La Feria

El Presidente de plaza chica

López Obrador es el candidato sempiterno, tres años después. Teniendo el balcón presidencial, opta por el pregón marginal.

Había una vez un candidato que quería ser presidente. Para lograrlo se puso a recorrer todas las plazas del país. No discriminó lugar ni tamaño de población. Así le dio varias vueltas a México. Fue un campeón de la disciplina y el tesón: allá donde hubiera una plaza, por pequeña que fuera, llegaría con su discurso y propuesta.

Cuando tiempo después por fin ganó, todos coincidieron en que era lo justo. Se trataba de una oportunidad trabajada a pulso; se graduó de aspirante, pasaría a gobernante. Todos –por lo visto estos años– menos él, que nunca salió de la plaza chica.

Cada mañana de entre semana él añora esas plazas. Tiene frente a su domicilio la más grande de México –los regios dirán que no, que la Macroplaza es más grande, pero saben a lo que me refiero–, el Zócalo. La plaza que da y quita, dicen en los toros a ese espacio donde se es, o se deja de ser sin excusas, sin trucos, sin remedio. Nuestro personaje no quiere la plaza grande, no tiene discurso de plaza grande.

El país no cabe en una plaza chica. En todo caso, es la suma de todas las plazas chicas. Digo la suma como quien dice el mapa, no meramente la adición. Las plazas chicas pueden ser grandes en su significado, pero no son el significante del conjunto de la nación. Conocerlas a todas es bueno, hablar por todos –no sólo por unos, por muchos que éstos sean– es mejor. Y sobre todo es lo inteligente si se quiere que todas las plazas, grandes o chicas, progresen.

Oír al Presidente temprano de lunes a viernes es escuchar una arenga de plaza chica. Nosotros los buenos, ustedes los malos. Los otros contra nosotros. Cuando triunfemos será diferente. El candidato sempiterno, tres años después. Tiene el balcón presidencial, opta por el pregón marginal.

Plaza chica no significa pueblerina. Que esté en un pueblo no hace pueblerina a una población. Ése es uno de los más grandes errores del Presidente. Que en público asume que el pueblo no lee, que siempre se le puede decir qué pensar de la Conquista o de las vacunas. Que su megáfono es el único que se escucha en las plazas. Ojo: que lo escuchen, no quiere decir que sea lo único que escuchan.

Está de nuevo recorriendo las plazas. No había dejado de hacerlo, pero desde la elección ha acelerado el paso. Va por la plaza chica. Otra vez. Con un discurso tan febril como polarizante. México reducido a tres o cuatro obsesiones y mitos, atorado no sólo en nostalgias irrecuperables, sino a una lectura muy parcial de las mismas.

Quién quiere gobernar cuando se puede seguir en campaña. Habría que estar medio loco para aceptar la carga de la responsabilidad cuando se puede vender la idea de que se ha hecho todo en contra de esa adversidad que son los otros, los de antes, los de siempre, los que a Hidalgo injuriaron, los que a nosotros nos critican.

El discurso de plaza chica es promesa que trata de ocultar las malas realidades. Emociona para no informar. Promete para no responder. Seduce a sus bases: ustedes merecen más, la corcholata y yo les daremos más.

Porque el pregonero sabe que los sexenios remedan inevitablemente a castillos en la arena: por más esmero que se haya invertido en levantarlos, llega una ola y deja –a lo sumo– una desfigurada tarta de lodo donde había fosa, murallas y torreones de fantasía.

De eso se trata el sexenio. De un Presidente de plaza chica.

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