Todo tiempo pasado...
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Todo tiempo pasado...

01/03/2018

Los años setenta del siglo XX no fueron tan malos para la economía, aunque fue entonces que empezaron a sentirse la primeras tensiones inflacionarias que desembocarían en la devaluación de 1976 y que descuadró al gobierno, los empresarios y los sindicatos, para no hablar del ciudadano común que había creído en la permanente estabilidad cambiaria.

Ahora, desde la oposición aspirante a suceder al PRI en la presidencia o desde el púlpito de la conducción económica nacional, se nos advierte sobre las amenazas de una regresión que se resume en los terribles años setenta. Los guardianes del futuro no precisan ni identifican políticas ni nombran responsables, pero insisten en presentar ese pasado como el panorama más indeseable; repetición que se ha vuelto una amenaza proclamada por los nuevos 'profetas de la destrucción', a cuya estigmatización dedicó tiempo, esfuerzo y bilis el presidente Díaz Ordaz.

Aquellos fueron, en efecto, años de angustia y de crisis pero también de reclamo social masivo en el campo y la ciudad, en la fábrica y la oficina pública, en el barrio y la vecindad. Pocos años han sido, como lo fueron los setenta, en que se dieran cita todas y cada una de las contradicciones del desarrollo mexicano, sus crisis larvadas o abiertas, los reclamos de los muchos y la desconfianza de los pocos. Ese periodo fue expresión clara de las enormes fallas geológicas que recorrían todo el edificio estatal heredado de la Revolución.

La 'conciencia de la crisis' de la que hablara López Portillo al empezar su gobierno y aprestarse a proponer la reforma política y electoral en 1977, se tradujo en un nuevo ánimo reformador dentro y fuera de la pirámide. Además, parecía que el shock devaluatorio podría ser asumido gracias a la nueva ola de crecimiento que los descubrimientos petroleros prometían. El reto, a decir del presidente López Portillo, era prepararnos para administrar la abundancia; como años después otro mandatario, Carlos Salinas, propuso aprestarnos para arribar al Primer Mundo. Ahora, un aspirante nos propone ser potencia… Y así…

Qué tanto aprendimos a administrar la abundancia no sabemos, pero lo que sí es un hecho, a pesar de aquella 'política económica del desperdicio' que analizaran Nathan Warman, Vladimiro Brailovsky y Terry Baker al final del terrible ajuste ortodoxo de los primeros ochenta, es que el país pudo sortear la trampa de la hiperinflación, renegociar la deuda externa, buscar nuevas rutas para su crecimiento y perseguir un desarrollo cada vez más esquivo. Así, llegó el cambio estructural y el trueque de modelo se confundió con el cambio de piel y alma que imponía la revolución neoliberal.

Desde ahí hemos tenido otras crisis, sinsabores y desencuentros políticos. En 1994 atestiguamos asesinatos políticos, un alzamiento revolucionario y asistimos a otra onda reformista en lo político y otra 'gran transformación' de nuestras estructuras económicas, financieras y comerciales.

Así hemos sobrevivido décadas largas y dolorosas que han llevado a no pocos a imaginar los años setenta como un decenio afortunado, el último en su respectiva historia personal, y a otros a tratar de reeditar aquello de la 'docena trágica', sin caer en cuenta que tenemos otra más cerca y más trágica, encarnada por los gobiernos panistas de la llamada alternancia de principios de siglo.

Satanizar el pasado es recurso retórico y semántico que dura poco y cuesta mucho. Nunca o casi, todo tiempo pasado fue mejor. Pero algo bueno ocurrió y mucho más se buscó en aras del bienestar nacional. Habrá que ver qué tanto podemos aprender de aquellos años finales de una forma de crecer y convivir que nos hizo adultos, aunque no por ello más maduros.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.