Bajo el volcán
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Bajo el volcán

29/08/2019

Sin abrir todo su juego y sólo fintando con recurrir al fuego, el presidente Trump protagoniza en Biarritz escenas que recuerdan la terrible circunstancia de entre guerras que el mundo vivió en los años treinta del siglo pasado. Domesticado o no por el encanto galo de Macron, el Presidente gringo no deja de ser un peligro ambulante para su país y el mundo. A veces parece optar por sus escenas preferidas en algún salón del Lejano Oeste o imaginar, de plano, estar en el OK Corral.

Efemérides aparte, sin pudor alguno, empieza guerras, por ahora comerciales, amenaza con bombardear Irán y quisiera arrasar las potencias que emergen, en particular a China, mientras arremete contra los acuerdos y convenciones que definían el orden internacional erigido en la segunda posguerra. Si le fuera posible hacerlo, el edificio de derechos construido no sin esfuerzos y tiempo, así como la noción misma de derechos fundamentales como el principio rector, serían demolidos.

No es que el Presidente naranja cuente con algún proyecto alternativo para un mundo que pretende reinar como antes; lo suyo es destruir lo que queda de lo hecho en materias de migración, cooperación internacional, comercio entre las naciones. No resulta exagerado proponer que en su agenda tuitera estén en la mira el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional y, no muy lejos de los 140 caracteres, la Unión Europea con su correlato en la OTAN o la Organización Mundial de Comercio. Todo, con tal de restablecer un régimen unipolar que en realidad nunca fue tal. En el fondo, aunque el Presidente suele hacerlo explícito de vez en vez, el asunto es China y su real o aparente pretensión hegemónica. “Podríamos vivir mejor sin ellos”, dijo hace unos días, lo que puede querer decir muchas cosas, pero siempre puede leerse como una advertencia “velada” de que está dispuesto a todo.

El show de Trump para el G7 tuvo lugar frente a un contexto de preocupación creciente y unas tendencias ominosas de la actividad económica y el comercio. “La economía mundial se frena (…) Las tensiones geopolíticas que azotan el planeta —por encima de todas las comerciales— explican este patrón que se ceba en los países ricos (…) Los países de la OCDE tienen fiebre (…) pero es esencialmente alta en la UE”, anota la edición del martes 27 de El País (p. 34). De Jackson Hole, en Wyoming, a Biarritz en Francia, el rumor se vuelve clamor y temor, ante el arribo de la recesión que viene y no necesita ser anunciada, ni magnificada.

Las corrientes de comercio fueron sensiblemente alteradas por la Gran Recesión de 2008- 09 y no se han recuperado. Sobre todo, debido a la reducción en el crecimiento de la economía china, gran motor de los intercambios mundiales antes y después de esa crisis. Conocidos y reconocidos son los impactos de este cambio en el desempeño chino sobre las principales economías del Cono Sur de América pero, con todo y sus recovecos, no debería haber duda de que también nos han tocado, si acaso por el relativo debilitamiento de las tendencias industriales americanas y su inevitable efecto sobre nuestras ventas foráneas.

El espacio en el que nos movemos es reducido, pero laberíntico; es compartida la sensación de que no hay fuerza exógena que pueda sacarnos. Peor aún: no hay hilo de Ariadna que pueda ayudarnos a sortear la encrucijada. Bien le haría a la 4T asumir y entender que estas y otras confusiones y enredos que se discuten en foros globales no solo deben interesarnos, sino que nos afectan. No hay escape de esta trama tejida para darle a la globalidad de fin de siglo una impronta permanente. No hay nada de eso; “todo lo que es sólido se desvanece en el aire” de vanidades, presunciones y soberbias, pero la trama sigue ahí y nosotros en ella.

Hacer bien las cuentas sobre nuestras capacidades, existentes y potenciales, tendría que ser el primer paso para prepararnos a navegar estas nuevas y hostiles oleadas. Para eso tenemos que (re)descubrir nuestra voluntad de entendimiento, negociación y diálogo para, en las nuevas condiciones democráticas, guarecernos en lo posible de las tormentas, haciendo uso de nuestras añejas destrezas cooperativas, hoy semi enterradas por una retórica del poder reacio a la interlocución y alejado del necesario sentido de las proporciones indispensables para la conducción política. Sobre todo en tiempo adversos.

Si algo requiere el Estado, si en efecto se habla de transformación, es del diálogo franco; la deliberación libre, abierta y plural y, desde luego, el respeto al ejercicio responsable de la libertad de expresión y prensa. De investigación, pensamiento y crítica, la savia y el oxígeno de la democracia.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.