Destrucción de reputación
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Destrucción de reputación

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Destrucción de reputación

16/01/2020
Actualización 16/01/2020 - 11:49

En algún manual del poder está escrito que para salir de una crisis, lo primero que debe hacer el político es destruir la reputación de quien haya generado el problema. Sobran ejemplos.

Con Enrique Peña Nieto gobernador, durante días la policía del Estado de México fue incapaz de encontrar en una pequeña recámara a una niña con salud mermada. ¿Cómo intentaron quitarse de encima la presión los sabuesos y gobernantes (es un decir) toluqueños? Ensuciando la reputación de la madre de la menor.

Eran tiempos en que refulgían los montajes de Genaro García Luna o del entonces fiscal capitalino Miguel Ángel Mancera. Así, ante la ola de secuestros que exasperaba a los capitalinos, vimos que se inventó como plagiaria a una policía, La Lore, que injustamente estuvo años encarcelada; o el caso del Apá, persona mayor identificada oficialmente como jefe de una banda de secuestradores del que llegamos a saber, por el gobierno, que poseía materiales pornográficos (¿!). Esas acusaciones, por supuesto, se cayeron, pero el daño reputacional estaba hecho.

Así que no debería sorprender lo que los actuales gobiernos están haciendo a partir de la tragedia de Torreón de la semana pasada, cuando un niño mató a su maestra y luego se suicidó. ¿En qué se emplean las autoridades? En destruir reputaciones. Destrucción en la que participan la sociedad y los periodistas.

Así, gracias a filtraciones de información no sustentada en un expediente, el niño ha pasado de simple alumno de 11 años a formar parte de una célula familiar “echada a perder” por insalvables factores, según nuestras deterministas autoridades.

Porque una tragedia para dos familias se ha degradado a la desgracia de una familia, la de la maestra, sin duda; y la otra ya es menos tragedia, ahora es vista como una consecuencia sin escapatoria, y con un tufo moralino insufrible e insultante de la inteligencia: qué podíamos esperar de un entorno de “criminales” sino un niño asesino.

Porque lo importante ahora ya no es que nadie haya podido detectar, en la escuela o en algún otro de los entornos del menor, la necesidad de ayuda u orientación, de cariño o de atención, de conducción o de salvamento que precisaba el niño, según hubiera sido el caso.

No. Hoy lo importante es moralizar subidos en su pequeño cadáver empistolado: claro, si la mamá murió de tal o cual manera, obvio que iba a descarriarse; por supuesto que con un padre detenido en Estados Unidos iba a resultar pistolero; qué nieto no toma las armas de su abuelo para matar a su maestro, #inevitable; compraban autos lujosos (sospechosismo); transferían millones (a fuerzas lavaban); la abuela no pagaba impuestos (inche evasora)…

¿Y el niño muerto? Pues doblemente muerto.

En este sexenio tampoco es novedad algo como la destrucción de reputación. Ya vimos a corifeos de la administración llegar a la vileza de atacar a la familia LeBarón, que estaba en medio del luto por el asesinato de tres mujeres y seis niños.

¿O no fue eso exactamente lo que también vimos cuando nadie desmintió que en el caso Medina Mora no sólo congelaron cuentas del exministro sino de sus familiares?

Toda esta criminalización –la “destrucción de reputación” moral es apenas un primer paso- no ocurre sin la ayuda de los medios, que cubren acríticamente cualquier cosa envueltos en el frenesí del morbo.

En suma: gobierno, sus paleros, prensa y una clase política incapaces de estar a la altura de una tragedia en una escuela primaria, como para intentar sacar la única lección posible de este funesto episodio: qué hacemos como sociedad para evitar la repetición de estas situaciones.

No. Nada de lecciones. Nada de aprender. Mejor ensuciemos la memoria de una víctima y quedará claro que de tal palo tal astilla –ese es el mensaje–: “venía de una familia de criminales, y como tal acabó”.

¿Qué tipo de ambiente de cacería de brujas estamos construyendo? Uno perfecto. Uno que al calor de la chusma se cree sus propias mentiras y fanatismos, que quema, pero no virigua.

Sólo habría que tener una cosa clara: si seguimos por ese camino, recuerden que las brujas no eran brujas. Eran inocentes. Fueron víctimas.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.