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Seguridad

23/01/2020
Actualización 23/01/2020 - 13:34

La definición de seguridad abarca diversos campos. Es la ausencia de peligro o riesgo. Es la sensación de total confianza que se tiene en algo o en alguien. Implica certeza y certidumbre, cumplimiento de acuerdos. Existen además diversos tipos de seguridad, la pública, la nacional, la jurídica, la laboral, la informática, entre otras muchas. En cualquier ámbito, cuando se habla de seguridad se hace referencia a las condiciones en las que se desarrolla una actividad, las prevenciones que se han tomado en caso de complicaciones, las acciones en caso de crisis o desastre, y fundamentalmente cómo se trabajará para el equilibrio y tranquilidad en un entorno.

Sin seguridad se deteriora la convivencia, se pierde la confianza y se confrontan intereses. Impera la ley de la selva, que beneficia a pocos y afecta a la mayoría. Cuando se demanda seguridad se exige que el Estado cumpla una de sus funciones primordiales, sin la cual no se justifica su existencia. La seguridad requiere de varios factores, sobre todo de conocer las metas y el rumbo que seguiremos para afianzarla, cómo, cuándo y a través de qué políticas públicas se consolidará.

La seguridad evita confrontaciones, busca unidad de acción, es viable con mayor participación social, requiere de certeza para generar confianza y es indispensable para la buena marcha de un país. Es un asunto de congruencia, donde lo que se dice y se hace tengan la misma ruta. Que las desviaciones pueden darse, pero comunicar y rectificar permiten reconstruir la confianza y la certeza, características de la seguridad.

Por primera vez enfrentamos en México dos crisis profundas, la de seguridad que abarca varios ámbitos: delincuencia, falta de cumplimiento de acuerdos, falta de rumbo, de certeza jurídica, de confianza en las reglas, de malos resultados y de inseguridad laboral, de libertad de expresión, de confrontación entre mexicanos, de descalificaciones. Y una segunda que ya se perfila ante la angustia de muchos mexicanos, la económica. Falta de inversión privada que representa más de 70 por ciento del PIB, contracción del empleo, baja inflación por caída del mercado interno, cero crecimiento y el riesgo de que las calificadoras bajen grado de inversión a Pemex por proyectos no rentables, que arrastraría al país.

Juntar estas dos crisis nos acerca a un panorama desolador, con mayores índices de delincuencia, con una población empobrecida, sin sistemas de salud, sin mejor educación o mejor alimentación. Golpeados por el desempleo e incapaces de preparase para el nuevo tipo de empleos que exigen los mercados. Cierto que la globalización generó mayor riqueza, pero amplió las brechas sociales y entre regiones en todo el mundo. La reacción ha sido de retroceso, de nostalgia por épocas pasadas que no volverán, por liderazgos mesiánicos que prometen regresar a momentos que tampoco fueron mejores, pero que en el colectivo se añoran. Y lo que nos falta es seguridad, tenemos miedo a un futuro incierto.

En nuestro país aún estamos a tiempo de evitar que la realidad nos arrolle, si AMLO rectifica, si ve al país en su conjunto y no por cuatro proyectos y programas sociales que no rompen círculos de pobreza. Es difícil un cambio de rumbo, pero es necesario y aun posible. Se trata de regresar a la seguridad, a la confianza, a la certeza jurídica, a la transparencia, al crecimiento, a una verdadera tutela de los sectores más desprotegidos, con salud, educación, vivienda, empleo. Solo lo tendremos con inversión, nacional y extranjera.

De lo contrario seguiremos en una espiral de silencio, donde todos callan, se toman las fotografías, se corren las cortesías, y se aplaude al poder, a efecto de no ser castigados con medidas cada vez más duras, persecución fiscal, extinción de dominio, reforma judicial que retoma arraigo y prácticas incriminatorias. Un país de nuestro peso y presencia no puede, ni debe, debilitarse y anularse, o encaminarse a un régimen totalitario. Es hora de recapacitar y volver a retomar el rumbo de la seguridad y el crecimiento económico.

Compartimos un destino común, nadie escapa a lo que suceda en el país. El liderazgo de AMLO, fuerte y popular, debe abonar a la unidad, al esfuerzo conjunto, eso sí lo llevará a una nueva etapa histórica, no sucederá con discursos y confrontaciones. Es una exigencia propia querer pasar a la historia como sus héroes admirados, que tuvieron visión de estadistas, no de limitaciones y divisiones. Todo debe darse usando su liderazgo, abandonando la febril intención de hacer historia a costa de la desgracia de muchos desprotegidos. Ese es un reto que deberá enfrentar y resolver. Espero no sea con la radicalización y la persecución, sino con acciones y convocatorias que logren seguridad.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.