Gabinete de Juanitos
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Gabinete de Juanitos

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Gabinete de Juanitos

10/02/2020

La voz menos escuchada en los debates sobre las carencias de medicinas en hospitales públicos o por el Instituto de Salud para el Bienestar es la del secretario de Salud, Jorge Alcocer.

Son un subsecretario y el titular del Insabi quienes tratan de articular explicaciones en las mañaneras o en entrevistas con medios. En este tema incluso ha sido más protagónica la secretaria de la Función Pública que el propio doctor Alcocer.

El titular de Salud es un ejemplo clásico del tipo de funcionario “Juanito” que Andrés Manuel López Obrador ha usado de tiempo atrás, pero que ahora repite a nivel secretaría de Estado. El secretario no tiene vela en el entierro que oficia el Presidente de la República. Y el doctor Alcocer no es el único caso del gabinete, por supuesto.

Así como el secretario de Salud no es el jefe real de ese sector, ha quedado más que claro que quien cobra como secretaria de Bienestar no es quien realmente lleva los hilos de la política social. Y de la secretaria de Gobernación no valdría la pena ocuparse si no fuera porque los que figuran, aunque ni manden ni pesen, también pueden causar daño: además de fingir un puesto que no ejerce, Olga Sánchez Cordero consiente en una visible subsecretaría a un entenado suyo que no se cansa de enervar el debate y hacer estropicios. Pero regresemos a los Juanitos.

Cuando el presidente López Obrador ordenó que se anunciara en tiempo real la renuncia de Carlos Urzúa a la Secretaría de Hacienda, estableció con claridad que su gabinete es uno donde la operación de quita-pon es nada traumática porque el poder está básicamente concentrado en un solo par de de manos. En el gabinete sólo hay una persona en ejercicio de libre albedrío. El Presidente. Los demás, unos más que otros, han aceptado ser los Juanitos del mandatario: personajes totalmente manipulables por el tabasqueño.

De tal forma que tenemos a alguien que cobra de titular de Educación que pasará a la historia por su activa complicidad en el desmantelamiento, sin explicación o justificación pública, del sistema de construcción de escuelas públicas que tenía México hasta 2018.

Ya se ha escrito suficiente para demostrar lo irracional y negligente de dar así como así a los padres de familia la responsabilidad de edificar planteles sin traza ingenieril probada y segura, pero en la memoria de Esteban Moctezuma quedará lo que pase con los niños y maestros en el futuro en esos inmuebles. No quiso oponerse a una medida disparatada, y no tiene la voluntad para renunciar. Que se ponga su banda tricolor en la cabeza y será idéntico a aquel personaje llamado Juanito, que fue puesto como hombre de paja en una candidatura de simulación en Iztapalapa.

Se sabe que López Obrador no escucha razones de sus colaboradores. Pero no tenemos suficiente información de que más de uno de esos colaboradores haya intentado disuadir, reelaborar, reformular, plantear alternativas, mejorar o de plano rechazar instrucciones que ponen no sólo al gobierno en una situación de franco ridículo, sino que meten al país en polémicas estériles o frente a situaciones de plano riesgosas.

Tiempo atrás publiqué aquí que no había gabinete. Me corrijo: Sí lo hay. Está constituido por personas en quienes, por lo visto en quince meses, no prima la razón o el profesionalismo, ni la idea de generar diálogo plural o buscar las soluciones en los lugares donde se encuentren las mejores opciones. Son Juanitos que sin más cumplen la voluntad de ya saben quién. El peligro es que México no es Iztapalapa.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.