Rolando Cordera Campos

No ha llegado el Diluvio, pero sí el desastre

Sin un decidido jalón a la demanda nacional, que es consumo e inversión y no magia infusa, el crecimiento económico, de darse, estará por debajo de sus ínfimos promedios históricos.

La economía apenas cojea y su más que festejada recuperación queda sumergida en el pantano de la especulación y los despropósitos derivados de la pandemia y el colapso productivo. Nadie ni nada nos va a sacar de este embrollo, mucho menos los llamados a la buena voluntad y la urbanidad de los actores de la política y la economía que emite cada mañana el presidente de la República.

Sin un jalón a la demanda nacional, decidido y sostenido, que es consumo e inversión y no magia infusa, el crecimiento económico, de darse, estará por debajo de sus ínfimos promedios históricos.

Este debería ser el punto de partida del debate que sobre la economía debe tener el país pronto, antes de que los descalabros económicos y financieros se tornen tifones de descontento social que pongan contra la pared nuestras estabilidades, de por sí precarias.

Evitar que el hundimiento productivo se extienda al siguiente año debería ser tarea prioritaria del gobierno y de un proactivo Banco Central. Regular y promover el curso financiero, con aumentos sostenidos en el crédito que impulsen a la inversión, debería constituir preocupación primera de las autoridades financieras e involucrar a quienes están a cargo de configurar las finanzas públicas del país.

Sin menospreciar a los mexicanos que traen dólares en billete, lo importante está en otro lado. La disposición del Banco de México y de la Secretaría de Hacienda para coadyuvar a una reflexión ambiciosa sobre la recuperación y el futuro desarrollo de la economía debería ocupar el tiempo y el talento instalado en esos organismos, para dar cabida a aproximaciones de política que, a pesar de no haber tenido hasta ahora oídos receptivos, todavía pueden auspiciar decisiones prontas de política económica para poner en movimiento a los principales circuitos de nuestra vapuleada economía social.

Podemos concebir y entender el papel de la estabilidad monetaria y financiera de varias maneras; incluso algunas encontradas, como ha sucedido en la historia moderna de la economía mundial. Lo que no podemos hacer, salvo a un costo muy alto, es ponerla en riesgo en su dimensión internacional que se condensa en la reserva del país y sus usos. Jugar con eso, socapa de favorecer a los grupos de menores ingresos que obtienen billetes verdes y quieren cambiarlos a pesos sin demasiado castigo, es ligereza… o simplemente demagogia, por cuenta de terceros.

Por fortuna, para el bien del país, la decisión sobre la reforma a la Ley de Banxico se pospuso; habrá que ver cómo usan su tiempo nuestros aguerridos legisladores. Por lo pronto, insistamos: lo importante está en otro lado.

Ver y entender nuestra economía política como un complejo inscrito en una intensa y extrema interdependencia con la economía política de Estados Unidos es indispensable. La ilusión de que 'lo social' puede mantenerse encapsulado y separado de 'lo económico', siempre se ha mostrado una hipótesis errónea y en tiempo difícil como el actual puede devenir catastrófica, como ocurrió en Estados Unidos al estallido de la Gran Depresión y en prácticamente toda Europa.

Lo que ahí se cocinó marcó la historia del globo por décadas: las democracias se desplomaron y las economías diezmaron el empleo y derrumbaron las defensas personales e institucionales para la protección. Irrumpieron los fascismos y, hasta en la patria de Roosevelt, se oyeron los tambores del fascio y los elogios a Hitler por la milagrosa recuperación germana. El desengaño no pudo ser más brutal, millones de seres humanos muertos, destrucción extensa de la infraestructura urbana de gran parte de aquel continente, el Reino Unido y buena parte de Asia.

Hoy, estamos ante el fin de un régimen, el configurado en Bretton Woods al término de la Segunda Guerra, comprometido con evitar repeticiones de aquel horror. La globalización creciente y progresiva del mundo impuso el relajamiento de reglas y controles que dieron a la economía y finanzas mundiales una estabilidad notable, y abrieron puertas a desequilibrios mayores y dos profundas recesiones en menos de diez años.

Los mercados y su magia, propulsados por la explosión financiera 'en tiempo real', hoy se contraen y los excesos de la economía criminal, encauzados por las tramas financieras multiplicadas por la innovación tecnológica, han obligado a los Estados a vigilar sus operaciones. El reclamo de justicia fiscal global se oye en todo el planeta y los gobiernos buscan darle cauce sin afectar la ductilidad milagrosa a que han llegado las tramas financieras globales.

Estamos al lado del epicentro de una globalidad en crisis y bajo un régimen de mercados cada vez más vigilados; de aquí las tribulaciones del Banco de México y, en contraste, la grosera ligereza de quienes pretenden jugar a la mentirosa con los renovados poderes de la alta finanza. No es mucho pedir que con la tregua alcanzada venga un poco de sentido de la realidad y lo que pueda conseguirse de ilustración económica en el Congreso de la Unión. Porque esto apenas empieza.

Con esta entrega abro un paréntesis navideño en mis colaboraciones semanales, no sin apostar por un mejor año para todos.

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