Del Starbucks a la extraviada Profeco
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

Del Starbucks a la extraviada Profeco

COMPARTIR

···

Del Starbucks a la extraviada Profeco

02/05/2019
Actualización 02/05/2019 - 11:08

Hace días en Twitter alguien advertía que se había topado con un anuncio de una cafetería que ofertaba café “similar al de Starbucks, pero a mitad de precio”. A tan avezado emprendedor se le habría hecho ver que el producto de Starbucks era malo. “Pero aquí cuesta la mitad”, contestó con apabullante lógica.

Ya se sabe que en café se rompen géneros. Alguien puede preferir Starbucks porque abre a tiempo, porque tiene baños medianamente limpios, porque se puede trabajar largas horas consumiendo poco aunque no sea barato, o por eso que caprichosamente llaman “la experiencia”. Y no se puede descartar que entre la clientela que satura esos establecimientos haya quien disfrute –cosas de la gente– el sabor del café de la sirenita. Así que el precio de un producto no refleja necesariamente su calidad, pero tampoco es el factor que forzosamente el consumidor más toma en cuenta a la hora de decantarse por este o aquel establecimiento que expenden “lo mismo”.

Todo esto viene a cuento no del café, sino de la gasolina, y en concreto de la manía del nuevo gobierno por inventar pegotes para distraer. Todo esto viene a cuento, pues, del “Quién es quién en el precio de las gasolinas”, índice (es un decir) que cada lunes el presidente Andrés Manuel López Obrador lanza a la opinión pública.

Los especialistas ya lo han explicado, pero va un apretado resumen. El precio de las gasolinas y el diésel depende de diversos factores, desde variaciones en el costo del petróleo a nivel internacional, distancia de la gasolinera con respecto a la terminal, un estímulo fiscal que sangra al erario cada mes más, gastos en seguridad industrial y, por supuesto, del costo de operación (incluida la ganancia pretendida) de los expendedores.

Durante décadas en México todas las gasolineras se llamaban Pemex, aunque no eran de Pemex. O sea, parecían de la nación –por aquello de Pemex=patrimonio nacional– pero eran negocios privados, muy privados de hecho. Encima, la generalidad pensaba que no sólo teníamos un monopolio privatizado sino que además nunca daban litros de a litro. Discrecionalidad y la sensación de robo: un doble abuso.

En el sexenio pasado, los pregoneros del capitalismo, como cura a todos los males, nos juraron que la apertura del mercado de las gasolinas nos haría libres, que la competencia sería el maná hecho Magna o Premium.

Así, a la par de la reforma energética, nuevos jugadores pudieron entrar al mercado, incluso no comprándole gasolina a Petróleos Mexicanos, para coquetearle a los consumidores con argumentos propios.

Y aquí volvemos al Starbucks. Luego de que a este gobierno en diciembre se le hicieron camotes los ductos y dejó a un tercio del país sin gasolina durante varias semanas, pero sobre todo por el hecho de que el presidente prometió que en su sexenio los combustibles no subirían más que la inflación, vivimos una realidad alucinante donde la Profeco, en vez de sancionar a quien abuse (su mandato), ahora pretende inventar un ranking de actores buenos y malos en el mercado de la gasolina, cuyos precios son libres.

Es muy raro este gobierno. Quiere hacer todo (hasta una refinería) para que consumamos gasolina. Todo menos dejar que aquellos que pueden ayudarle a lograr ese objetivo hagan su trabajo: cumpliendo la ley, pero en santa paz, sin tener que cuidarse de los descontones presidenciales de cada lunes, cuando se exhibe a supuestos abusivos sin poner en la balanza todos los factores que pueden llevar a este o aquel actor a vender más o menos caro.

Pero si de verdad quieren meterse en el asunto de ayudarle al consumidor a decidir dónde comprar la gasolina, van tres propuestas que un verdadero gobierno de izquierda podría hacer: a) Que la Profeco prepare un índice regular de quién vende litros de a litro (sanciones incluidas); b) dado que ya hay quien importa su propia gasolina, que la CRE refuerce su índice de calidad/rendimiento/contaminación de los combustibles, y c) que el SAT y el IMSS hagan índice de gasolineros que le pagan bien, mal o sólo propinas a los despachadores.

Porque habrá quien prefiera la gasolinera que tenga mejores baños o tienda más surtida, y eso es una opción tan personalísima como elegir un mal café porque le gusta cómo le llaman por su nombre al despacharle. Pero de lo que sí tendría obligación el gobierno es de advertir quién vende mejor producto, cumple mejor las reglas de competencia y no engaña con litros incompletos.

Lo demás es una cortina de humo que desde Palacio Nacional intenta ocultar lo contraproducente que fue la promesa de campaña que hoy sólo se puede medio sostener aumentando el estímulo fiscal si sube el precio de la molécula, o dando la impresión que es culpa de otros: agarrando a trapazos a quienes venden más caro, expendios que no necesariamente dan un mal servicio y que según reportes incluso venden gasolina de mejor calidad. Es decir, que a la larga al consumidor le costea más esa “experiencia” cara, antes que un producto malo a menor precio.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.