Rolando Cordera Campos

Nuevo orden, peor desorden

No hace mucho desde diversas arenas críticas, se sostenía que otro mundo era posible y también “otra” globalización. Ahora, bajo la sombra de una tragedia de proporciones incalculables, la consigna gana validez y hasta credibilidad.

Primero lo primero, como nos lo enseñaron desde la primaria. Pero ante la complejidad y lo difícil que es vivir en ella y desde ahí tratar de pensarla, no está de más arriesgar excursiones sobre eso que los antiguos llamaban la totalidad. La verdad es el todo, dijo Hegel y sus discípulos no han dejado de darle la razón. Sin pensar en el todo pronto tendremos que asumir que estamos perdidos. Lost in Translation es una película de Sofía Coppola que aborda con buen y fino sentido del humor las distancias culturales entre Japón y Estados Unidos, así como las que se dan entre las diferentes generaciones americanas, entre las edades y las mentalidades. El resultado es un divertido cuadro etnográfico donde desde luego sobresalen la espléndida Scarlett Johansson y el gran comediante Bill Murray. La película, apenas recordada por su enviado, da para muchos juegos y metáforas.

Entre estas últimas, la que tengo más a la mano es "lost in globalization", como recientemente describió al mundo el presidente francés Emmanuel Macrón en una espléndida entrevista con el Financial Times. Más allá de su arrogancia, característica de su clase y estamento tecnocrático, súper bien modulado en las Grands Ecoles, Macrón se presenta como hombre de Estado (del Estado francés), con la seguridad y la sensatez que sólo producen años de servicio en y el poder. El tema es la globalización cuyo formato de híper mercado y pretensión política planetaria dieron de sí desde 2009, pero apenas están siendo reconocidos bajo la angustia y las impotencias globales que nos ha infligido la pandemia provocada por el Covid-19.

El intercambio entre el mandatario francés y los mensajeros y exegetas del capital global no tiene desperdicio, si bien no pretendo glosarlo. El lector interesado lo encuentra en YouTube y se dará por bien servido y aleccionado sobre lo útil que puede ser visitar, de vez en cuando, la prensa internacional de calidad.

Pero ¿qué hacemos con ese "todo" cuando Macrón convoca a pensar lo impensable? ¿A asumir nuestra interdependencia como humanos, como Estados, como naciones? Quizá, recuperar como central el principio de que "todos estamos en el mismo barco" y no podemos liberarnos más que juntos, podría ser el punto de partida para imaginar un renovado multilateralismo que nos ayude a enfrentar los muchos "eventos", como los llama el mandatario francés, que vendrán o ya están sobre nosotros: cambio climático o convulsiones de la biodiversidad; terrorismo potenciado por la técnica; disrupciones mayores, no directamente en el orden económico y financiero internacional, que tiren lo poco que tenemos con el TLCAN y derivados. En todo caso, propone el francés, hay que admitir que estamos ante un "choque antropológico" y la evidencia de que la economía no tiene más la primacía. Europa está en un momento de la verdad: su proyecto es ¿político o sólo de mercado? El mandatario francés opta por lo primero, pero no hay garantía de que su bien anclada mirada pueda ser compartida y convertida en estrategia.

¿Qué hacer entonces, cuándo lo que habíamos empezado a imaginar como un todo aprehensible se convierte en una especie de gólem capaz de destruir lo que encuentre a su paso? ¿Podemos, para poner el dilema un poco más cerca de nuestras preocupaciones cotidianas, ponerle coto racional y definir rumbos constructivos al proceso globalizador? No hace mucho que desde diversas arenas críticas, se sostenía que otro mundo era posible y también "otra" globalización. Ahora, bajo la sombra de una tragedia de proporciones incalculables, la consigna gana validez y hasta credibilidad, al mismo tiempo que no parece capaz de liberarse a tiempo de los nudos políticos y mentales que definen la dificultad de lograrlo.

Gobiernos, academia, empresariado y organizaciones gremiales se engolosinaron con el libre comercio visto como fin. Quizá sea hora de mejor entenderlo como un momento transitorio de nuestra propia globalización, poco pensada y peor actuada por nuestros dirigentes. Concebir un nuevo orden y figurar sus mapas de navegación debería ser, en medio de esta infame tormenta, tarea principal del pensamiento crítico cuyas teorías urge recuperar y reivindicar. Nunca como ahora el pragmatismo bien entendido puede ser un instrumento esencial para transitar por la tragedia y sus derrumbes. Pero, quedarnos a la espera de un ¡ahora sí!, de otra oportunidad, puede resultar peor que otras correrías con la suerte y la casualidad.

Si reconocemos a la interdependencia como principio fundacional y fundamental, trasladémoslo al terreno de la elaboración y la acción políticas. No se vale ya confundir la quema de pólvora en infiernitos con la quemazón que está por llegarnos y no dará respiro. Como dijera Macrón: nos inunda el miedo a sofocarnos…Y a la muerte.

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