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30/07/2020

El viernes pasado leí en la primera página de El Universal una cabeza que no me ha dejado en paz: “Covid baja salario a 15.2 millones de trabajadores” representa, sigue la nota, “46% de la población ocupada”. Agrega: “Sin empleo en abril 15.7 millones de personas”.

Días antes, en la página de Nexos, José Casar ahondaba en la evolución de la pobreza extrema por ingresos que habría ascendido a más de 16 millones en estos inclementes meses de encierro, cierres y pandemia. Según él, basado en una robusta investigación de Héctor Nájera y Curtis Hoffman del Programa Universitario de Estudios del Desarrollo (PUED), el número de pobres carentes de ingresos suficientes para adquirir una canasta básica se ha elevado drásticamente debido a los cierres involuntarios de negocios no esenciales y, es posible suponer que el encierro ya haya contaminado a los “esenciales” porque o no abren o su apertura enfrenta un mercado hecho añicos por los acontecimientos económicos y sociales que hacen de esta crisis algo más ominoso que un descalabro calamitoso.

La depresión económica y anímica está a la vuelta de la esquina; y las sociedades modernas, desarrolladas y no, en los bordes del abismo regresivo en lo económico y lo político.

Del texto de Casar di cuenta hace unos días y, lo que el INEGI informe este jueves confirmará lo grave de la situación de la mayoría de los trabajadores y sus familias como resultado de la caída económica impuesta por la pandemia. Si ya tocamos fondo, como parece querer el Presidente, no lo sabemos y es probable que eso de llegar al final del pozo puede probarse una metáfora sin sentido. Pero, lo que sí amenaza configurarse como horizonte para el mundo y nuestra especie es una suerte de nuevo “fin de la historia” humana tal y como la conocemos. Qué surgirá de este “momento” de la historia humana no lo sabemos; nuestras referencias fundamentales se han reducido a su mínima expresión. La naturaleza se condensa en el binomio salud-enfermedad y se resuelve en los decesos. La economía, que de origen tenía que ver con nuestra supervivencia y reproducción social, para luego volverse economía del bienestar o del desarrollo, ahora remite a la penuria material, al no empleo y la desocupación. Casi total incapacidad para asegurar la existencia. No solo imperan la incertidumbre y la cerrazón del tiempo y el espacio como los entendemos; se apodera de mentes, cuerpos y máquinas la incapacidad de adaptarse y resistir a remolinos adversos. De aquí la importancia vital del lenguaje porque en su uso puede irnos la vida. Especialistas y legos; inversionistas o trabajadores; especuladores u observadores y curiosos.

Mucha razón tiene el brillante y respetado colega León Bendesky al advertir contra el uso superficial o, digo yo, oportunista de la palabra “fondo”. “Tocar fondo” asevera, no es un concepto mecánico asociado con la ley de la gravedad. Es un fenómeno social grave y delicado que exige una visión muy distinta a la que prevalece hoy en México”. Más allá de las narrativas que se usen para dibujar esta oprobiosa coyuntura, lo que importa es asumir que “el impacto adverso de la crisis económica será muy real, muy desigual y duradero” (La Jornada, 27/07/2020, p. 21).

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.