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Adánico

01/06/2020
Actualización 01/06/2020 - 10:34

Adán en el Edén. El presidente de la república ha salido disparado de la pandemia directo al sureste, la región en la que quiere esculpir su legado. El viaje tiene todo el sentido. Para AMLO es crucial no perder más tiempo, pues un sexenio es poco para la refundación que se ha propuesto para México. Por eso, con más temor al olvido que al virus, se apresura a apuntalar mediáticamente las obras que pretende convertir en símbolos de su periodo.

Porque el actual gobierno es totalmente priista en su sentido adánico, en ese intento sexenal de tratar de hacer cosas como si fueran los primeros con ideas dignas de la posteridad, y en ese afán por desdeñar el pasado inmediato.

Para López Obrador, de Cárdenas para acá, sólo existe la expropiación petrolera. Aunque también salva a López Mateos por haber puesto las bases para la CFE.

Ante esos santones, ante esas deidades del Estado estatista, AMLO se santigua. Por eso a López Obrador no le duele dar hasta el último centavo del Presupuesto a Pemex, o regalarle ventajas competitivas a la Comisión Federal de Electricidad por la vía de decretos. Es su ofrenda más sentida, su intento febril para que ocurra el milagro de que las otrora paraestatales no sucumban, y menos durante su administración, por su legendaria inoperancia en mercados abiertos y modernos.

En esos altares del pasado priista, AMLO ha hecho una promesa. Él, al igual que el general o que el presidente paseador, quiere y va a construir otras capillas dignas de adoración: un tren, una refinería, un aeropuerto.

Por eso van a secar los fideicomisos, y a descapitalizar la ciencia, la educación superior o los museos. Porque para López Obrador los gobiernos sólo existen en la posteridad si heredan piedras y fierros qué adorar, aunque el destino de esas edificaciones pueda no ser más que un mausoleo.

Y es que AMLO no venera al pasado, como se ha dicho por ahí. Venera la idea de que el futuro le ponga limosnas a sus capillitas.

Por eso va al sur, porque su futuro no puede esperar. No va a Quintana Roo a entender las maneras de reactivar esa savia de la economía que es el turismo, no. Este peregrino lo que quiere es armar su propio camino de cosas faraónicas. De las que él va a heredarnos.

Quizá ahí también resida la verdadera causa de la cancelación de Texcoco: entre aquel López de los años cincuenta/sesenta y yo, nadie, y menos que nadie los recientes. Así que RIP al llamado nuevo aeropuerto. Y si quieren uno, yo se los hago, y se llamará como yo diga, y estará donde yo quiera, y lo administrarán los que yo decida, que para eso soy Adán.

México necesita mejorar servicios turísticos, innovar en su potencia manufacturera, trazar caminos hacia la integración global, multiplicar fuentes de energía baratas y limpias para su población y sus industrias, multiplicar las escuelas de alta calidad, modernizar museos para que atraigan visitantes nacionales y foráneos, y, por supuesto, reducir de manera notable la inseguridad.

Pero nada de eso es prioridad. Lo relevante es que ruja una locomotora en el sur, que produzcamos y refinemos combustibles fósiles, así empeñemos las finanzas nacionales, que nazca un aeropuerto donde a nadie conviene, que Bartlett entre junto conmigo al Olimpo de los legítimos priistas, porque, así sea con decretos huizacheros, juntos reestatizamos la electricidad, y que todos me vean como siempre me he visto: yo que nací en un pueblo chiquitito en realidad soy, señoras y señores, Adán, y conmigo empieza hoy el pasado de México.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.