La información y el cambio
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La información y el cambio

20/06/2019

La velocidad adquirida por el presidente y su Cuarta Transformación, obligan a preguntarse si algún tipo de reflexión de fondo, digamos que estructural, tiene cabida en el discurso público. En este diario, en otro medio de comunicación, o en el Congreso de la Unión.

La cuestión no es baladí, porque varios de los problemas que hoy encara el país expresan desajustes o contradicciones estructurales de larga data y considerable profundidad. Estas dimensiones estructurales casi siempre tienen que ver con la economía, pero no necesariamente. Pueden desplegarse a lo largo y ancho de la estructura social del país y afectar la propia disposición psicológica de las comunidades que conforman la nación. Estamos ante un clásico escenario de carácter colectivo contra una estructura social deficiente.

Las consecuencias que el diario fervorín del presidente, en sus llamadas mañaneras, tienen sobre la subjetividad nacional son variadas. Su acumulación puede dar lugar a expresiones individuales y colectivas sorpresivas, incluso disruptivas.

Los problemas que podrían reclamar el adjetivo de estructurales son muchos y aluden a la macroeconomía, las relaciones con el exterior, la tasa de acumulación de capital o las pautas implantadas para distribuir los frutos del esfuerzo productivo de la sociedad y, en particular, de quienes acuden a la producción material y de servicios. Es por ello por lo que la economía en su más amplia expresión debería ser objeto de miradas frecuentes por parte de los gobernantes y los dueños del capital. Pero no lo es.

Los que gobiernan prefieren guiarse por el desempeño actual y futuro del PIB y los dueños del capital por las expectativas de ganancia aquí y afuera, lo que no tiene mucho que ver con lo que pasa en la Bolsa de Valores. Las fuentes de información son múltiples, como también lo es el peso que cada uno le adjudica y las conclusiones a las que llega. Hasta que una llamada de alarma las unifica y todos dan la voz de alerta. No parece que estemos en una circunstancia como ésta, pero cada día parece estar más claro que las probabilidades de una recesión mundial crecen.

La amenaza arancelaria de Trump en días pasados, debería ser una primera llamada de atención y de acción. Asumir nuestras debilidades estructurales y, desde luego, nuestras fragilidades en materia de gobierno y relaciones políticas. Tomar el pulso a la coyuntura económica y, al mismo tiempo, preparar al Estado y el cuerpo económico nacional para una eventualidad dominada por tendencias depresivas, es obligación primaria del Estado, así como de los organismos empresariales diseñados para estos menesteres.

Por ello no deja de ser preocupante que se confunda el silencio con la prudencia y que lejos de comunicar a la sociedad con claridad y suficiencia se prefiera ocultar o, de plano, manipular la información. Los esfuerzos de la sociedad y del Estado por construir organismos capaces de informar con claridad y rapidez no han sido menores y deben celebrarse. INEGI y Coneval, por ejemplo, son entidades dotadas hasta ayer de apoyo institucional suficiente para cumplir con sus tareas elementales, pero hoy sus funciones son recortadas.

El INEGI ha tenido que suspender valiosas encuestas y el Coneval reducir su capacidad de evaluación. La insistencia no debe cejar: hay que fortalecerlos y asegurar que cumplan con sus tareas. Sin información no hay decisión sino confusión.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.