Sobreaviso

El juego de las sillas

El discurso llamando a impulsar la supuesta transformación o frenar la destrucción de la democracia lo vulneran algunos personajes postulados por ambas coaliciones al Congreso.

Más allá del afán oficial en dar por echados los cimientos de la pretendida transformación y anunciar el colado de la cimbra del segundo piso, así como de la rimbombante predica opositora llamando a defender la democracia y la división de poderes, la nominación de algunos candidatos al Congreso derrumba el discurso y exhibe la pésima calidad de la política que producen los partidos en su conjunto.

La democracia mexicana sigue siendo cara por querida y por costosa.

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Obviamente en el listado de candidatos aparecen hombres y mujeres que creen en la causa que abanderan y han prestado servicios o hecho méritos para ocupar un asiento en el Senado o la Cámara de Diputados y, al margen de estar o no de acuerdo con su actuación y desempeño, tienen derecho a buscar el escaño o la curul.

Sí, están esos cuadros o militantes comprometidos. Sin embargo, a su lado o por encima de ellos descuellan personajes que lejos de enaltecer la aspiración de alcanzar la mayoría parlamentaria para continuar, equilibrar o frenar un proyecto, la degradan o pervierten. Esas figuras ponen al descubierto el ansia, el capricho o el negocio de jefes, líderes, dirigentes o camarillas políticas resueltos a premiarse a sí mismos o a sus familiares; a pagar transas, favores o traiciones; dar fuero a quienes hieden a carne de reo; recompensar a damnificados, cómplices o saltimbanquis; cubrir reintegros; o derivar alguna plusvalía de la popularidad de actores y actrices cuestionables o impresentables.

A la supuesta intención de conquistar el Poder Legislativo para regresar al régimen de gobierno dividido o reivindicar el régimen plural con partido dominante, tirios y troyanos, así como naranjeros anteponen la divisa del reparto de curules y escaños entre cuates, parientes y socios o, incluso, entre quienes garantizan carretadas de votos sin importarles la política o requieren de fuero para no cargar un amparo y poderse presentar como legisladores del Congreso y no como prófugos de la justicia.

El pretendido propósito de asegurar el Poder Legislativo como acelerador o freno del Poder Ejecutivo no empata con la selección de un buen número de candidatos al Congreso. Y, aun cuando todos los jefes y dirigentes políticos se autoproclaman auténticos demócratas de hueso colorado, guinda, azul, rojo, verde, amarillo o naranja, tienen la misma médula a la hora de entrarle al reparto y el juego de las sillas.

A la chita callando, la élite política tiene un denominador común: practicar el nepotismo, la complicidad y el oportunismo como uso y costumbre; concebir al Congreso como agencia de colocaciones, bolsa de intereses, recurso para cooptar inconformes dentro o fuera de las filas de un mismo partido o blindaje para quienes podrían postularse por el distrito o la circunscripción correspondiente a Almoloya de Juárez o Puente Grande. Lo ven así, no como un poder de la Unión.

Tal concepción política la van a padecer quienes ven el Parlamento como una escuela e instancia para desplegar y abanderar un proyecto.

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Si aún a unos cuantos meses de la jornada electoral sigue siendo un enigma si las coaliciones en pugna integraron una alianza o cocinaron un muégano, la postulación de algunos candidatos al Congreso constituye un agravio al electorado. Con algunos de los muy probables legisladores de las coaliciones en pugna se podría integrar no un grupo parlamentario, pero sí un bien nutrido cártel en el Congreso.

Del lado opositor, las camarillas que controlan a Acción Nacional, el Revolucionario Institucional y la Revolución Democrática se aseguraron de tener asiento en el Senado o la Cámara de Diputados, incorporando a la política la idea de la puerta giratoria entre su grupo. Quien no ocupe un asiento en el Parlamento, algún puesto tendrá en la dirección del partido y, así, silbando al fracasar, preservarán en conjunto posiciones, prebendas y prerrogativas. Ajena a ellas la idea de construir una opción de poder, les basta con controlar las riendas y las cuentas del partido. Giran contentos sin avanzar, ni quién se preocupe por fijar una meta.

Del lado del oficialismo, la regeneración de la política ha pasado a ser un olvido. Quizá, ahí se explica porqué Morena ya no son las siglas del movimiento de regeneración nacional, sino el nombre de un mazacote político que se declara de izquierda y coloca o recoloca a personajes siniestros. Tras el brutal castigo impuesto a Guerrero y Morelos, de muy difícil digestión el aval del movimiento para que Félix Salgado Macedonio busque la reelección en el Senado y lance a Cuauhtémoc Blanco como diputado. Y ni qué decir del silencio de ese movimiento ante la idea de su aliado Verde de postular al exgobernador de Tamaulipas, Eugenio Hernández. El ansia de poder de la alianza encabezada por Morena le está haciendo perder el sentido del poder.

De Movimiento Ciudadano ni qué decir, canceló sin querer lo que pretendía y en la desesperación practicó lo que supuestamente aborrecía. Algunos de los candidatos que postula al Congreso son impresentables y van a contagiar con su desprestigio a quienes valen la pena, al tiempo de complicar las candidaturas a otras posiciones.

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Los discursos llamando a instrumentar el plan C y acabar con los obstáculos de pretendida transformación o llamando a convertir a la marea rosa en una marejada que reequilibre el poder y salve a la democracia chocan con la práctica de ambas coaliciones que, con algunas de las figuras que postulan al Congreso, no acercan a la ciudadanía de las urnas, la alejan. ¿A qué le tiran?

En breve

Por si de algo le sirve a la presunta ministra, no está por demás prevenirla de lo siguiente. Dicen que en la Corte hay quienes reciben línea y quienes nomás la copian. ¡Ah, bárbaros!

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