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El mejor de los propósitos

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El mejor de los propósitos

26/11/2020
Actualización 26/11/2020 - 13:16

El maratón Lupe-Reyes tiene bien ganado su nombre. Durante semanas el país entero suelta el cuerpo en festejos que empatan con momentos religiosos, fechas que también nos ayudan a organizar el tiempo en ciclos: para muchos marcan el cierre de esfuerzos anuales y la esperanza de renovación con la entrada del siguiente año. Pero este Lupe-Reyes podría suponer también el mayor de los retos para una sociedad atosigada por la muerte, la crisis económica y el hastío de un momento sin igual en nuestras vidas.

Cuánta gente, contra toda recomendación de autoridades, viajará esta semana en Estados Unidos para la celebración más popular de ese país, el Día de Acción de Gracias. Los números los sabremos en cuestión de horas, pero las consecuencias a nivel hospitalario y en defunciones se atestiguarán en cosa de semanas. Si la gente no se queda en casa, la pandemia no perdona.

Ese referente es apenas una probada de lo que nos podría pasar en México en el periodo de fin de año. Porque como bien se ha subrayado, el cierre de la Basílica de Guadalupe representa un hito, una señal de cuán importante es que autoridades civiles y religiosas acuerden que a todos conviene que las peregrinaciones al Tepeyac se suspendan por razones de sanidad. Pero, ¿estaremos listos para entender y asumir que lo mismo ha de pasar con posadas y reuniones de fin de año?

La escalada de contagios y muertos por Covid es notable en semanas recientes en el país. Día de Muertos, puente de la Revolución o supuestos descuentos en eso que llaman El Buen Fin pueden ser parte de las causas de este repunte. Pero también habrá influido la masificación de los contactos luego de que, exhausta por el encierro y la crisis, la población ha retomado actividades con los consiguientes traslados a un punto de notable normalidad prepandémica. Esto hace imposible la sana distancia, por lo que la eficacia de los cubrebocas, de por sí mal usados por tantos, se derrumba.

Cuesta trabajo pensar que en las semanas por venir no nos reuniremos con amigos y con la familia extendida para celebrar, precisamente en un año tan funesto como este, que hay vida, que nos tenemos, que nos queremos, que le plantamos cara al destino, que creemos en un porvenir en común. Pero si algo deberíamos tener claro es que exactamente eso es lo que tendríamos que evitar.

Que tendríamos que resguardarnos, perdón el tono bíblico, como aquellos que se refugiaban en casa tratando de evitar la maldición de las plagas que recorrían las calles reclamando la vida de inocentes.

Las autoridades tratarán de hacer su parte. A todas se les puede reclamar incongruencia o indolencia. Hoy es prácticamente inútil insistir en que no se tuvo a los líderes que el momento reclamaba. Está claro que gobernantes de todo signo se aferraron a un mantra tan inútil como engañoso: hay camas, nos dicen cada noche. Camas vacías desde hace meses, en efecto, pero muertos por miles cada semana.

Así que vienen seis semanas muy pesadas. Iguales que las anteriores, pero simbólicamente más complejas. Cuando más sentiremos la necesidad de un abrazo por el jodido año que termina, menos deberíamos ceder ante ese impulso. No hay espacio para festejos. Habrá que ahorrar esas ganas para cuando, varios meses después, haya pasado la pandemia.

En un mes habrá transcurrido la Navidad. Pero no lo más pesado de toda la pandemia. De cómo nos portemos en el Lupe-Reyes dependerá que tengamos el mejor arranque posible en el año nuevo. Sería el mejor de los propósitos.

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.