Contra la historia única
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Contra la historia única

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Contra la historia única

08/04/2019
Actualización 08/04/2019 - 12:11

Con apenas unos cuantos años de vivir en Estados Unidos, la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie descubrió que los medios de comunicación estadounidenses habían troquelado en ella una visión muy parcial sobre la migración y los mexicanos.

“Se contaban historias sin fin sobre mexicanos que saqueaban el sistema sanitario, se colaban por la frontera y eran arrestados, ese tipo de cosas”, cuenta Chimamanda en El peligro de la historia única (Random House, 2018).

Un día visitó nuestro país y descubrió cuán diferente era todo. “Recuerdo salir a dar una vuelta mi primer día en Guadalajara, ver a la gente que iba a trabajar, preparaba tortillas en el mercado, fumaba, reía. (…) Comprendí que estaba tan inmersa en la cobertura mediática de los mexicanos que, en mi cabeza, se habían convertido en una sola cosa: el abyecto inmigrante. Había aceptado el relato único sobre los mexicanos, y no podía sentirme más avergonzada. (…) Así es como se crea una historia única, se muestra a un pueblo sólo como una cosa, una única cosa, una y otra vez, y al final lo conviertes en eso”.

El peligro de la historia única en realidad no es un libro. Es un pequeño discurso en el que se advierten los costos para una sociedad si ésta no rechaza los intentos por reducirla a una sola cosa. Estos párrafos fueron tomados de ese breve volumen:

“Es imposible hablar de relato único sin hablar de poder. Existe una palabra, una palabra igbo, que me viene siempre a la cabeza cuando pienso en las estructuras de poder del mundo: nkali. Es un nombre que podría traducirse «por ser más grande que otro». Igual que en el mundo político y económico, las historias también se definen por el principio del nkali: la manera en que se cuentan, quién las cuenta, cuándo las cuenta, cuántas se cuentan… todo ello en realidad depende del poder.

“Poder es la capacidad no sólo de contar la historia de otra persona, sino de convertirla en la historia definitiva de dicha persona”.

En México, desde la máxima posición de poder político se quiere imponer un relato único. Incluso se decretó el inicio de una nueva era. El presidente Andrés Manuel López Obrador pretende reducir la Patria a una sola visión: la suya. El mandatario dedica sus mayores esfuerzos a esa empresa.

Porque tenía razón en su denuncia de muchos de los excesos, frivolidades y corruptelas de los gobiernos anteriores, el discurso de AMLO como opositor le ayudó a construir una carrera al poder. Sin embargo, al instalarse en la Presidencia no abrazó la diversidad y la pluralidad como una riqueza del país; al contrario: ha decidido anular todo aquello que no le acompañe acríticamente, empezando por la historia que le disgusta o las visiones que no aceptan su maniqueísmo. Ha intentado, para decirlo con Chimamanda, troquelar nuestra identidad con una historia única.

Seguir ese camino tiene un destino ineludible: empobrecerá nuestra convivencia, nuestra manera de vivir México. La historia única que pretende el presidente debe ser contrarrestada contando las otras –muchas– cosas que también somos. Lo que significa, por ejemplo, que también debemos hacer más cosas que sólo discutir o resistir las iniciativas de López Obrador (o de cualquier gobierno). Tenemos que hablar de, y reportear sobre, todas esas historias que afortunadamente no tienen como eje a Palacio Nacional.

“Las historias importan. Muchas historias importan. Las historias se han utilizado para desposeer y calumniar, pero también pueden usarse para facultar y humanizar. Pueden quebrar la dignidad de un pueblo, pero también pueden restaurarla”. Gracias Chimamanda por tan oportuna alerta.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.