Frente al torbellino externo
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Frente al torbellino externo

06/06/2019

Una vez más. Los Estados Unidos de América violentan el orden comercial internacional impulsado en buena medida por ellos mismos y, al hacerlo, muestran su desdén por las reglas de convivencia y cooperación que, según su propia doctrina, tendrían que regir las relaciones entre las naciones.

En un carrusel de poder imperial desbocado, el gobierno del presidente Trump siguiendo sus apetitos electorales y, sin sonrojo diplomático alguno, coloca a sus socios y aliados contra la pared y pone entre paréntesis, principios y convenciones.

Que la imposición unilateral e ilegal, dice Krugman, de tarifas (aranceles) adicionales se compensa con la devaluación del peso puede satisfacer los números de cada uno, pero de ninguna manera da cuenta del desequilibrio de poder del que hace alarde el presidente Trump cada vez que suelta un tuiter e insulta al que tiene enfrente.

Es este desbalance de poder y la chocante celebración que, impunemente hace el mandatario estadunidense, lo que urge a reflexiones en México y sus órganos de Estado. Los partidos y congresos, con sus comisiones y grupos de análisis, tendrían que abocarse a un escrutinio puntual sobre nuestras capacidades productivas y potencialidades institucionales, así como sobre el estado que guarde el conocimiento sistemático y profesional del vecino. Desde luego, también, del estado de una globalidad que después de la gran recesión se nos va de las manos y de la comprensión, pero que no deja de atestiguar el desvanecimiento de un orden internacional que muchos calificaron de injusto y desigual pero que ahora tenemos que añorar ante el espectáculo grosero de exhibición de poder e impudicia al que se ha dado sin pudor el presidente estadunidense.

Con todo y lo inocuo que pueda parecer el descontón arancelario de Trump, lo que hay que asumir es que estamos ante una expresión de poder económico y político desproporcionado que, para nuestra desgracia, habita aquí cerca. Cómo hacer surgir fuerzas de nuestra debilidad, tan asiduamente cultivada, para una nueva jornada contra y a través de la adversidad es otra vez la gran cuestión mexicana del siglo XXI. Creímos que con los tratados y el Espíritu de Houston de fines del siglo pasado habíamos cruzado este Rubicón, pero qué equivocada se ve hoy esa creencia.

La endemoniada coalición que Trump nos echa encima, junto con el remolino Centroamericano que no podemos rehuir, ni edulcorar, imponen otra política interior y el reforzamiento riguroso de los principios que nos dimos a fines del siglo XX para relacionarnos con el globo. La burla y el escarnio sobre el gobierno y sus principales funcionarios encargados de la política exterior no puede llevarnos a ningún puerto. Y sí a profundizar el extravío al que hemos llevado a nuestra estrategia de desarrollo.

“Gobernar bien es imposible si la política no explora el horizonte y continúa cerrando sus ojos a los problemas incipientes, afirma el filósofo español Daniel Innerarity. Un déficit claro de la política es la cortedad de miras de sus programas; el tratamiento de los síntomas en vez de la lucha contra las causas; su dependencia de los electores actuales a costa de las generaciones futuras; la incapacidad, tanto de los representantes como de los representados, para enfrentarse a problemas latentes; el irresistible encanto de las simplificaciones …” (El país, 12/09/18). Ni modo, son de nuevo las fuerzas y ambiciones de afuera las que nos obligan a reconsiderar. Pero hay que hacerlo y pronto.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.