Lecciones: El trabajo y los salarios importan (II)
menu-trigger
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

Lecciones: El trabajo y los salarios importan (II)

COMPARTIR

···
menu-trigger

Lecciones: El trabajo y los salarios importan (II)

15/03/2018
Actualización 15/03/2018 - 13:48

Por más de 30 años nos hemos adelantado a lo que muchos ven como futuro inevitable: un mundo sin empleo humano, dominado por máquinas que encontrarán la manera de auto producirse. Marx diría que eso sería el fin del capitalismo, donde el consumo fuera fruto de los mecanismos artificiosos dirigidos a mantener la ficción o el fetichismo de la mercancía.

Todavía falta, y pienso que mucho, para que una especie de Blade Runner se implante como régimen planetario. Varias cosas pueden pasar y para algunos observadores, críticos de estas tendencias, nada está asegurado. Menos una solución final como sería el fin del trabajo, en especial del asalariado.

La capacidad de sustitución del desarrollo y la innovación tecnológicos todavía pueden darnos sorpresas y ofrecernos panoramas de ocupación que no hemos sido capaces de imaginar. La robotización podría ser una fase de transición a nuevas formas de empleo y no a su eliminación.

Pero volviendo al principio de esta nota, digo que nos hemos adelantado a esos y otros escenarios no tanto por la sustitución masiva de trabajo por capital, sino porque hemos dado por muerto el trabajo, en particular el mundo laboral, de la escena y los discursos de la política, hasta permitir sin rubor alguno que dichos panoramas sean maquillados por las autoridades y los gobernantes. Ni el salario ni la ocupación y su calidad han sido tocados por los aspirantes a la presidencia, pero tampoco por los políticos en el Congreso.

Es como si con la firma del TLCAN en 1993 se hubiere decretado la desaparición del complejo mundo del trabajo, sin que la variable fundamental de las economías modernas, el trabajo asalariado, la ocupación y la masa salarial contaran para el cálculo y los diseños de la política económica o social.

Lo que ha vivido la sociedad en las últimas tres décadas es una caída libre en el valor del salario mínimo y un descenso casi ininterrumpido del salario real. Esta situación, junto con su trayectoria, afecta sustancialmente el desempeño económico general al limitar la evolución del mercado interno, cuyo componente de consumo personal y familiar depende de la ocupación y los salarios reales.

A su vez, la caída de la inversión pública que ha arrastrado a la privada, lleva a tasas del todo inadecuadas para un crecimiento a la altura de los requerimientos de una demografía poblada por adultos y jóvenes adultos urbanos, portadores de una demanda cada día más sofisticada.

Nuestra situación no es exclusiva. En prácticamente todo el mundo se ha observado una caída sostenida de la participación de los salarios en el ingreso nacional. Para varios analistas es en esta redistribución del ingreso en favor del capital y sus utilidades, que se encuentra una de las raíces profundas del estallido de la Gran Recesión, porque este relativo estancamiento del salario llevó a las familias a niveles de endeudamiento que se mostraron insostenibles.

Tal vez de aquí los temores de que en la medida en que esta circunstancia no se modifique, pueda sobrevenir en cualquier momento una recesión más aguda que la de 2008.

Lo peculiar de la experiencia mexicana es la aguda caída de los salarios y el hecho de que la 'gran transformación' hacia una economía abierta y de mercado, globalizada y ligada al mercado más grande del mundo, no haya corregido la desigualdad funcional del producto. La pérdida en la participación salarial podría ser entendida como una expresión estructural agravada por las crisis de los años ochenta y su carga inflacionaria. Pero hay algo más.

Lo que no tiene justificación es que dicha redistribución en contra de la mayoría nacional, que sigue conformada por trabajadores asalariados, se haya trasladado a las industrias más productivas, con coeficientes tecnológicos más avanzados, dando lugar a un acaparamiento de beneficios propio de la piratería y no de relaciones industriales modernas prometidas por la apertura y la globalización.

Así lo muestran diversas investigaciones recientes tanto de Norma Samaniego, en el Informe sobre el Desarrollo de México, Jaime Ros e Ibarra y poco antes de Gerardo Esquivel para OXFAM. Sus estudios arrojan que la participación del salario en el ingreso nacional en los países desarrollados en la década de los setenta pasó de 70-80 por ciento a 65 por ciento en 2010. En México, por su parte, la participación del salario pasó de 40 por ciento en los setentas, a un poco arriba de 25 por ciento en 2012.

En cuanto a la proporción de la población ocupada que gana más de cinco salarios mínimos (13 mil 260 pesos al mes) pasó de 11 por ciento en 2000, a rondar un 5.0 por ciento en 2017. Por ello es que no estaría mal que nuestros quijotes consultaran estos números. Son datos que hablan del malestar de los que trabajan, una mayoría borrada de la pantalla nacional por la 'magia' del mercado. Encantamientos que, sabemos, llevan a empresarios al poder.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.