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Para actualizar nuestros reclamos

13/02/2020

La UNCTAD nos convoca a pensar un nuevo multilateralismo y una revolución industrial renovada y expresamente vinculada a lo que han llamado un “nuevo trato verde”. Y hay que intentarlo sobre el papel y con las ideas. Sin duda, hacerlo con sentido de urgencia para atender la emergencia de la devastadora realidad del cambio climático y el deterioro ambiental.

Hacer una pausa y preguntar(se) ¿Dónde está México como sociedad nacional y parte activa de la comunidad internacional? ¿Hacia dónde se dirigen los pasos del Estado nacional? ¿Busca ser actor de una globalización menos veleidosa? Estas interrogaciones (con)forman mi horizonte, refieren al pasado, pero, sin duda, obligan a reflexionar en cuanto a lo que pueda venir en el futuro cercano. Puntos de vista y opiniones que para los lectores de esta columna serán familiares.

Estamos en un cambio de época, como dice la Cepal, que resume las formidables mudanzas que acompañaron la era que inició con el desplome de la URSS, el fin de la Guerra Fría y la acelerada interdependencia comercial, financiera y económica; de hecho, política. La globalización del mundo con un mercado unificado y una democracia liberal. Época que empezó al calor de las mutaciones petroleras y el desafío estructural del Tercer Mundo, allá por los años setenta del siglo XX, a partir de la que la receta neoliberal condiciona el mundo y su pensamiento.

Época de cambios. Por ello, no es exagerado decir que seguimos en una transición que, sin haber dejado de ser dolorosa, puede serlo más si es que los conflictos bélicos avanzan, la economía no logra recuperarse, las corrientes migratorias alteran precarios equilibrios y el medio ambiente acorralado sigue siendo llevado al extremo por la humana irracionalidad.

Europa resiente una geopolítica de diseño colonial y, sus habitantes angustiados se enfrentan a cambios demográficos dominados tanto por el envejecimiento como por los flujos migratorios; las comunidades se cierran y, las expectativas civilizatorias, hasta hace unos años estrellas de la bandera del gran proyecto de la Unión Europea, empiezan a ser retiradas.

Sólo en Asia parecen despuntar proyectos con cimientos más o menos sólidos en la producción y la innovación, aunque sus dos grandes, China e India, están lejos de haber establecido los cimientos para una reproducción cierta de su cohesión social con posibilidades de dar paso a regímenes políticos de participación democrática.

Nosotros, desde nuestro “Extremo Occidente”, despreciamos nuestros acuerdos y construcciones colectivos; subestimamos las virtudes de la democracia. “Una democracia más que un régimen de acuerdos, afirma el filósofo Daniel Innerarity (El País, 18/10/12) es un sistema para convivir en condiciones de profundo y persistente desacuerdo (…) cuanto más polarizada está una sociedad menos capaz es de transformarse. Ser fiel a los propios principios es una conducta admirable, pero defenderlos sin flexibilidad es condenarse al estancamiento”.

La economía, por su parte, registra estancamientos y caídas, el bienestar aparece endeble, mientras que la equidad y la hora de la igualdad propugnada por la Cepal siguen en reserva.

El cambio estructural globalizador, dirigido a erigir una economía abierta y de mercado, devino en altas cuotas de pobreza, vulnerabilidad y mal empleo, precario y mal pagado. Las condiciones sociales y políticas son endebles y las instituciones raquíticas, incapaces de atender reclamos democráticos, exigencias pospuestas de protección social generalizada y abatimiento sostenido de la desigualdad económica y social. Reclamos que suponen la existencia de un Estado social, democrático. De derechos y de derecho cuya reforma se ha pospuesto.

Transición política inconclusa y cambio económico sin traducción social forman nuestra encrucijada. De aquí la vigencia de aquellos “Sentimientos de la Nación” que el cura Morelos nos legara y que los liberales sociales y los revolucionarios buscaron hacer realidad a través de la política, la cultura y un Estado social. Nada más pero nada menos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.