En el declive
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En el declive

24/01/2019
Actualización 24/01/2019 - 13:21

La reflexión sobre la crisis de 2008 tiene muchas enseñanzas que ofrecernos, pero la más importante es que el problema era —y sigue siendo— político, no económico: no hay nada que necesariamente impida una gestión económica que asegure pleno empleo y prosperidad compartida. El estancamiento secular sólo fue una excusa para políticas económicas deficientes .

J. Stiglitz(1)

Según el Fondo Monetario Internacional (FMI), en su presentación en el foro de Davos, las perspectivas del crecimiento económico para este y el próximo año son grises, aunque no anuncien todavía una recesión en puerta, menos una crisis. Lo que sí presagian, dice su economista en jefe, es un aumento en los riesgos; de ahí la necesidad de renovar o reforzar la cooperación y el multilateralismo. Necesidad esquiva como pocas veces.

Las estimaciones nos hablan de una difícil continuidad en la de por sí difícil y magra recuperación de la Gran Recesión de 2008. Para el conjunto de la economía mundial, se espera un crecimiento de 3.5 y 3.6 por ciento en 2019 y 2020 respectivamente, por debajo de lo que se esperaba en octubre de 2018. Para Estados Unidos, las proyecciones son de 2.5 y 1.8 por ciento, en tanto que para la Zona Euro se prevé un desempeño de 1.6 y 1.7 por ciento para los años mencionados.

Para las llamadas economías emergentes y en desarrollo, si bien el FMI espera incrementos superiores a los de la economía mundial, que serían de 4.5 y 4.9 por ciento para 2018 y 2019, la desigualdad no se aleja del panorama, inclusive puede ahondarse.

El desempeño de Latinoamérica y el Caribe rondaría el 2.0 y 2.5 por ciento; México lo haría al 2.1 y 2.2 por ciento, en este último año por debajo del promedio regional y de Brasil se esperan crecimientos mayores de 2.5 y 2.2 por ciento, aunque a decir de Gian Maria Milesi, director de análisis del Fondo, se trata de “factores puramente cíclicos” (El País, 22/01/19, p. 34).

Al cuadro anterior, que no está exento de encallar en un declive mayor que propicie otra recesión global, hay que considerar lo dicho por Santiago Carbó: “abierta en canal, la economía mundial tiene dos grandes enfermedades cuya solución todavía no se atisba; una gobernanza mundial con la peor reputación desde hace, por lo menos, medio siglo (…) y una acumulación de deuda sin precedentes”. Según nos informa, el FMI estima que la deuda alcanza los 164 billones de euros, equivalentes al 225 por ciento del PIB mundial. Por encima de lo que llegó a ser en 2009 abierta ya la crisis financiera mundial (El País, Ibíd.).

Corta es la distancia que hay a recurrentes y abultadas crisis de confianza pero, lo más grave, es la desarticulación en los modos de gobernar la economía y la finanza que ahora se agrava con las guerras comerciales y las ominosas “vencidas” a que se han dado Trump y los mandatarios chinos.

Nuestras expectativas se derrumbaron hace años y la sociedad parece haberse resignado a vivir y sobrevivir una cotidianidad marcada por el bajísimo crecimiento económico y un desempeño más que mediocre del empleo, la ocupación y los salarios. Ir a contrapelo de las tendencias mencionadas no es fácil ni puede durar por tiempo indefinido, sobre todo dada la debilidad estructural de la economía política nacional.

Con un Estado maniatado por la penuria fiscal y el empobrecimiento institucional y administrativo de los gobiernos y una economía sometida a renovadas tensiones en sus relaciones comerciales y financieras con el exterior, poco se puede imaginar para una política contra cíclica a fondo y una estrategia de cambio estructural para el desarrollo “desde dentro”.

La renuncia a invertir de que nos habla el Paquete Económico aprobado confirma que las trampas del crecimiento socialmente insuficiente siguen dominando el horizonte. Y lo peor es que esto manda con receso y sin él.

(1) Joseph Stiglitz, El mito del estancamiento secular, El País, 8 septiembre, 2018.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.