El faro luminoso del diagnóstico
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El faro luminoso del diagnóstico

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El faro luminoso del diagnóstico

01/02/2018
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Ellos se perfilan para aparecer en la boleta en 2018. (Especial)
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Proponer que México tenga un desarrollo sostenible o sustentable es una buena idea pero insuficiente si en efecto se quiere cumplir con los compromisos adoptados en la Asamblea General de la ONU para acometer tal tarea planetaria. Es indispensable pasar del planteamiento general, sin duda generalmente aceptado, a la identificación de los muchos sacrificios que hay que hacer para avanzar en la tarea, así como de los muchos recursos que hay que poner en juego para hacer que la máquina económica y productiva, junto con el sistema político tomen esa dirección.

Si partimos de lo que sabemos sobre nuestra sustentabilidad y consistencia de la biodiversidad y asumimos la dura realidad de la cuestión social contemporánea, tendremos que admitir que no sólo no hemos avanzado rumbo al desarrollo sustentable sino que, en más de un aspecto, hemos retrocedido o, de plano, estancado.

Y esto tanto en lo que respecta a nuestro rostro social como en lo tocante al estado del capital o el patrimonio natural. Así, no está de más tener un diagnóstico riguroso y realista, sin subterfugios, para empezar a imaginar una hoja de ruta que en verdad sea congruente con los propósitos y compromisos generales emanados de la Agenda 20-30.

Mucho daño han hecho los gobernantes que reniegan del diagnóstico, hasta llegar a plantear la necedad de que “estamos sobrediagnosticados”. Tal cosa no es cierta, y excluye una indispensable consideración en toda tarea de planeación del desarrollo: que los diagnósticos nunca terminan ni pueden darse por terminados definitivamente.

La empresa del desarrollo siempre es de prueba y error y es por eso que los países que alcanzan éxito en dicho empeño suelen contar con buenos dispositivos, técnicos y humanos, para dar seguimiento a la economía, tomarle el pulso al ánimo y el humor social y, sobre todo, para concertar con eficacia y durabilidad a las fuerzas políticas, laborales y de los negocios, para mantener la ruta o cambiar oportunamente de rumbo cuando la realidad bien diagnosticada así lo indica.

Esta capacidad de virar el timón cuando se requiere es una destreza que a México le urge recuperar, tanto en la economía como en la política, así como en el ámbito prácticamente desaparecido de la coordinación social. Nuestro panorama actual es el de una forma de organización productiva que no propicia el crecimiento económico socialmente requerido ni auspicia una redistribución adecuada para recuperar la cohesión social y asegurar un mínimo de estabilidad política, necesario para darle consistencia al proyecto y manejarse en una globalidad veleidosa y hostil, incierta e insegura.

Son estas y otras reflexiones parecidas que se echan de menos en los discursos pre-presidenciales de la precampaña a la que seguirá la tregua primaveral antes de entrar en el verano caldo que nos augura un orden político desfondado y sin actores. Todo se ha vuelto harapiento en el circo de la sucesión y lo que impera es una incoherente serie de creencias y actos de fe en una normalidad espectral y en un orden democrático acosado y vilipendiado por unos jugadores del poder que no conocen escrúpulos ni parecen dispuestos a reconocer la gravedad de la situación política y social por la que atravesamos.

En esta circunstancia, no deja de parecer ridículo el retintín del precandidato candidato presidente del Frente por México, quien descalifica a Andrés Manuel López Obrador por “antiguo” o viejo y a su pre-oponente priista por cargar con el estigma de la corrupción, adjetivo más que bien ganado por el partido que lo ha hecho suyo.

La cuestión no es la mocedad de una u otra postura y propuesta; por lo demás, el joven pre y pos “candidato maravilla” debería tomar nota de que en la actual pirámide de edades él ya no resulta tan púber, ni sus proyectos tan novedosos como lo presume.

Bienvenida la aceptación del desarrollo sostenible como gran emprendimiento nacional. Pero para empezar, admitamos que éste no es una simple extensión de lo que hemos tenido los últimos treinta años. Lo que falta ahora son el remedio y el trapito, que no pueden ser otro más de lo mismo. Eso no lo aguanta ni este país del nunca jamás.

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.