La Feria

¿A quién le duele Gisela Gaytán?

El oficialismo y la oposición debieron mostrar que son capaces de dejar a un lado sus diferencias para enviar un mensaje claro de que los criminales no impondrán gobernantes.

Tras el asesinato de la candidata Gisela Gaytán en Celaya, la clase política se destacó por lamentos, acusaciones cruzadas de responsabilidad por omisión, errores en la información y, lo más grave, ausencia de una condena rotunda y clara, unánime, a los criminales.

¿Quiénes y por qué mataron a la candidata de Morena a la alcaldía celayense?, es la pregunta más importante.

Resulta clave también que no haya impunidad en este asesinato, y en los de los otros políticos ultimados en estas campañas, y lo mismo que se conozcan los aviesos motivos detrás del homicidio del lunes.

El primer paso hacia esos objetivos no fue dado: se perdió la oportunidad de emitir desde el primer momento una repulsa absoluta y sin reservas al asesinato, una advertencia unificada de quienes ostentan el poder para sentenciar un no pasarán a los delincuentes.

Lejos de ello, personajes del gobierno y de la oposición se enzarzaron en un tétrico juego de lanzamiento de culpas.

La candidata de Morena a la gubernatura inauguró el sombrío espectáculo de hacer proselitismo en nombre de su inerte correligionaria.

Si la aspirante guanajuatense pudiera alegar que el trance por la noticia de la ejecución le provocó desaforadas declaraciones, Palacio Nacional no tiene disculpa: al día siguiente, ahí se acusó al órgano electoral guanajuatense y al gobernador de esa entidad de no mandar.

Con apenas un pésame protocolario, para el máximo espacio de la comunicación gubernamental lo crucial no fue contratacar el desafío criminal, sino aventar la responsabilidad a instancias estatales.

De forma que el primer round lo ganaron los criminales, que sin sentir presión atestiguaron cómo los políticos, en vez de emprenderla contra los asesinos, formularon culpabilidad del OPLE, del gobernador Diego Sinhue y eventualmente del secretario de Gobierno guanajuatense.

Y más tarde, con una nueva cascada de diatribas en el Senado de la República, oficialismo y oposición demostrarían otra vez la incapacidad de entender su obligación: debieron mostrar que son capaces de dejar a un lado sus diferencias para enviar un mensaje claro a la sociedad de que los criminales no impondrán gobernantes.

No advierten, de igual manera, que la discusión misma en que se han enganchado es ya una manifestación de su fracaso (que comparten por igual los que hoy gobiernan que quienes les antecedieron):

Buscan hoy quién falló en la protección cuando el asesinato tendría que reposicionar prioridades: una cosa es que el esquema de protección sea un fracaso –que lo es por todas partes– y otra muy distinta es que ése sea el verdadero problema.

Ningún esquema, mucho menos uno donde el centralismo deja a los estados la responsabilidad de los más vulnerables, va a funcionar si –ahora sí que citándolos– no se va a las causas, si no se asume la realidad de que buena parte del territorio no está en poder del Estado.

Si Palacio y su partido siguen en la negación de que se ha perdido el control de regiones, caminos y poblados, si el Presidente sale con su excusa pueril de que él puede ir a donde quiera sin riesgo, si se improvisan mecanismos para cuidar a algunos en vez de cambiar las condiciones para que todos estén a salvo, la resultante obvia es un espectáculo de sangre y de inaceptables excusas.

Gisela Gaytán no le duele al sistema que diseña escudos de arriba hacia abajo. Ella estaba en un escalafón muy inferior. Un poquito, sólo poquito, arriba de los ciudadanos de a pie. Para Gaytán y para éstos no hay Estado sino grilla partidista que en nada amenaza el poder de los criminales.

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