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07/09/2020
Actualización 07/09/2020 - 15:14

La “dictadura perfecta”, como la bautizó Mario Vargas Llosa hace casi 30 años, era una autocracia sexenal. El presidente monopolizaba la jefatura del Estado, del gobierno y del partido hegemónico. Las facultades 'metaconstitucionales' de decidir la suerte de sus aliados y de sus enemigos, era el eje de la estabilidad política del presidencialismo mexicano. La mayor sofisticación de la 'dictablanda' priista frente a sus equivalentes latinoamericanos, de esos regímenes militaristas que se asentaron en la región, radicaba precisamente en el código republicano del autoritarismo: el poder político era indivisible, pero también temporalmente delimitado. El reinado sexenal, en efecto, tenía fecha de caducidad. Y, claro, después de la presidencia, después de la omnipotencia, el silencio, el ostracismo, el exilio. En la monarquía republicana del priato, el poder se heredaba en el ritual del parricidio.

El pluralismo democrático sustituyó al dedazo como fuente de legitimidad política. La sucesión no sería el último acto de poder del soberano, sino el momento del juicio cívico sobre el poder. Si el autoritarismo cultivó la impunidad política del autoexilio, la democracia inauguraría los hábitos de la rendición de cuentas. Parecía entonces que entrábamos a la modernidad en la que el poder emana y se examina sólo ante los ciudadanos y en la razón de la ley. A esa civilizatoria rutina de explicar, justificar, contemporizar, los errores y los aciertos en el ejercicio de las responsabilidades públicas. Al pluralismo que es crítica, contraste y alternativa. A la era en la que el presidente no goza más del poder de decidir a su oposición.

El presidente López Obrador ha revelado el placer que le provoca la negativa del INE al registro como partido político de México Libre. A su juicio, esa cuestionable decisión es un auténtico triunfo de la opinión pública. Los liberales contemporáneos, nos dice en su alocución desde el trópico, han impedido el regreso del Santa Anna michoacano. Los conservadores se aprestaban a reinstalar la dictadura calderonista, pero el pueblo bueno y las benditas redes sociales salvaron nuevamente a la patria. El maltrecho INE, nos dice el Presidente, estuvo a punto de cometer la infamia de permitir que los neoliberales tengan una vía de participación en el pluralismo mexicano. Felipe Calderón y los miles de mexicanos que lo han acompañado en la travesía del nuevo partido, no merecen un espacio en la política de la cuarta transformación. Los adversarios del Presidente, esos que le ganaron la elección de 2006, son enemigos de México. Su lugar es el basurero de la historia, nunca la boleta o las urnas.

El festejo presidencial es, en realidad, un peligroso amago a las instituciones democráticas. O se está con el presidente o contra el presidente. López Obrador deja inmediatamente claro que algo tuvo que ver en la decisión del partido calderonista y, también, que no va a permitir sorpresas. El INE ganó una palomita en esta ocasión, pero hay cosas que no se olvidan. El Tribunal Electoral estará en la mira, sugiere sarcásticamente. Si el expresidente quiere hacer política que vaya a la OEA, porque aquí el que manda es él.

Pero también es un manotazo que las oposiciones no pueden pasar por alto. Un peligroso anticipo de que el hostigamiento presidencial a las instituciones es eficaz. A la ofensiva judicial contra adversarios habrá que añadir ahora la preocupante captura de los órganos de la imparcialidad. El árbitro electoral le guiña el ojo al Presidente para llevar la fiesta en paz, con una leguleya interpretación de la falta de certeza sobre el origen de recursos captados a través justamente del sistema financiero y sobre los cuales es posible determinar la identidad del aportante. ¿No había sido ya sancionada esa conducta? ¿No debía la autoridad ser deferente con el derecho de libre asociación y procurar su maximización? ¿Es prudente incentivar a los partidos a la informalidad y al uso masivo de efectivo, en lugar de mecanismos tecnológicos que permitan seguir eficazmente la huella del dinero?

Las oposiciones, lejos de celebrar el descalabro de México Libre, deberían acelerar la organización de una alternativa eficaz para salvaguardar las libertades, el pluralismo y la democracia. Sólo con una oposición firme, valiente, articulada e inclusiva se podrá impedir la restauración del más rancio priato.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.