El lenguaje golpista
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El lenguaje golpista

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El lenguaje golpista

04/11/2019

En la postrimería de la Segunda Guerra Mundial, George Orwell alertaba del riesgo de que el lenguaje corrompiera al pensamiento. La vaguedad, los eufemismos, las frases prefabricadas, las “metáforas moribundas”, decía, “anestesian una parte del cerebro”, desactivan los reflejos intelectuales de la comunidad lingüística, fomentan la pereza mental de cada uno para discernir. Y es que la lengua no es un mero instrumento para expresar una idea, un concepto o una experiencia. No es sólo un vehículo para comunicarnos, para reconocernos o acercarnos. Es un arma que sirve para “dar forma a nuestras intenciones”, para provocar en los otros una reacción, para inducir un comportamiento. Por eso, en aquel ensayo sobre la política y la lengua inglesa, publicado por primera vez a finales de 1945, Orwell advertía que entre la disputa por el poder y el envilecimiento del lenguaje había una relación obvia. La política es en sí misma, decía, un amasijo de mentiras, evasivas, delirios. Su materia prima son las patrañas y el embauque. “El lenguaje político –concluye el ensayista inglés– está diseñado para que las mentiras suenen a verdad y los asesinatos parezcan algo respetable; para dar aspecto de solidez a lo que es puro humo”.

Desde la primera alternancia en el año 2000, no se había especulado en el país sobre la posibilidad de un golpe de Estado. Entre las incertidumbres del cambio político, flotaba la duda sobre la disposición del entonces partido hegemónico para aceptar los resultados electorales y entregar pacíficamente el poder. Es difícil saber si tal riesgo existió en realidad. Lo cierto es que desde entonces el fantasma de una ruptura del orden constitucional había desaparecido de nuestro imaginario. Hasta que resurgió en voz del propio Presidente de la República.

No me parece trivial, meramente anecdotario, que el Presidente de la República evoque la amenaza golpista. Si bien sabemos que el político tabasqueño no se distingue por sus autocontenciones, es preocupante que el concepto y su giro dramático provengan de la autoridad presidencial. Sobre todo en el contexto en el que desliza la advertencia: la semana más dura de su administración tras el fiasco de Culiacán, la intensa crítica que los hechos y sus explicaciones han suscitado, las conjeturas sobre la inoperancia del gabinete de seguridad y, por supuesto, las tensiones que la estrategia de seguridad empieza a provocar, especialmente por el trato errático hacia las Fuerzas Armadas.

Una nación democrática no puede tomar como un exabrupto sin importancia que el Presidente ponga en su boca el riesgo de un vuelco a la continuidad constitucional del país. Mucho menos, dado el tono usado en sus expresiones: “la transformación que encabezo cuenta con el respaldo de la mayoría libre y consciente, justa y amante de la legalidad y de la paz, que no permitiría otro golpe de Estado”. ¿Por qué alerta de ese riesgo? ¿Qué amenaza ve el comandante supremo de las Fuerzas Armadas que lo mueve a deslizar la advertencia? ¿Qué información ha recibido –y de parte de quién– para justificar la necesidad de fijar una posición pública con tal grado de alarma? ¿Qué sabe el Presidente que no sabemos el resto de los mexicanos?

Y aquí caben sólo tres posibilidades.

La primera posibilidad es que los dichos del Presidente no son más que humo para distraer la atención del fracaso de Culiacán y para recapturar la empatía de la opinión pública frente a un evento que tiene muy pocos márgenes de justificación. Una cortina conspiracionista para victimizarse y sacudirse a los críticos. La forzada comparación con el martirio maderista para sembrar la épica de un incomprendido que lucha contra las fuerzas obscuras del mal. La perversa banalización de un riesgo extremo con el propósito de salir al paso de una coyuntura políticamente compleja.

La segunda posibilidad es que, en efecto, el Presidente tenga indicios de que algo así está por ocurrir. Si ese es el caso, la revelación pública a través de sus cuentas de Facebook y Twitter es una enorme irresponsabilidad. Antes de frivolizar con florituras históricas e histriónicas, debió seguir los cauces que prevén la Constitución y las leyes frente a alguna amenaza a la seguridad nacional y, consecuentemente, activar los protocolos para su atención inmediata. Y es que la preservación del Estado, del orden constitucional, de la democracia y de las instituciones exigiría, en todo caso, la mayor de las seriedades.

La tercera posibilidad –la más grave, a mi juicio– es que el desplante presidencial sea el inicio del uso políticamente intencionado del golpismo. La simplificación de un riesgo para mantener movilizados a sus leales. La nueva categoría para definir el lugar que se ocupa en la dialéctica amigo-enemigo. La intención de vaciar de contenido a una palabra con el propósito deshonesto de usarla como rasero para cuestionar la legitimidad moral y política de los adversarios. El golpismo como discurso político que convierte a la crítica democrática en amenaza a la seguridad nacional y a los críticos en enemigos del Estado. La narrativa que acosa con la sombra de la sospecha. La intencional “vaguedad neblinosa” de un concepto político altamente peligroso, para justificar la razón de Estado contra los insumisos.

Orwell alegaba que el uso del lenguaje podía conducir a la decadencia o a la regeneración política. Más que tratar con rigor a las palabras, apelaba a una suerte de militancia activa en contra de la manipulación del lenguaje. “La invasión que sufre la mente por parte de las expresiones (…) sólo se puede impedir si uno se mantiene constantemente en guardia frente a ellas”. Tomar posición frente a los dichos del poder. Tomarse en serio, en cualquiera de sus posibilidades, el lenguaje golpista del Presidente.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.