La dialéctica presupuestal
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La dialéctica presupuestal

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La dialéctica presupuestal

03/09/2020

“Muy cuidadoso, muy prudente y muy responsable”, porque ya no hay “guardaditos” bajo sus partidas, va a ser el Presupuesto de Egresos de la Federación para el año entrante, prometió el secretario Herrera a los diputados de su partido. Tras advertir sobre la grave magnitud de la crisis actual, más dañina que la de los años treinta, deja en sus legisladores el “cuidado” de que la derrama de ingresos públicos vaya en beneficio de la sociedad, en particular de sus grupos más débiles y vulnerables y que contribuya a rehabilitar y fortalecer las bases de un progreso económico y social efectivo y duradero.

Nada de esto hemos tenido en los últimos treinta años. Tampoco en los dos primeros del gobierno de Morena presidido por Andrés Manuel López Obrador. De poco sirven las bravatas de sus partidarios en el frente intelectual y académico, como tampoco le serán útiles al presidente sus presunciones de que la estrategia seguida por su gobierno para sortear la tormenta desatada por el Covid-19 es adecuada y ejemplar.

Si nos mantenemos en la línea de la penitencia del gasto público, insistentemente planteada por el Gobierno y plasmada ya en sendos presupuestos, será más que difícil poder (entre)abrir estructuras de oportunidad para un despliegue sostenible de las potencialidades existentes; más lo será romper la trampa del lento crecimiento con desigualdad que tan bien estudió nuestro querido Jaime Ros. En ambos planos se requieren inyecciones sustanciales de recursos externos al mercado y a los propios fondos en manos de los inversionistas realmente existentes. Además, una economía del tamaño de la de México no puede esperar que la inversión foránea satisfaga esta necesidad.

Movilizar los excedentes reales es ocupación central de toda política económica para la recuperación y el crecimiento económicos, pero crear nuevos espacios productivos es tarea de una política de mayor alcance y de una inversión adicional que los mencionados fondos existentes pueden no estar en condiciones de cubrir. Para eso se requiere de energía nueva, por así llamarla, buena parte de la cual ha estado alojada en los sótanos de la riqueza creada a lo largo de los tiempos. Sacarla a la superficie y aumentarla con recursos adicionales, “inventados” para ir más allá de las señales del mercado, ha sido siempre misión desarrollista, articulada directamente por el Estado.

Los riesgos son conocidos y nada desdeñables, el recurso al endeudamiento externo es uno de ellos, lo enseña nuestra propia historia. Desequilibrar unas tramas tejidas en años para darle estabilidad al sistema siempre es probable; salir al paso de estos peligros, convoca no tanto a más recursos líquidos sino a un mayor y mejor ingenio concertador y, desde luego, a la forja de voluntades cooperativas que suelen ser renuentes y estar ausentes del panorama político inmediato.

De aquí la importancia de recuperar para la política su impronta de renovación y construcción de consensos en torno a objetivos transformadores que vayan más allá de las inercias y creencias dominantes, pero caducas y nocivas para la economía y la propia política. Esto no se ha hecho y más bien, por acción u omisión, se ha prohijado que esas creencias se vuelvan principios generales.

No se trata de invocar un Estado tan inexistente cuanto fantasmal, dotado de virtudes y capacidades de las que los Estados suelen carecer en demasía. Pero sí de convocar a la gestación de una cultura socioeconómica opuesta a la aversión al riesgo, o a la penosa pero fructífera tarea de construir que se ha apoderado de la mayoría de las voluntades públicas y privadas, hasta hacer de las decisiones mayores sobre el gasto, la inversión o los impuestos y el financiamiento, palabras prohibidas y tabúes que paralizan la deliberación ciudadana y sofocan las iniciativas de partidos y gobernantes.

Prudencia y responsabilidad pueden querer decir en este contexto muchas cosas, no siempre compatibles entre sí. Reducir la inversión y el gasto corriente necesario para sostener la producción primordial de bienes públicos primarios, como la salud y la educación, apelando a la desaparición de los “guardaditos” en las arcas del Estado, más que imprudente puede destruir capacidades y afectar la legitimidad del gobierno ganada en las urnas.

Esta forma de austeridad, que en la práctica se reduce al tijeretazo sin más del presupuesto público, no parece ser prudente ni responsable; incluso, puede conspirar contra posibilidades futuras y contraer muchas iniciativas gestadas en la sociedad, pero que requieren del apoyo oportuno y suficiente de los fondos públicos, sea inversión directa, subsidio o crédito promocional. Nada de esto surgirá como por ensalmo de una tierra baldía y cada vez más reseca, ni vendrá del mundo como don providencial.

Tienen que trabajarse y, en su mayor parte, girarse con cargo a un futuro que por realizable puede probarse promisorio; pasar de un manejo inercial de la economía a una política económica en favor del crecimiento, el empleo y la inversión. De ser este el camino, podría empezar a hablarse de una gran transformación, cuarta o quinta, pero firmemente arraigada en el “desenrollo” (Octavio Paz) de nuestras potencialidades enterradas o apenas vislumbradas.

Por lo pronto, oigamos a los legisladores para ver qué tanto piso de realidad tienen bajo sus pies y que tanto abarca su visión.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.