Historia económica: la libertad es el fundamento de la prosperidad
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Historia económica: la libertad es el fundamento de la prosperidad

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Historia económica: la libertad es el fundamento de la prosperidad

20/03/2020

El autor es Presidente y Fundador de Grupo Salinas

Una lectura interesante es “A concise economic history of the world”, que nos permite conocer los entornos propicios para generar riqueza y asombrarnos con la determinación del ser humano por vencer cualquier adversidad y generar mejores condiciones de vida.

En el marco de mi interés por generar Prosperidad Incluyente bajo cualquier entorno, la principal contribución de este libro, escrito por Larry Neal y Rondo Cameron, es el estudio de las causas detrás de los momentos de mayor prosperidad en la historia. En pocas palabras, los fundamentos de la generación de riqueza se relacionan directamente con las libertades económicas y la solidez de las instituciones que la propician. Veamos.

Comenzaré con el siglo XVI, cuando surgieron dos modelos de desarrollo contrastantes, el mercantilismo en España y una economía abierta y competitiva que adoptaron los Países Bajos.

El mercantilismo promovió una interminable regulación gubernamental en la actividad económica, imposición de aranceles para proteger a los productores de la competencia extranjera y la prohibición de exportar metales preciosos. Este modelo tuvo consecuencias desastrosas de largo alcance en el bienestar de los españoles —por lo que ese país llegó al siglo XX en la más profunda pobreza que solo se resolvió al adoptar un modelo de economía abierta.

En primer lugar, la fuerte cantidad de oro proveniente de sus colonias se tradujo en mayor dinero en circulación, lo que generó inflación. Para controlar este efecto nocivo para el bienestar de la población, la autoridad fijó precios máximos a los granos, lo que a su vez provocó escasez del producto e infinidad de tierras ociosas por la baja rentabilidad para cultivarlas. Por si fuera poco, en lugar de crear una unión aduanera en su imperio para facilitar el comercio, Carlos V impuso aranceles generalizados, incluso entre Castilla y Aragón, lo que entorpeció el libre flujo de mercancías y afectó el nivel de vida de todos sus habitantes.

Adicionalmente, para financiar los excesivos gastos de la corte y guerras interminables, tanto Carlos V como Felipe II mantuvieron impuestos elevados. No obstante, dado que la recaudación y el oro de las colonias frecuentemente eran insuficientes para financiar sus excesos, la corona española incurría en deuda, que se volvió inmanejable. En 1552, Carlos V suspendió el pago de intereses.

En contraste, los Países Bajos, con escasez de recursos naturales y con una economía dependiente del comercio internacional, se dedicaron a importar materias primas, sin aranceles, y a transformarlas en productos terminados para ser exportados. Este fue el caso de la compra de lana de Inglaterra y la venta al exterior de sofisticadas prendas de tela. Con ello se desarrollaron diversas industrias que compitieron exitosamente a nivel global.

El sector primario se especializó en productos de mayor valor agregado y alta calidad, como quesos, mantequillas y arenques procesados y fue el más productivo del continente. Los Países Bajos también se beneficiaron de la migración, ya que se admitió a trabajadores calificados, entre ellos judíos de España y Portugal y protestantes de Francia, que agregaron valor y encontraron plena tolerancia religiosa. En ese entorno de libertades, esta región del mundo logró una prosperidad envidiable y niveles de bienestar superiores al resto de Europa.

Encontramos otro episodio de gran dinamismo a partir del siglo XVII en Gran Bretaña, cuando el parlamento limitó la influencia de la monarquía en la economía y tomó el control de las finanzas públicas, con un sistema fiscal acotado y con menor burocracia. En este contexto, los emprendedores británicos tuvieron mayor libertad de acción, lo que propició la Revolución Industrial.

La productividad rural creció con mejores fertilizantes y la introducción de nuevas técnicas de cultivo, lo que fortaleció los ingresos de los campesinos y permitió generar más alimentos con menos personal ocupado. Ello propició la migración a las ciudades, en donde la gente pudo dedicarse a las manufacturas. Esta industria a su vez encontró mercados para colocar sus productos entre agricultores más prósperos.

La necesidad de transportar mercancías de mayor tamaño, de manera económica y confiable, fue un incentivo para impulsar la eficiencia de la máquina de vapor de James Watt. En 1830 se abrió la primera ruta ferroviaria entre Liverpool y Manchester. Al extenderse geográficamente, el ferrocarril promovió industrias como la del acero, madera o materiales de construcción, que a su vez propiciaron nuevas actividades, en un círculo virtuoso de prosperidad.

Se ha discutido mucho acerca de los efectos sociales adversos de esta época, en particular sobre el trabajo de mujeres y niños en la industria, sin embargo, los autores aclaran que se trataba de una práctica añeja en el medio agrícola, que la industria simplemente adoptó —y que eventualmente se eliminó—. También han sido motivo de discusión las condiciones insalubres y de hacinamiento en las nuevas ciudades, en donde tuvo mucho que ver la falta de planeación de las zonas urbanas ante su rápido crecimiento —entonces no existía el concepto moderno de planeación urbana.

Lo cierto es que la mayor productividad del trabajo, a partir de los avances tecnológicos, propició un incremento gradual en los salarios y una mejora en el bienestar de amplios segmentos de la clase trabajadora en Gran Bretaña durante todo un siglo, entre 1750 y 1850.

El progreso requirió un marco institucional propicio para la creación de riqueza y un elemento fundamental fue la “Common Law” británica, que protegió la propiedad privada frente a los intereses de la Corona.

Por su parte, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, derivada de la Revolución Francesa, proclamó como derechos naturales del hombre la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión.

Finalmente, los Códigos Napoleónicos de principios del siglo XIX defendieron la igualdad ante la ley, el estado laico, autorizaron el cobro de intereses en los créditos y dieron lugar a la sociedad anónima.

En un marco similar de libertades, derivado de su Declaración de Independencia, EU también experimentó un extraordinario crecimiento económico a partir del siglo XIX.

Un ejemplo más de prosperidad ha sido la Unión Europea, que comenzó a gestarse en 1950 y que con el tiempo permitió que mercados crecientes, derivados del libre comercio, generaran mayor especialización y competencia, lo que impulsó los niveles de vida de los europeos —al menos hasta la crisis de 2010, cuyas secuelas permanecen.

Para terminar, no debemos olvidar el notable caso de destrucción de valor en la Unión Soviética. A partir de su creación en 1922, el mercado fue sustituido por planes centrales en los que la burocracia determinó cómo resolver los complejos problemas que representa determinar la producción, distribución y consumo de manera eficiente. La planeación central se realizó sin importar los costos y beneficios de los proyectos, su rentabilidad, ni las preferencias de los consumidores o los intereses de los trabajadores.

Esto causó una creciente ineficiencia, desperdicio de recursos, destrucción de riqueza y, naturalmente, un progresivo malestar social. En el campo, por ejemplo, las granjas colectivas no ofrecían incentivos suficientes a los agricultores para alcanzar las metas de producción. De hecho, en la década de los 60, la URSS se convirtió en importador de granos.

Cuando Mikhail Gorbachev tomó las riendas del país en 1985, la economía se encontraba en una profunda recesión que alcanzaba a varias ramas industriales y agrícolas, con un grave rezago tecnológico, lo que constituyó uno de los factores que propiciaron el colapso de la URSS en 1991.

A través de la historia, es clara la correlación entre libertad económica, las instituciones que la impulsan y el progreso de los países y el bienestar de su población: la innovación es hija de la libertad, especialmente en los momentos más adversos de la historia.

La enorme y creciente prosperidad que la humanidad ha vivido en los últimos 300 años es producto de la constante innovación, que a su vez es impulsada por la libre competencia. De manera que: libertad, innovación y competencia es la fórmula de la prosperidad. Hoy más que nunca es fundamental tomar esto en cuenta: la inventiva humana es capaz de resolver cualquier adversidad.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.