Una revolución no convencional
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Una revolución no convencional

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Una revolución no convencional

22/10/2018

Estados Unidos se ha convertido en una potencia energética. De depender fuertemente de las importaciones de petróleo y gas, es hoy el mayor productor de energía del mundo. Compite con Rusia por el liderazgo en la producción de petróleo curdo y es ya el mayor productor de gas natural. De una producción de aproximadamente 5 millones de barriles al día, en 2009, las proyecciones hacia 2018 cruzan la línea de los 15 millones de barriles diarios de petróleo y otros líquidos, muy cerca de la autosuficiencia energética. La causa de esta revolución: el petróleo y el gas no convencionales.

Hacia 2007, Estados Unidos aceleró su apuesta por hidrocarburos no convencionales como respuesta a la drástica disminución de su producción y al incremento en su consumo. La aparición de dos tecnologías –la perforación horizontal y la estimulación de formaciones compactas, arenosas o rocosas– hizo técnica y económicamente viable la explotación de ciertos yacimientos ubicados en Estados Unidos. En el corto plazo, se reconfiguró el mercado global de los energéticos con implicaciones geopolíticas innegables: Estados Unidos volvía a la competencia, tras prácticamente una década de dependencia exterior, y junto con la entrada de Irán –una vez levantadas las sanciones impuestas al régimen teocrático–, la superioridad energética de Rusia y de las potencias petroleras del Golfo Pérsico se ponía en riesgo.

Y por supuesto vino la contraofensiva. La crisis financiera china de 2015-2016 contrajo el mercado. Rusia y Arabia Saudita aprovecharon el momento para aumentar la producción por encima de la demanda. Los precios cayeron brutalmente en un lapso de dos años: de barriles de 100 dólares a otros de 30. La intención de la OPEP era conservar el negocio de las exportaciones a Estados Unidos y, además, desplazar la competencia de los no convencionales. En efecto, a precios bajos, la expansión de las nuevas tecnologías sería difícilmente costeable. Meghan O´Sullivan (Windfall, Simon & Schuster, 2017) sugiere que una combinación de persistencia empresarial, innovación tecnológica, entorno institucional y promoción gubernamental permitió superar esta coyuntura. Las inversiones no cedieron, sino que se incrementaron y, en consecuencia, los costos de exploración y explotación de los no convencionales se hicieron, a la postre, más competitivos. Hoy, el 55% del petróleo y el 65% del gas que produce Estados Unidos provienen de estos sistemas.

Las reservas convencionales de hidrocarburos están en franco declive. Por otro lado, la participación de las energías no renovables en el mercado se ha incrementado a un ritmo mayor de lo esperado, en parte por el desarrollo de tecnologías más baratas (Renewables, 2018, IEA). Esto implica que a los combustibles fósiles les queda muy poco tiempo: dos décadas más en un buen escenario. Y eso hace de los no convencionales la fuente para satisfacer la demanda energética, para financiar la transición a las energías limpias y para, a la postre, convertir la riqueza natural en infraestructura y oportunidades para las sociedades de Estados productores.

La producción mexicana de petróleo se ha contraído a prácticamente la mitad en los últimos 14 años, en parte por el agotamiento de las reservas convencionales en Cantarell y por el crítico estado financiero de Pemex. De ahí que la reforma energética apostara a la participación de privados para acceder a financiamiento y tecnología, sobre todo para producir en yacimientos de hidrocarburos no convencionales, o bien, en aquellos cuyos costos y riesgos son especialmente altos. Y eso supone utilizar los métodos de producción disponibles. Existe en el mundo tecnología económicamente eficiente y medioambientalmente sustentable. Así pues, lo que el sentido común indica es que, más que una cruzada contra las tecnologías de estimulación tal y como ha sugerido la nueva administración, la política energética del país debe aprovechar el instrumental regulatorio que ofrece el nuevo marco institucional para atraer lo mejor del conocimiento científico y tecnológico disponible.

Más de la mitad de las reservas de hidrocarburos del país son no convencionales. Si en el corto plazo es política, regulatoria, técnica o económicamente inviable su explotación, el costo de financiamiento de Pemex se incrementará y, con ello, la deuda soberana. Las vaguedades y contradicciones del nuevo gobierno sobre el futuro en el sector puede ser el error de diciembre de 1994. Ojalá entiendan pronto que el sentido común sirve para algo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.