Trump y el gas
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Trump y el gas

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Trump y el gas

01/07/2019

En un artículo titulado “Armas de disrupción masiva” (junio de 2019), la revista británica The Economist desmenuzaba la estrategia que la administración Trump sigue para maximizar los intereses domésticos de Estados Unidos de América. Se trata, dice el semanario, de un arsenal de tácticas para bloquear o dificultar el libre flujo de bienes, datos, ideas, tecnología o dinero, con el propósito de obtener concesiones políticas o económicas de socios, aliados o enemigos. Amagos para forzar negociaciones con otras naciones. Por ejemplo, la amenaza de imponer aranceles a productos para convertir a México en el muro invisible de su frontera o para reducir el déficit comercial con China. El uso de herramientas típicas de situaciones de guerra o de emergencia a la seguridad nacional para imponer nuevos equilibrios económicos y comerciales, como la lista de empresas, entes o países (Entity list) con los que no se pueden realizar operaciones o transacciones sin permiso del gobierno americano. El caso de Huawei es una prueba plástica de los alcances de esta estrategia: a través de un veto comercial a la compañía tecnológica china más importante, Trump logró en la reciente cumbre del G20 que China se comprometiera a incrementar las importaciones de un buen paquete de productos agrícolas estadounidenses. Y Trump sólo concedió posponer unos meses más las sanciones a la empresa.

El poder que Estados Unidos despliega está ya no solamente en su capacidad militar o atómica, sino en el control o influencia que ejerce sobre un conjunto de intangibles. Estados Unidos, dice The Economist, es en buena medida el nodo central de la red en la que se ha convertido el mundo tras la globalización y la irrupción tecnológica. La mayor parte de las transacciones pasan por su sistema de pagos. El dólar es la moneda de referencia de millones de operaciones diarias. El desarrollo de nuevas tecnologías depende de la cadena de proveeduría norteamericana. La mayor proporción de capitales de inversión y de riesgo se encuentran hospedados en su sistema financiero, lo mismo que la infraestructura esencial de la que depende la conectividad global. Google, Amazon, Facebook, Microsoft o Apple han concentrado enorme poder económico y político a lo largo del mundo, pero siguen bajo la jurisdicción de un Estado-Nación y, por tanto, dependen de las decisiones de su gobierno. Esta panoplia de poderes intangibles es, sin duda, la ventaja geopolítica más relevante de Estados Unidos y hoy está en manos de un presidente populista que busca reelegirse.

La reciente crisis de los aranceles ha revelado qué tanto está dispuesto a hacer Trump por obtener réditos políticos o económicos de corto plazo. Con una amenaza poco creíble y altamente perjudicial para su país, Trump forzó a México a servir de policía fronteriza y, además, a sujetarse a una suerte de certificación periódica sobre sus esfuerzos en el control de los flujos migratorios. Habrá, entonces, que acostumbrarse a la pistola sobre la sien. Cada que Trump necesite halagar los oídos de su electorado –esencialmente blanco y conservador– o un resultado políticamente rentable para su campaña, seguramente usará a México, a los aranceles, a la migración o cualquier otra de nuestras vulnerabilidades para imponer su agenda. Y claro está, recurrirá a discreción a ese arsenal de instrumentos económicos, sanciones, vetos comerciales, listas negras, represalias comerciales, etcétera.

Justo desde la experiencia de los aranceles, cuesta trabajo entender la posición del presidente López Obrador en materia energética. Nuestra dependencia de las importaciones de gasolinas y, sobre todo, de gas natural es una real, clara y presente vulnerabilidad en el contexto de la política de chantaje que parece seguir la administración Trump. México no tiene inventarios suficientes para garantizar su soberanía energética, nuestra capacidad logística y de transporte de gas y líquidos es débil y, además, el gas natural se ha convertido en el insumo más relevante en la producción de energía eléctrica. Poco más del 60 por ciento de la energía eléctrica se produce con gas que importamos de Estados Unidos, sobre todo de Texas. Es gas que, por cierto, se extrae de pozos no convencionales similares a los muchos que existen en el país. Un volumen de energía que difícilmente podrá compensarse con generación a base de carbón o combustóleos, como cree la CFE lopezobradorista. Y sin energía eléctrica, no sólo se frustra la tan anhelada soberanía energética, sino que el país se paraliza. Punto.

No nos extrañe que Trump use el gas como otra arma de presión sobre México, así como los rusos lo han hecho constantemente sobre Europa. Es una bomba de disrupción masiva que tiene a la mano. Por eso no es buena idea cancelar los proyectos de generación de energías limpias, abandonar la posibilidad de exploración y explotación en los yacimientos de la cuenca de Tampico-Misantla, renunciar a las nuevas técnicas que hacen financiera y operativamente posible aprovechar las reservas no convencionales o entrar en una larga disputa internacional con Canadá por el gasoducto Texas-Tuxpan. Necesitamos hacer todo eso para resolver nuestro abasto, garantizar nuestro consumo y reducir la capacidad de daño de un exabrupto trumpista. Al menos eso sugiere el sentido común.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.