Entre extravíos y obcecaciones: rumbo a las urnas
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Entre extravíos y obcecaciones: rumbo a las urnas

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Entre extravíos y obcecaciones: rumbo a las urnas

08/02/2018
Actualización 07/02/2018 - 23:27

En dirección a la sucesión presidencial, en medio de una precampaña dominada por el tedio, vale la pena insistir en la necesidad de trazar un nuevo curso de desarrollo para el país. Salir del callejón en el que parece no haber opciones a lo que se ha impuesto como una nueva normalidad, caracterizada por el bajo crecimiento a largo plazo de la economía y la merma cotidiana de las potencialidades productivas.

De hecho, hacerlo y cuanto antes es obligado; porque seguir apostando por una estabilidad evanescente a cambio de un desempeño insuficiente en el empleo y el producto ya no parece ofrecer demasiado tiempo ni márgenes políticos. Insistir en renunciar a la mera posibilidad de cambiar de estrategia, es una tozudez que ya no puede seguir manteniéndose. Y, más si se toma en serio el ambiente de desazón e incertidumbre, acentuado por la violencia desatada sobre la población civil, políticos locales y, como siempre, servidores públicos en las fuerzas del orden, militares o civiles casi por igual.

De un lado al otro de las balanzas políticas en el mundo se clama o anuncia, según el caso y el emisor, la llegada a un punto histórico de inflexión precipitado tanto por los enormes cambios del mundo a partir de fines del siglo pasado como por la crisis global que estallara en 2007 y, desde luego, por los acontecimientos políticos desatados por estas circunstancias que han traído consigo la emergencia de iniciativas de extrema derecha, nacionalistas regresivas, racismo y xenofobia. Juntos, estos fenómenos hablan con fuerza del fin de una época en la economía, la política, la cultura.

En nuestra región, esta ola de reversión se plasma en los retrocesos de los diversos proyectos progresistas puestos en acto por partidos y gobiernos que buscaron aprovechar para su país y sus mayorías vulnerables y pobres, al menos parte de las ganancias que les dejó el boom de las materias primas y los espacios de oportunidad creados por la propia Gran Recesión.

Qué tanto han podido sembrar estas naciones y sus Estados esas rentas para configurar mejores y más sólidas trayectorias de crecimiento y desarrollo todavía está por verse. Lo que ya se advierte es la reacción provocada por esas promociones redistributivas, a pesar del cuidado puesto por algunos de esos gobiernos en no alterar los criterios básicos de evaluación heredados del reino neoliberal y de las amargas y largas décadas pérdidas que siguieron a la noche sangrienta de las dictaduras.

Por un tiempo, a juzgar por las experiencias de Lula en Brasil o de la Concertación en Chile, pudo hablarse de un aprendizaje doloroso pero productivo de aquellos momentos terribles. Ahora, si atendemos a los discursos y hechos de algunas elites que han asumido el poder en el coloso del Sur, en Argentina y en Chile con el triunfo de Piñera, lo que hemos empezado a ver es un veloz desaprendizaje y una frenética ola de restauración de las peores prácticas autoritarias, proto oligárquicas, que muchos creíamos superadas.

Veremos, y pronto, hasta dónde están dispuestos a llegar estos restauradores. En Brasil, con todo y las bravatas de unos jueces vueltos verdugos y fiscales sumarios, la marea popular que puede desatar el golpe al expresidente e indiscutible líder de las mayorías populares puede no sólo desequilibrar más a ese gran país, sino introducir mareas desestabilizadoras de alta intensidad cuyos impactos irían más allá de sus fronteras.

Así se vive en el Cono Sur este amenazante interregno; del tímido y un tanto cauteloso abordaje de la “hora de la igualdad” que con acierto planteó la CEPAL en 2010, en aquellas latitudes se pasa a la hora de una normalización “impuesta” que niega y reniega de aquellos intentos esperanzadores y pone en riesgo lo ganado en materia de derechos políticos y civiles, democracia y derechos humanos.

Nosotros nos movemos a diferente velocidad pero también sin blindaje alguno frente a los embates de una globalización sin control ni rumbo. Encarnada con agresiva evidencia por Trump, también recoge los fondos abisales de la injusticia social, la vulnerabilidad de grandes masas y el solipsismo militante de los partidos y sus dirigencias.

No es el aumento de la deuda o el aminoramiento de sus coeficientes lo que está sobre nuestra mesa. Lo que reclama atención central e inminente es el encanijamiento de la desigualdad y el privilegio, la escasa generación de excedentes y oportunidades debido al lento crecimiento y el empecinamiento de quienes mandan en los asuntos económicos y financieros del Estado.

Estamos ante una negación inaudita de la realidad y es indispensable que los que buscan el voto y el poder no sólo tomen nota de ello sino se arriesguen a pensar en otros rumbos para nuestra evolución no sólo económica sino política y del Estado. Vivimos en el remolino de mutaciones y regresiones de las economías políticas nacionales y del orden internacional que daba a las primeras un mínimo de estabilidad y certidumbre. Y va para largo.

La Gran Recesión evidenció la fragilidad del orden globalizador que había llevado a la euforia globalista y la llamada “gran moderación”. Lo que entra en escena es una gran desilusión, un extravío del que no somos ajenos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.