credos y costumbres que hoy resulte vergonzante el retrato de esa nación saqueada que nos presenta Serna.

Presidentes de la República ladrones, prensa corrupta y cómplice de los latrocinios, antipatriotas magnates acomodaticios, normalización de la desigualdad y los despojos a los más pobres, entronización de pillos y asesinos, y torvos secretarios de Gobernación… de ahí venimos, y eso que Serna retrata sin caricaturizar, pero también sin ninguna concesión, era México apenas hace medio siglo, que en términos históricos es un parpadeo.

Claro que resulta inaceptable que subsista en nuestra sociedad la violencia hacia las mujeres. Y por supuesto que hay sectores de la población que militan en la idea (es un decir) de cancelarles derechos, pero el balance de las dinámicas alienta la esperanza de que más pronto que tarde, y gracias sobre todo a la lucha que dan todos los días, las mujeres disfruten de un país donde esté erradicado el machismo, que en tiempos de Denegri llegaba al extremo de secuestrarlas para hermanos del presidente, empresarios o influyentes líderes de opinión.

Las audiencias nunca tuvieron tanto poder como ahora, y los chantajes criminales de los Excelsior y de los Denegri de hoy son más fácil de detectar por mucha gente de lo que lo eran en el pasado.

Y aunque los medios independientes del poder podrían ser más, la prensa ha sido en no pocos momentos de estas décadas un contrapeso a los poderosos y no sólo su correa de transmisión como en tiempos de Denegri.

E igualmente las expresiones de la sociedad civil, desde crisis como la de 1968 y la de 1985, se han multiplicado, diversificado y robustecido, para beneficio del país. Finalmente, partidos como el PAN y la izquierda que llegó a ser el PRD contribuyeron a formar un México electoralmente democrático.

Sin proponérselo, pues la novela no tiene ni tono ni motivo de moraleja, Serna nos ayuda a recordar que aspirar a vivir en el imperio de la ley es un asunto de muy reciente cuño, un intento democrático que ojalá vaya limando ese nuestro gen salvaje que sobrevivió a la Revolución y campeó durante todo el siglo veinte, con su variopinta colección de caciques regionales y gremiales.

Nada de lo que retrata Serna se ha ido. Es cierto. El influyentismo es una cultura que subsiste como en aquellos tiempos, por ejemplo. Y la idolatría por el hombre fuerte que sexenalmente está llamado, según eso, a salvarnos de nosotros mismos. Y hoy como ayer hay mexicanos agachones.

Siguiendo por la vereda optimista remato diciendo que ojalá también sirva leer a Serna para recordar lo malo que fue para México el vivir en la dictadura del partido único. Y que ninguna organización se atreva a intentar ser como el PRI fue.

Gracias Enrique Serna por otro gran libro. Y por los recordatorios ya reseñados.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.